Plazas y Museos de Praga

La "Ciudad Dorada" muestra tal cantidad de variaciones sobre la belleza que, en ocasiones, conviene centrarse en ciertos aspectos concretos y precisos para abrazarla de un modo ordenado y rítmico. Un buen sistema para descubrir sus encantos es a través de sus plazas y museos, recónditos reflejos del latido oculto de una extraordinaria capital cuya arquitectura histórica acumula más de mil años de existencia.

Jaime González de Castejón

Ciudad de las Cien Torres y Madre de las Urbes son otros de los apodos que recibe la capital checa, Praga, una de las metrópolis más maravillosas de Europa, receptora de millones de turistas al año ávidos por captar en pocos días el máximo posible. Los touroperadores especializados ofrecen a diario visitas tipo Todo en uno, que se desarrollan para mostrar en tan sólo seis horas los aspectos más esenciales de La Ciudad Nueva, La Ciudad Vieja, el Barrio Judío, el Barrio de Malá Strana y el Castillo, las cinco zonas diferenciadas que constituyen el casco histórico, a lo cual suman un breve paseo en barco por el Moldava para completar la perspectiva.

Por su parte, la mayoría de guías de Praga recomiendan, además, una serie de trayectos específicos para quienes dispongan de un plazo mayor de tiempo y deseen saborear con más calma el encanto de todos sus rincones, centrándose en la Praga Románica, la Gótica, la Renacentista, la Barroca, o la del período en el que triunfaba el art nouveau, o fijándose en sus palacios, parques y jardines, iglesias y sinagogas, o bien recorriendo la Vía Real, la ruta que seguían los reyes de Bohemia durante las procesiones de su coronación, desde la Corte Real emplazada en la Casa Municipal hasta el Castillo.

Otras propuestas encaminadas a captar el espíritu de la ciudad despliegan sugerencias temáticas como, por ejemplo, las que giran en torno a los exquisitos programas de conciertos que se inician con el sobresaliente Festival de Música de Primavera, o como las que se dedican a entresacar aspectos de la urbe relacionados con Mozart, Dvorak y Smetana, los grandes genios de la música que compusieron y dirigieron obras en la capital checa. Otros itinerarios se afanan en seguir las huellas del célebre novelista Franz Kafka, quien pasó una gran parte de su corta vida en esta hermosa urbe centroeuropea.

Durante los meses de abril a septiembre se puede admirar Praga navegando en barcos, vapores o incluso juncos chinos que surcan apaciblemente las ondas del río Moldava entre numerosos cisnes. Otras formas de entender la ciudad consisten en disfrutar plenamente de sus afamados cafés, o saborear en las antiguas tabernas, denominadas pivnice , excelentes cervezas bohemias que están consideradas por muchos amantes a esta bebida como las mejores del mundo.

Las alternativas resultan infinitas, pero una más, de entre todas las propuestas posibles, consiste en recorrer la villa a través de sus plazas y museos. Más de veinte museos y casi cien galerías de arte garantizan un sinfín de variadas sorpresas para todos los gustos, además de las grandes pinacotecas que reúnen obras desde la Edad Media hasta el art nouveau y el arte moderno, unos edificios que por sí solos constituyen obras maestras y marcan hitos históricos al desplegar en su interior magníficas y nutridas colecciones de artes gráficas y mobiliario, elegantes piezas de cristal de Bohemia, objetos religiosos, muebles y libros hebreos, zoología, minerales y meteoritos, armas militares y temas relacionados con grandes compositores.

A pesar de la calidad extraordinaria de su Galería Nacional -Narodni Galerie-, la segunda más antigua del Viejo Continente después de la del Louvre de París, que reparte y distribuye la sorprendente enormidad de sus fondos a lo largo de varios edificios sobresalientes, popularmente entre los checos la mayor fama se la lleva el Museo Nacional de la Plaza Wenceslao de la Ciudad Nueva, una especie de museo etnográfico y de ciencias naturales del que se dice que todos los checos lo visitan al menos dos veces en su vida, una de niños llevados por sus padres y otra cuando a su vez les toca llevar a sus hijos, y de donde nadie se va sin guardar para siempre en su memoria la visión indeleble de las réplicas de diploducus y, por supuesto, del descomunal esqueleto de ballena que cuelga del techo de una de sus salas.

Por su parte, las plazas y plazoletas de la ciudad se convierten en frascos contenedores de las mejores esencias de Praga, y pasear de unas a otras resulta como andar por un inmenso tablero, al estilo del juego de La Oca, tirando los dados de museo en museo y avanzando de plaza en plaza cada vez que tenemos la gran suerte de desembocar en alguna de ellas. Todas se encuentran conectadas unas con otras por grandes bulevares, estrechas callejuelas o enigmáticos pasadizos, y en todos los casos se puede acceder a ellas a través de la red suburbana de Metro o circulando en los tradicionales tranvías.

Históricamente, cada una cumplía su propia función que la diferenciaba de las demás, a la vez que le otorgaba un fuerte rasgo de personalidad propia. Así, por ejemplo, la de Wenceslao se utilizaba como mercado de caballerías, la de Carlos servía para vender ganado, la de la República funcionaba como lugar de encuentro de soldados, en la del Castillo se comerciaba con tejidos y las de la Ciudad Vieja y Ovocny trh, muy cercanas la una de la otra, suministraban cereales y frutas respectivamente.

Aunque los tiempos han cambiado considerablemente, todas ellas siguen conservando en la actualidad vida propia y distinta de las demás, y descubrirlas y vivirlas supone una interesante manera de tomarle el pulso a la ciudad. Cada una con su encanto especial, la mayoría se llenan de terrazas con el buen tiempo, una práctica que, debido a su éxito -y a pesar de que los precios de las consumiciones aumentan un treinta por ciento-, en ocasiones se mantiene incluso en los días fríos a base de calefactores de gas. Por norma general, casi todas estas plazas cuentan con salas de conciertos, hoteles, restaurantes, cafeterías y locales de animación nocturna.

Durante la temporada alta, que se extiende desde finales de mayo a mediados de septiembre, las más frecuentadas absorben unas enormes cantidades de turistas. Entre ellas destacan la Plaza del Castillo, por hallarse frente a la entrada del impresionante edificio, el castillo más grande de Europa, joya indiscutible de la corona checa; y la histórica Plaza Wenceslao, de la Ciudad Nueva, centro comercial y hotelero por excelencia y sede nocturna de animadas discotecas.

En la Staromestske Namesti, la Plaza de la Ciudad Vieja y la más importante de todas, el reloj astronómico del Ayuntamiento, construido en 1410, convoca cada hora a ingentes multitudes de personas deseosas de escuchar el canto del gallo tras la aparición de varias figuras emblemáticas, La Muerte, El Turco, la Vanidad, la Avaricia, y la procesión de los Apóstoles, un espectáculo que, aunque dura unos breves momentos, se ha convertido en una de las fascinaciones ineludibles de Praga. El maestro relojero que reconstruyó el reloj en 1490 pagó cara su obra condenado por los concejales a perder la visión para evitar que repitiese el mecanismo en algún otro lugar. Hoy son millones de ojos los que se llevan en la retina el baile de los diminutos personajes que giran en torno al insólito conjunto de ruedas y cifras arábigas y romanas que, desde hace siglos, marcan las órbitas del sol y de la luna alrededor de la tierra, la hora antigua de Bohemia, la hora babilónica, la hora solar, los doce signos del zodíaco, y la esfera azul de los doce estadios del cielo, en el corazón de una ciudad destinada a recibir incansablemente crecientes riadas de admiradores.