Playas de Maldivas

Son casi 1.200 islas de postal repartidas en racimos de atolones por la inmensidad del Índico, perfectas para amantes del buceo y para amantes sin más. Poco más de dos centenares están habitadas y 90 se acondicionaron para el turismo siguiendo a rajatabla la norma de que en cada una no hubiera ni más –ni menos– que un único hotel, en el que quitarse los zapatos nada más llegar y empezar a sentirse como auténtico dueño y señor de una parcela de este paraíso.

Elena del Amo

Desperdigado por los lindes del ecuador, a unos 600 kilómetros al suroeste de la costa de Sri Lanka, sobre las aguas del Océano Índico aflora un inspirado puzzle de anillos de coral presidido por 1.190 islitas, que en su mayoría están deshabitadas. Muchas, en este universo de postal, son brevísimas elevaciones de arena que podrían recorrerse enteras en apenas un puñado de minutos. Otras, no necesariamente mucho más grandes, atesoran una ecuación perfecta de círculos casi concéntricos donde el cogollo central de cocoteros y vegetación aparece orlado por una lengua de playa blanquísima y ésta, a su vez, por una laguna de transparencias turquesas separada del azul intenso de mar abierto por una frontera de arrecifes de coral.

Menos de doscientas de ellas están habitadas casi siempre por pescadores maldivos con los que, todo sea dicho de paso, no será fácil intimar ya que el gobierno, muy probablemente para no contaminar a la población con las excentricidades de los occidentales que empezaron a llegar en la década de los 60 hasta estas latitudes en busca de sol, tranquilidad y unos fondos marinos de pecado, ha marcado una firme línea divisoria entre el mundo de los turistas y el de los locales que, a menos que se contrate la visita a alguna isla habitada dentro del paquete de excursiones que proponen los hoteles, no habrá prácticamente forma de cruzar en ningún momento.

Otros 90 de estos paraísos insulares siguen al pie de la letra la norma de "una isla, un hotel"; ni uno más, ni uno menos; amén de otra ley no escrita que también se agradece por estos pagos: "No news, no shoes", o, lo que es lo mismo, ni noticias, ni zapatos. Porque este escondite a diez horas de avión de la oficina es uno de esos rincones perfectos para olvidarse del mundo por unos días, quitarse los zapatos para sentir bajo los pies una arena finísima que a menudo alfombra incluso los salones del hotel y no volvérselos a calzar hasta que llegue el momento de regresar al mundo real.

El primer regalo que ofrece al viajero este archipiélago en pleno trópico es la visión, poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Malé, de los aros turquesa de las lagunas que orlan cada una de estas islas coralinas, posadas sobre un océano que, en los días siguientes, les irá permitiendo descubrir la explosión de vida de uno de los fondos marinos más solicitados del mundo por los buceadores.

Cierto que algunos corales todavía se resienten de los daños de El Niño, que hace ya casi una década provocó la muerte de muchas especies, e incluso del tsunami de 2004, que en parte gracias a las barreras de coral del archipiélago no fue aquí tan devastador como en otras esquinas del Índico. Sin embargo, en muchas otras zonas el paisaje subacuático ha recuperado buena parte de su colorido de antaño y la fauna -mantas rayas, tortugas, mil y una especies de peces de colores y hasta varios tipos de tiburón, incluido el inofensivo e inmenso tiburón ballena- sigue siendo el gran aliciente tanto de buceadores expertos como de principiantes que sueñan con iniciarse en este deporte en los centros de submarinismo con que cuenta cada isla-hotel.

Una importante tajada de los cerca de 400.000 visitantes que eligen Maldivas cada año son buceadores. El resto son, sobre todo, parejas que incluso se casan allí mismo, en viaje de luna de miel o en busca de un escenario romántico en el que regalarse unos días de intimidad al sol.

Una vez en la isla-hotel que se haya elegido en el archipiélago de Maldivas no habrá mucho más que hacer -ni menos- que entregarse a unas largas y apacibles jornadas en playas jamás masificadas que son la viva imagen del paraíso, que caminar descalzo por senderos de arena en paseos que, dado el tamaño mínimo de la mayoría de las islas, rara vez dan para más de media hora, o que pertrecharse de unas aletas y unas gafas con tubo para respirar bajo el agua mientras se disfruta del documental de vida marina que tiene lugar a escasos metros de la orilla, en el caso de que no se quiera participar en las inmersiones con botella que se organizan a diario por distintos arrecifes desde los centros de buceo de cada isla-hotel.

En las más grandes de éstas, la carta de actividades para entretenerse se suele ampliar con windsurf, jornadas de pesca y hasta esquí acuático u otras diversiones en el mar, así como con otras formas de ocio como clases de gimnasia o baile, partidos de voley en la playa y hasta discoteca para los huéspedes. Las islas más pequeñas e íntimas, independientemente del mayor o menor nivel de los servicios de su establecimiento hotelero, suelen sin embargo decantarse por la tranquilidad más absoluta. Son éstas las preferidas de quienes identifican el verdadero lujo con el silencio, los paisajes vírgenes y la intimidad que despachan estos pequeños milagros en los que recogerse para disfrutar de un magnífico libro o de una mejor compañía.

