Piamonte, los caminos secretos del norte de Italia

Hay muchos caminos, y todos buenos, para conocer la región del Piamonte, en el norte de Italia, protegida por los Alpes y embellecida por valles, lagos, pueblos con encanto –aquí no es un tópico–, viñedos, palacios y castillos. Estas tierras ofrecen al viajero una profusión increíble de obras de arte magistrales de cualquier época, balnearios, centros termales y, por supuesto, vino, trufas y chocolate.

Alonso Ibarrola

Cesare Pavese escribió en uno de sus relatos, que reflejan magistralmente las tierras del Piamonte: "Y en aquel entonces bastaba con que dijese el nombre de un pueblo para que me pareciese verlo". Esto me sucede ahora cuando afronto el relato de un viaje increíble por tierras del Piamonte italiano. En el recuerdo se mezclan verdes colinas, castillos, viñedos, palacios, granjas agrícolas, haciendas vinícolas, lagos, montañas, nieve, torrentes y gente abierta y entrañable. El piamontés rural poco tiene que ver con el turinés urbano. Ni peores ni mejores. Distintos.

Hay muchos Piamontes, pues administrativamente se divide en provincias, regiones, comarcas... Se hace el camino al andar y para conocer el Piamonte hay abundantes caminos. Está el de los lagos, el de los Alpes, el del río Po, el de los viñedos y castillos... Y todo parte de Turín, la capital, que ya es otra historia.

No pregunte dónde nace exactamente el Po, el río de los ríos de Italia, porque nadie lo sabe. Eso sí, es recomendable acercarse al "pie de los montes", a Monviso, a Pian del Re, lugar que se atribuye el honor de albergar los manantiales que se van uniendo para formar una torrentera, un riachuelo, un río, al que se puede seguir a través de una ruta que transcurre por la preciosa localidad de Pian della Regina, a tres kilómetros de las fuentes del río, y por Crisaldo. Desde aquí, el Po se hace adulto hasta llegar a Turín, a 108 kilómetros. Más o menos a la altura de Tortona, a 27 kilómetros al norte, se despide el Piamonte para arrojarse a la Lombardía, y lo hace en un paisaje muy distinto. Y es que el Piamonte es puro contraste.

En plan romántico, Piamonte ofrece el gran atractivo de sus lagos, principalmente Maggiore, Orta y Mergozzo. En el siglo XIX, la aristocracia europea, los grandes terratenientes y los incipientes empresarios iniciaron la moda de construir allí su chalet, su villa, su mansión. Y todo ello coincidiendo con la llegada del modernismo -"liberty" para los italianos, "art nouveau" para los franceses-, que ahora vemos reflejado en los grandes hoteles y residencias particulares que circundan las riberas lacustres. Por el lago Mag giore pasaron esa pareja de enamorados, protagonistas de la novela de Ernest Hemingway Adiós a las armas, camino del drama final. Hemingway se inspiró en estos lares. Estuvo en Stresa, donde se encuentra el embarcadero de donde parte un barco de recreo que permite la visita a las islas Borromeo, Isola Bella, Isla de los Pescadores e Isola Madre, esta última casi ocupada por completo por un Jardín Botánico. Quizás la más bella sea Isola Bella, con sus jardines y el Palazzo Borromeo, pletórico de tesoros artísticos. Más pequeño es el lago de Orta, en cuya parte oriental se yergue un promontorio con una panorámica fascinante. Frente a Orta se asoma la isla de San Giulio, que acoge una iglesia fundada por San Giulio en el siglo IV.

