Poitiers, la grande

"Grande" es la palabra que más se repite en el callejero de esta ciudad histórica, que es la capital de oficio de la región y hogar del parque Futuroscope.

Carlos Pascual

En cuanto uno emprende el ascenso hacia el meollo de la urbe -ésta se alza sobre un promontorio entallado por dos ríos- se da cuenta de que algo grande le aguarda en las fachadas entramadas de la Grand Rue o en las callejas con nombres de gremios y oficios. Sólo que aquí las mayúsculas de la historia parecen estar al alcance de la mano mientras uno se toma un refresco en la plaza del Mercado, o se suma al jolgorio en la place de la Liberté.
En Poitiers, hoy la principal ciudad de la región de Poitou-Charentes, ocurrió algo transcendental para la historia de Europa: cuando los árabes avanzaban imparables, dueños de la Península Ibérica y sur de Galia, Charles Martel les frenó en seco en Moussais (732), y les obligó a replegarse hacia el sur. Pero ya mucho antes Poitiers había sido lugar notable. Primero, como cabeza de la tribu gala de los pictaves, llamada Limonum por los romanos; pero sobre todo como uno de los centros mayores del cristianismo incipiente, cuando el padre de la Iglesia San Hilario ocupó la sede episcopal, y adoctrinó a su discípulo San Martín (luego obispo de Tours).
Este San Martín se convirtió en el santo más popular de la España medieval, gracias a los peregrinos jacobeos. Y es que Poitiers llegó a ser una de las puertas que más fieles "bombeaban" hacia la tumba del Apóstol. Fue la época dorada de Poitiers, que se llenó de templos románicos de opulencia irrepetible.
Recorrer las iglesias románicas, las casas medievales, palacetes ( hôtels ) y otros edificios y museos requiere tiempo y sentido de la orientación. Para aliviar la tarea, el Consistorio ha pintado por el suelo unas líneas en tres colores (azul, rojo y amarillo) que llevan a los tres barrios monumentales y permiten regresar al punto de partida sin riesgo de extravío.
La línea azul desciende hacia el llamado " barrio episcopal ", donde está la catedral. Un templo sorprendente por sus dimensiones, pero también por la filigrana de su fachada, cuajada de ángeles y santos, demonios y condenados, gárgolas y postizos en forma de fantásticas criaturas. A pocos metros de la catedral está el baptisterio de St-Jean, la reliquia más antigua del cristianismo francés, ya que data del siglo IV. Está convertido en museo lapidario, pero son interesantes sus pinturas románicas. Entre el baptisterio y la catedral, dos edificios modernos a guisa de broche, el Museo Ste-Croix y el Espace Mendes-France.
Pertenece también a este barrio la iglesia de Ste-Radegonde, una reina francesa que fundó la colegiata hacia el año 552 y está enterrada en la cripta, en un sarcófago merovingio. El templo es conmovedor, por sus hechuras y pinturas murales, pero lo que más choca es la devoción que le tiene la feligresía a esta reina; las paredes están alicatadas con exvotos de mármol. Es santa eficaz para todo. No queda lejos la iglesia de St-Hilaire-le-Grand, fastuosa, patrimonio de la humanidad, con frescos del Apocalipsis y los despojos del santo en una urna alojada en la cripta.
Todo lo cual queda relegado a segundo plano cuando uno se topa con la joya superlativa de Poitiers, Notre Dame la Grande. La fachada es un catecismo de piedra, donde se codean San Hilario y San Martín con Adán, Isaías o Nabucodonosor. El interior no es menos fascinante; sorprende verlo pintado de colorines, de arriba abajo. Las noches de verano se proyectan luces de color sobre la fachada para que luzca su policromía de viejos tiempos; hay hasta catorce versiones eruditas , y en todas parece un cromo.