Perú: de Cuzco al Amazonas

Dos culturas diferentes, la incaica y la hispánica, se entrelazaron en la ciudad de Cuzco, forjándose en la cuna de la nación peruana un emporio monumental y artístico de inenarrable originalidad. El Congreso Internacional de Americanistas, celebrado en La Plata, Argentina, en 1933 la declaró Capital Arqueológica de América. Respecto a la Amazonia, tiene uno de sus polos de atracción turística en Iquitos, puerta de entrada a los lujuriantes abismos vegetales de Pacaya-Samiria, la reserva nacional más extensa de Perú. 

Javier Jayme
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Perú conserva el recuerdo del esplendor incaico no solo como un mito con el que alimentar el sentimiento nacional sino, sobre todo, como la urdimbre que permite la inserción de la población indígena en el Estado moderno. En un primer viaje por el país se puede huir de Lima, pero lo que no tiene disculpa es desconocer Cuzco y sus alrededores, incluyendo el altiplano. Dicha zona forma parte de los diez o doce lugares del mundo que todo viajero informado sueña con visitar algún día.

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Situada a 3.399 metros de altura, Cuzco es la capital histórica de Perú. Así lo reconoce la propia Constitución del país. Si bien el término cuzco no significa precisamente ombligo, lo cierto es que esta metrópoli era el centro del antiguo universo peruano, el lugar desde el que los incas ordenaban el caos terreno convirtiéndolo en un cosmos; el lugar donde las divinidades se manifestaban al pueblo a través del Inca, su intermediario; el lugar donde Inti, el dios Sol, se hacía visible. En suma: Cuzco era la cuna del poder imperial y todos los caminos conducían a ella.

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En sus dos primeros siglos de historia nunca pasó de ser una agrupación de cabañas en torno al santuario en el que se veneraba la imagen del Sol. No era, ni de lejos, la urbe monumental que los españoles descubrieron maravillados. Tal urbe surgió una centuria después por voluntad del noveno gobernante inca, Pachacútec (1438-1471), quien hizo de ella el corazón político, cultural y religioso del imperio incaico, el Tahuantinsuyo o estado de los cuatro suyos (regiones). Hoy constituye el foco de una comarca donde la población originaria, aquí bastante densa, salvaguarda costumbres propias y también el orgullo étnico, a menudo velado por una pasividad y una sumisión engañosas. 

Barrios y mercados

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A la visita de la capital histórica de Perú hay que reservarle tiempo, no solo para admirar sus múltiples tesoros arquitectónicos y museísticos sino para descubrir y sentir el ambiente de los barrios viejos, de los mercados, y poder asimilar su atmósfera indescriptible. Entre todos los edificios precolombinos, ninguno ha tenido la importancia, suntuosidad y fama del Templo del Sol: el Coricancha –su nombre indígena–, emblema religioso del imperio, asiento del sumo sacerdote inca.

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Este templo mantiene con remembranzas nostálgicas el apodo de “recinto de oro” por la exorbitante acumulación de láminas, hilos, hojas, panochas y estatuas del precioso metal en sus paredes, techumbres, fuentes y jardines, que poquísimos europeos alcanzaron a ver en su magnificencia.

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La actual iglesia de Santo Domingo se erigió sobre los sillares, todavía exentos, de sus distintas dependencias, tan finamente labrados y cabalmente yuxtapuestos que Cieza de León, en su Crónica del Perú (1535), escribió que nunca había visto en España nada igual.

Iglesias y catedrales

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El interior de la catedral, erigida entre 1560 y 1664 sobre el antiguo Quishuarcancha (palacio de Viracocha, el Creador), al costado oriental de la Plaza de Armas con granito rojo extraído de Sacsayhuamán, resulta especialmente confortador por la mañana temprano, antes de la llegada masiva de visitantes.

Adyacente por el flanco sur de la citada plaza se yergue la iglesia de la Compañía, cuya fachada representa la manifestación cumbre del barroco español en América; alzada sobre el Amarucancha –patio de Serpientes del desaparecido palacio de Huayna Cápac, undécimo y antepenúltimo Inca del Tahuantinsuyo–, son legión los que lo consideran, si no el más hermoso, tal vez el templo más rico del Nuevo Mundo. 

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Dos kilómetros al norte de Cuzco, erguida sobre una colina, la fortaleza de Sacsayhuamán sigue dominando la antigua capital incaica igual que cuando conturbó al cronista Pedro Sancho, quien la describió por vez primera en 1534, afirmando que ninguna de las obras monumentales de los romanos es tan digna de verse.