Muy cerca del lago podemos recorrer parte de la Valsesia, el valle más verde de Italia, según un eslogan afortunado. De Varallo a Alagna experimenté uno de los mayores placeres viajeros de mi vida. A través de una serie de precipicios y barrancos, la carretera, siguiendo el curso del río Sesia, que da el nombre al valle, iba intuyendo que al fondo me esperaba el Monte Rosa, la segunda montaña de Europa. Pero antes nos detuvimos en Varallo, un pueblo tranquilo y famoso en media Europa por su Sacro Monte de Varallo. Fue concebido en 1493 por el padre Bernardino Caimi como una nueva Jerusalén, como un pedazo de Tierra Santa para todos los católicos que no podían afrontar el viaje a los santos lugares. Casi tres siglos de trabajos se necesitaron para componer lo que ahora se denominaría "un parque temático" en torno al nacimiento, vida, pasión y muerte de Jesucristo. Estaríamos ante un anticipo de los "dioramas", tan de moda en el siglo XX, promovidos para suscitar la emoción y la devoción de los fieles. Hoy día es la curiosidad la que impera en la visita y también el asombro ante tan grandioso complejo artístico. La visita arranca -o debe arrancar- con la iglesia franciscana de la Madonna delle Grazie, al pie de la espectacular funivía que conduce al Sacro Monte. En la misma, el artista lombardo Gaudenzio Ferrari pintó en 1513 un fresco que cubre una pared entera situada en medio de la iglesia, con escenas de la vida de Cristo. Es un anticipo de lo que veremos allí arriba, en el cielo terrenal del Sacro Monte. Cuando no existía la funivía, recientemente reinaugurada, los peregrinos ascendían a pie y bien se puede comprobar el mérito observando la altura. Luego atravesaban -y se atraviesa en la actualidad- una puerta neoclásica que da paso a un recorrido de 45 capillas que acogen 800 estatuas y cuatro mil figuras, pintadas en fresco de tamaño natural y que arrancan con Adán, Eva y la serpiente. El recorrido finaliza en la basílica de la Asunción, situada en una plaza que reproduce la ciudad de Jerusalén. Un monumento religioso quizás demodé , pero que merece la pena visitar. La Pasión de Cristo marca el cénit del recorrido por su espectacularidad.

Tras las emociones religiosas, nos aguarda la Valsesia, por donde discurre el río Sesia, un auténtico paraíso para los aficionados a la canoa, a la piragua y a las bajadas fluviales. Alagna es un clásico pueblo alpino, ubicado a 1.192 metros de altura. Es el centro de esquí más importante del valle. Desde Alagna lanza uno la mirada y se topa con el Monte Rosa, que cada día ofrece perspectivas y colores distintos, cambiantes, increíbles. Desde aquí parten muchos escaladores. El pueblo es encantador, tranquilo, con sus calles empedradas, la fuente pública y las casas de madera estilo Walser con su peculiar construcción. Muy cerca del pueblo, en la pedanía de Pedemonte, se llega al museo Walser, de obligada visita. Sobrecoge pensar cómo sobrevivió la comunidad proveniente de la Suiza alemana en los terribles inviernos de esta región. La mansión, construida en 1628, recoge en sus tres plantas utensilios de labranza, menaje del hogar, vestuario o el ropaje festivo que utilizaban los walseses, cuya cultura se ha conservado a lo largo de los siglos. Junto al museo, el precioso hotel del guía Sergio Gabbio, Montagna di Luce, contrapunto moderno a otras formas de vivir.

Tras los lagos y las montañas , la cabalgada piamontesa desciende hacia una llanura repleta de colinas, viñedos, cultivos, granjas, castillos y palacios, haciendas y bodegas... En resumen, un paraíso terrenal para los que saben apreciar la vida.

Tuve la oportunidad de conocer Alba, la ciudad de las cien torres, que todavía conserva algunas de ellas entre los edificios de estilo románico, gótico y barroco. En el Café Vergano los clientes saboreaban un capuccino y hablaban de trufas, la gran reina de la zona desde septiembre a diciembre. También el Barolo, el famoso vino inventado por la marquesa Giulia Falletti di Barolo, tiene aquí su reinado porque las colinas húmedas producen una uva tinta, delicada y difícil, conocida como nebbiolo, es decir, "el de la niebla".

