Playas de Doñana para pasear antes de que termine el año

Hay playas en Andalucía donde aún es posible escuchar tan solo las olas del mar o del océano Huelva posee algunas de las más valiosas en Doñana, uno de los pulmones verdes más valiosos de España. Sus playas vírgenes son el mejor lugar para un último paseo por el Atlántico antes de que termine el año.

Manuel Mateo Pérez
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A principios del siglo XX un arqueólogo alemán sostuvo que en Doñana maduró el mítico reino de Tartessos. Nada lo atestigua: Apenas quedan en este húmedo territorio algunos restos romanos y diseminadas torres vigías del siglo XVI que servían de señal a los barcos que entraban por la desembocadura del río Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda. Las playas vírgenes de Doñana son un paraíso irreal.

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A lo largo de sus treinta y dos largos  kilómetros de fina y blanca arena, Doñana desciende hasta el océano para acariciar su oleaje y dejarse llevar por los vientos de Poniente. El Atlántico ha ido arrastrando la tierra hasta conformar un litoral de incontestable valor medioambiental. Pasear por las playas de Doñana es uno de los excelsos lujos que puede ofrecer este frágil rincón del sur andaluz. La bulliciosa localidad de Matalascañas ha visto crecer desmedidamente el turismo en los diez últimos años.

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Con todo, aún es posible hospedarse en hoteles ecológicos que valoran lo mucho y bueno que tienen a su alrededor. Matalascañas luce en sus playas la bandera azul de la Unión Europea. Desde ella se pueden emprender deliciosas excursiones al litoral protegido del Parque Nacional. Sólo es necesario saber valorar el lugar que se pisa. Al encuentro del viajero saldrán dunas de imperecedera belleza, territorios de vera que establecen los límites entre dos ecosistemas, sotobosques y pinares, senderos de misterioso recorrido y puestas de sol que se clavan en la memoria para no borrarse nunca. 

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La recta carretera que une Matalascañas y Mazagón atraviesa el Parque Natural del Entorno de Doñana, un espacio de protección intermedia moteado por las verdes copas de los pinos y la arena fina que el viento levanta de una loma a otra. Las playas de Mazagón son tan doradas como las de Doñana. 

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Los Lugares Colombinos están presididos por el monasterio de Santa María de La Rábida. En él Cristóbal Colón encontró consuelo y comprensión para su empresa. En torno al patio mudéjar se disponen los salones más antiguos. Uno de ellos parece acoger aún las palabras de ánimo que los frailes profesaron al tenaz almirante. Las pinturas al fresco de Daniel Vázquez Díaz ilustran otra de las estancias del monasterio que abre al público en horario habitual de mañana y tarde. 

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La Rábida es algo más que un monasterio. En torno a este boscoso altozano han tomado asiento el jardín botánico José Celestino Mutis, la Universidad Internacional de Andalucía, el Foro Iberoamericano y el Muelle de las Carabelas. Este último lugar, un parque temático en miniatura, ha pasado a ser el centro de ocio y esparcimiento más querido por los onubenses. Las tres réplicas de las carabelas de Colón compiten en visitantes con el poblado indígena o la lonja del puerto, espacios de época recreados con absoluto gusto y acierto