Mientras que de las construcciones superiores solo quedan los cimientos –los españoles usaron sus piedras para edificar iglesias y palacios en Cuzco–, las murallas siguen intactas.

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Lo que impresiona con fuerza la imaginación es su triple orden defensivo; los colosales bloques poligonales –de hasta 5 metros de altura y 350 toneladas de peso–, escrupulosamente pulidos, encajan entre sí sin ninguna clase de argamasa, en unión viva, con precisión insuperable. La grandiosidad megalítica de Sacsayhuamán le otorga, indiscutiblemente, un puesto entre las grandes maravillas arquitectónicas del orbe. 

El valle sagrado

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A corta distancia al norte de Cuzco se localiza el extenso valle del río Urubamba, de notable belleza paisajística, excelente clima y tierras muy fértiles en donde se concentran pueblos agrícolas y ganaderos, además de una serie de centros-fortaleza que, edificados al final del incanato, proporcionan la versión más vanguardista de su modelo urbanístico.

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El tramo entre Pisac y Ollantaytambo corresponde al renombrado Valle Sagrado de los Incas, habitado por nativos quechuas apegados a sus ritos y costumbres ancestrales. Es aquí donde mejor se puede apreciar el alto grado de desarrollo tecnológico alcanzado en la agricultura por los dominadores incas.

Hoy como antaño, su sistema de andenerías –conjunto de bancales de tierra escalonada para la siembra– se halla en plena producción. Así se observa en Pisac, cuya obra al respecto es la más avanzada a lo largo y ancho de los Andes. 

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A 7 kilómetros al noreste de Cuzco y 3.700 metros de altura, Tambomachay (lugar de descanso, en quechua) escenifica, por su parte, una variedad de innovadores diseños hidráulicos en sus acueductos, canales y cascadas; se trata, probablemente, de una especie de baños reservados para el Inca dentro de un ritual de culto al agua.

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En cuanto a la ciudadela de Ollantaytambo, con sus calles empedradas, un templo de ciclópeos monolitos dedicado al Sol y unos amplios andenes agrícolas, constituyó una de las propiedades reales más importantes erigidas por Pachacútec en el Valle Sagrado; actualmente destacado emplazamiento militar, religioso, social y administrativo, es considerado por muchos historiadores como uno de los museos vivientes más notables del mundo.

Ciudad de los cóndores

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Y, como broche de oro de toda incursión que se precie en el mundo incaico, ahí está Machu Picchu –Montaña Vieja, en quechua–, la localidad en ruinas más singular de la América antigua, el principal destino turístico de Suramérica y uno de los más populares del planeta.

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Este emporio megalítico, que se podría pensar construido por los dioses para los hombres, se compone de palacios, templos, observatorio solar, bloques de viviendas y terrazas agronómicas. Pero la también llamada Ciudad de los cóndores es algo más que piedras. Conforma un todo solemne, una atmósfera privativa de caducada grandeza, no exenta de misterio, que invita a la admiración y al recogimiento. 

 

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Machu Picchu se alza sobre una explanada a los pies del Huayna Picchu, a una altura de 2.438 metros. Edificada, según se cree, durante el reinado del Inca Pachacútec mediado el siglo XV, de ella se ha afirmado que es una villa fortificada, un puesto avanzado en la selva, un santuario dedicado al Sol, un centro ceremonial, una sede de trabajo de las aqllakuna (mujeres elegidas), un complejo residencial para la nobleza o el refugio de los últimos incas. Cada una de estas hipótesis encuentra datos que la justifican. Y, por otra parte, no cuesta admitir que el símbolo más conocido del imperio inca tuviese múltiples finalidades. 

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Existen, en Perú y otros países, ruinas de belleza comparable a la de Machu Picchu, pero muy pocas armonizan tan extraordinariamente la obra humana con el ambiente natural. Este presenta fuertes contrastes, envolviendo a la otrora Ciudad Perdida en un panorama de vértigos multidireccionales: hondonadas salvajes, altas cimas cubiertas de nieves eternas y el bosque tropical lleno de vida y de rumores que la ciñen por todos lados, mientras abajo borbotea el río Urubamba esculpiendo sus hoces de ballesta.  