Es una gozada pasear por los viñedos de Monferrato, región en cuyo centro se asienta la bella Asti, que en la Edad Media era más grande y próspera que Turín, que sólo era un pueblo. Su catedral es el monumento gótico más importante del Piamonte. Decir Asti es recordar al poeta Vittorio Alfieri, cuya figura preside una gran plaza dedicada a él. También Asti tiene su Palio, pero es injustamente menos conocido que el de Siena. Se celebra anualmente el primer domin go de septiembre. Cerca de Asti, en Mombaruzzo, tuvimos la oportunidad de degustar los deliciosos amaretti (mostachones) y por supuesto los vinos de la región, reino del Moscato y de vinos tintos espesos como el Barbera, sin olvidar el Dolcetto de Asti.

De Asti a Canelli hay escasos kilómetros. Canelli es uno de los santuarios mundiales del vino. Tiene un interesante centro histórico en torno a una colina en cuya cima se yergue un castillo de 1706, hoy día propiedad de la familia Gancia y numerosas iglesias barrocas. Pero todos los turistas quieren conocer sobre todo las famosas bodegas de Canelli, denominadas catedrales subterráneas... y es que lo son. Aprovechando el terreno, compuesto de tufo calcáreo en las entrañas de la colina, se han llevado a cabo maravillas de ingeniería y arquitectura. Visité la Casa Contratto, con edificios que datan de 1876, y que se hizo famosa en el mundo entero con su Asti Metodo Clasicco. Y es que, además, tras la visita se pueden degustar los vinos, que acompañados de embutidos y dulces templan el cuerpo para toda la jornada.

De las bodegas de Canelli a las aguas termales de Acqui Terme no median muchos kilómetros y recorrerlo resulta un placer, entre colinas y viñedos. Desde los tiempos de los romanos, la gente venía aquí a rehabilitar sus vías respiratorias y a someterse a tratamientos antirreumáticos. Venían las grandes familias italianas, desde los Gonzaga a los Saboya. La belle epoque de las termas de Acqui lo marca su columbario neoclásico, situado en medio de la plaza de la localidad. Le llaman "La Bollente" y es que el agua hierve y emana a una temperatura de 75º. Luego, entre las dos guerras, como sucedió en casi toda Europa, los balnearios termales decayeron, pero nuevamente se han puesto de moda, modernizados y con un nuevo estilo de vida social activa, lejos de aquellos recuerdos de agüistas aburridos. Acqui Terme es algo más que un balneario. Tiene un interesante centro histórico, la magnífica catedral de San Guido y, detrás, el Jardín Botánico y el Museo Arqueológico; un vistoso acueducto en las afueras y sobre todo la basílica de San Pedro, más conocida popularmente como la "iglesia de la Dolorosa". Fue una abadía benedictina hasta el año 1477. En 1920 se inició su restauración y hoy en día es algo digno de ser visitado. Sigo atravesando las Langhe. Más colinas, más viñedos, bosques de avellanos y el chocolate, el rey de esta región... ¡Y la trufa, por supuesto! Me esperaba Carrú, la patria del Bollito, y famosa por su feria del Buy Grasso, que se celebra anualmente a mediados de diciembre. No podía faltar un monumento al buey, en este caso dos y uncidos, en una de las plazas del pueblo, obra del escultor Raffaele Mondazzi.

Llegamos a Vicoforte Mondoví, famoso centro de peregrinación mariano, pues en esta localidad se ubica el santuario basílica Reina del Monte Real. Su construcción duró dos siglos. Su cúpula elíptica es la más grande del mundo. Es basílica desde 1935 y está situada en el centro de un gran complejo arquitectónico que comprende, al sur, la Palazzata, un conjunto de casas semioctogonales; y al noreste, el monasterio de los Cistercienses. Pudo haber sido la tumba de los reyes de Saboya, pero se ha quedado en culto a la "Virgen del Pilón", pues así la llaman. Los Saboya están en Turín, en la basílica de Superga.