Al margen ya de su número de huéspedes, el largo menú de islas-hotel que propone el archipiélago permitirá elegir entre las que rezuman un ambiente más juvenil, con cabañas en ocasiones incluso algo espartanas plantadas sobre la arena y una discreta animación nocturna, las idóneas para viajar en familia con los niños o las consagradas a los buceadores. Y también, para una ocasión especial, por todos sus atolones emergen exclusivos refugios en los que entregarse a los placeres de un spa asiático, a cenas a la luz de las velas servidas para dos en una playa o islote desiertos, con alta cocina en sus restaurantes y bungalós que flotan sobre las aguas de una laguna en cuyas transparencias darse el primer chapuzón de la mañana en la más estricta intimidad.

En todo ello se habrá de pensar en el momento de reservar los días de estancia en una isla-hotel que reúna lo que cada cual busque en sus vacaciones; algo particularmente decisivo en Maldivas, ya que serán pocos los momentos que se pasen fuera de la isla elegida. A lo sumo podrán disfrutarse unas horas en alguno de los cientos de islotes desiertos que adornan estas latitudes o en la abigarrada Malé, la capital más pequeña de Asia, donde regatear en sus mercados o acercarse hasta el puerto para maravillarse ante el trajín de dhonis que venden al mejor postor su cargamento diario de atunes recién sacados del mar, y hasta curiosear por el interior de su monumental Centro Islámico, si uno va decentemente vestido. Es decir, con los hombros cubiertos y ropa hasta al menos la rodilla para no ofender a los fieles. El resto de actividades casi obligadas con las que aliñar los relajados días en el archipiélago de Maldivas será salir a navegar en un catamarán o en sus barcas tradicionales o dhonis para vivir en primera persona alguno de los atardeceres de escándalo que se gastan sus horizontes, o escaparse alguna tarde a visitar alguna de las islas habitadas en una excursión organizada por el hotel para hacerse una idea del pausado día a día de los maldivos, pescadores todavía hoy en su gran mayoría y descendientes al parecer de grandes navegantes llegados hace miles de años del sur de India y la vieja Ceilán y, más recientemente, también de los marineros africanos, árabes y del sureste asiático, que fueron quedándose por estos paisajes de ensueño cuando estas islas eran un punto obligatorio de parada en las rutas comerciales que trasegaban por el Océano Índico impulsadas por los vientos del monzón.

Precisamente fue el viajero marroquí Ibn Batuta, al recalar en las Maldivas en el siglo XIV, el primero en poner este archipiélago en los mapas de la época. Además de describir con minuciosos detalles la extremadamente pacífica sociedad que lo habitaba, explicaba en uno de sus textos cómo estas islas, mucho antes de su llegada, habían ya abandonado el hinduismo y el budismo para abrazar el Islam. Al parecer, otro magrebí, Abul Barakaath Yoosuf Al Barbary, el beréber, había conseguido dos siglos antes, simplemente leyendo el Corán durante toda una noche, librar a los maldivos de un demonio que una vez al mes emergía del mar exigiendo el sacrificio de una virgen. Desde entonces, la religión de los maldivos es el Islam, cuyo conocimiento es una materia tan obligatoria hoy en las escuelas como la educación medioambiental; imprescindible en un país con un ecosistema tan frágil como el de Maldivas, donde el calentamiento del planeta amenaza con destruir la vida de los corales y, con ella, parte de la industria turística que da de comer a un enorme sector de su población, o donde el aumento del nivel de las aguas oceánicas que amenaza al planeta podría, en estas islas que apenas flotan unos centímetros por encima del mar, hacer desaparecer para siempre esta porción del paraíso que Marco Polo bautizara como "la flor de las Indias".

Playas y fondos marinos
En el país menos poblado de Asia, la frase de guerra es: "No shoes, no news" (sin zapatos y sin noticias). Este archipiélago del Índico (www.visitmaldives.com) está formado por más de un centenar de paradisíacas islas, en las que se anima al recién llegado a descalzarse para sentir el pulso de su naturaleza y olvidarse del resto del mundo. La arena de sus playas es tan fina y está tan integrada en el diseño de sus hoteles más apetecibles que a los pocos días uno, literalmente, se olvida de calzarse; aquí el aislamiento es total, y pedir una habitación con TV es cosa de mal gusto. Relajarse al sol y bucear en sus fabulosos fondos marinos -con uno de los mejores arrecifes de coral del mundo- es todo lo que en este universo insular puede hacerse. Este destino es uno de los favoritos entre los viajeros de luna de miel; muchos visitantes se deciden a dar el sí durante una ceremonia tradicional, con o sin compromiso civil. Otro acierto es el restaurante acuático Ithaa del Hotel Hilton Maldives Resort Spa en Isla Rangali (www1.hilton.com), único en el mundo, que permite cenar a cinco metros de profundidad.
www.visitmaldives.com