Luego me aguardaba un pueblo precios Mondoví. Tiene un impagable mirador que abarca una preciosa visión de los Alpes occidentales y la Liguria. Desde aquí divisé perfectamente la cúpula inmensa del santuario de Vicoforte. Todo el pueblo se alza en torno a la Plaza Mayor: monumentos barrocos, conventos y palacios. Por aquí pasó Napoleón Bonaparte y ganas le dieron de quedarse a vivir aquí, según dicen. Camino de otra maravilla de pueblo, Saluzzo, observo la inconfundible pirámide del Monviso, donde nace el Po. Saluzzo es una de las localidades de origen medieval más interesantes del Piamonte. Su centro histórico conserva los pórticos y las residencias de los nobles. Decir Saluzzo es recordar a Silvio Pellico, nacido aquí en 1789. Conspirador carbonaro, escribió en la cárcel Mis prisiones. Su casa natal es ahora un centro de actividades culturales. La subida al castillo es obligatorio hacerla a pie. Fatigosa pero gratificante, porque está salpicada de bellos y elegantes palacios del siglo XV. También desde su emblemática Torre Cívica, que sobresale especialmente durante la noche, cuando despliega su iluminación. Muy cercanas están dos visitas imprescindibles: la iglesia de San Giovanni, que alberga auténticos tesoros, y la capilla sepulcral de los marqueses de Saluzzo. Y muy cerca, Casa Cavassa, restaurada y convertida en la actualidad en Museo Cívico. Ofrece una interesante exposición de cuadros -no podía faltar uno de Pellico- y dibujos y la famosa Madonna de la Misericordia, pintada en 1499 por el artista Hans Clemer.

En los alrededores de Saluzzo, dos visitas de interés: la abadía cisterciense de Santa María de Staffarda y el castillo della Manta. Este último es conocido por las pinturas al fresco de la Sala del Barón. Allí están los Nueve valientes , las Nueve heroínas y la mítica Fuente de la Juventud , una obra maestra del arte gótico europeo.

La abadía, que está algo abandonada en espera de su definitiva restauración, ofrece un magnífico claustro, la sala capitular y la hospedería. Se fundó el 25 de julio de 1135. La iglesia es muy representativa de la tradición románica lombarda. En la abadía, al abrir una puerta me enteré cómo huelen los excrementos de los murciélagos, que al parecer son muy abundantes en este lugar...

Antes de emprender el regreso a Turín, dos castillos me aguardaban: el Castillo de Aglié y el Castello di Masino. Hasta llegar a los mismos, la ruta seguía siendo maravillosa. Y es que estaba en la zona del Canavese. Buen vino, buen salami, buena gente, buena compañía. Viverone y su lago, Strambino y su viejo palacio, regentado por una condesa y su marido, tan amables que olvidaban que sus huéspedes eran clientes y no "viejos amigos". En su mansión no hay fantasmas, pero sí en Mazzé, otro castillo cercano. Aseguran que el "fantasma" se aparece cada siete años.

En el castillo de Aglié me llamó la atención la cantidad de visitantes, todos italianos y de la tercera edad. La guía me lo explicó: en este lugar se rodó una popular serie televisiva de amores y odios. Ahora todos quieren conocer los escenarios construidos en el siglo XVIII por los Saboya -¡no podían ser otros!- para disfrutarlo como una lujosa residencia veraniega. Es un perfecto ejemplo de arquitectura barroca y está rodeado de un gigantesco parque con jardines artísticos a la inglesa y a la italiana. Y antes de volver a Turín, última parada en Caravio, donde se yergue el Castello di Masino, que es más bien una gran residencia, circundada de un gran parque que domina la llanura del Canavese.

Tras cinco jornadas trepidantes por tierras del Piamonte, regresaba a la ciudad de Turín, pletórico, radiante, maravillado, pesaroso de creer que ya conocía Italia y me faltaba lo más cercano a nosotros, a nuestro país. Nunca es tarde...