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En el polo opuesto de la aventura andina se sitúa la de la Amazonia tropical. En un abrir y cerrar de ojos, gracias al avión, uno pasa de las grandes alturas que señorea el cóndor, inseminadas con restos arqueológicos, a las tierras bajas dominadas por la selva.

Y en estas últimas, la Reserva Nacional Pacaya-Samiria (RNPS), 20.800 km² de bosque húmedo tropical inundable distinguido en 2015 como el segundo mejor hábitat del mundo para la vida silvestre, resulta modélica respecto a dicha diversidad. Dicha Reserva está circunscrita por el Marañón y el Ucayali, desde cuya confluencia la corriente resultante toma ya el nombre de Amazonas, e inscribe la totalidad de las cuencas de los ríos Pacaya y Samiria, ambos de curso tortuoso, que la recorren de oeste a este. 

La urbe fluvial

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La ruta de acceso habitual a la RNPS parte de Iquitos, capital de Loreto –el departamento más extenso del país– y de la Amazonia peruana. Flanqueada por el Amazonas, el Nanay, el Itaya y el lago Moronacocha, sin comunicaciones por carretera, a Iquitos solo se puede llegar en barco o en avión. Todo lo cual le confiere a esta urbe fluvial cierto carácter de insularidad que sus propios moradores, curiosamente, conceptúan de mediterraneidad.

Parafraseando a Julio Cortázar (si bien él refería su parecer a Nicaragua), Iquitos es un “estado de ánimo”, una isla en un océano de inextricable verdor vegetal. Los isleños asumen con impasibilidad conformista que no lo tienen cómodo para salir de ella y asisten, indiferentes, al cada día más nutrido vagabundeo de turistas por el barrio de Belén, apodado La Venecia de Latinoamérica por sus palafitos sobre el Itaya, el cual alberga una comunidad lacustre de características únicas, con su célebre y enorme mercado de abastos al aire libre, sus cargadores subiendo por la orilla del río y la alegría desbordante de sus gentes cuando la música empieza a sonar y la fiesta está en su apogeo.   

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A causa de su alta concentración en nutrientes, los ríos de la Reserva Nacional Pacaya-Samiria relumbran con una coloración oscura, razón por la que esta atiende al alias de Jungla de los Espejos. La RNPS se creó el 4 de febrero de 1982 para preservar la particular flora y fauna del mayor humedal del Amazonas, igual de extenso que la mitad de Holanda: una prodigiosa artesa recolectora de todas las escorrentías de la cuenca, donde moran once tipos de monos (entre ellos el leoncito, el primate más diminuto de la Amazonia), dos especies de caimanes, delfines rosados, manatíes, nutrias gigantes (lobos de río), tortugas (la charapa y la taricaya), anacondas, jaguares, tapires y perezosos.

Sin olvidar al paiche, el segundo pez de agua dulce más grande del mundo –algunos ejemplares llegan a medir tres metros y pesar 250 kg–, el cual, fresco o seco-salado, es muy apreciado en la alimentación regional. Y, por descontado, infinidad de aves de más de 500 variedades, con el tucán de robusto pico y el vistoso guacamayo a la cabeza. 

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Dentro de la Reserva se localizan en torno a 200 aldeas de 56 grupos indígenas. Tras conseguir el respaldo del gobierno peruano para manejar y coordinar sus asentamientos, muchos nativos comenzaron a revolucionar el entorno, haciendo de la RNPS un modelo de comunidades exitosas a remolque del eco-turismo, en el cual ven una ventaja financiera para su región. Puerto Prado, a orillas del Marañón, es una de tales aldeas con visos experimentales habitada por 77 personas de la etnia kukama.

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Aquí vive Ema Tapullina, primera mujer elegida teniente gobernador de un pueblo en todo Loreto, quien explica los comienzos y el presente de esta singular colectividad: “Lejos de un río no sabemos vivir. Buscando y buscando llegamos a este bosque. Calladitos, nos instalamos, empezamos a trabajarlo y hoy formamos parte de la plataforma Reforestamos por Naturaleza, que permite a personas de cualquier procedencia adoptar árboles nativos e incluso plantarlos”.  

Paraíso del árbol

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Tras ser reconocida como Área de Conservación Privada, Puerto Prado se ha ganado el apelativo de Paraíso Natural Iwirati (iwirati significa árbol en lengua kukama). Caminar por sus cuatro senderos turísticos es ir al encuentro de ejemplares grandes y robustos –caucho, siringas, cedros...– entre los que el mono leoncito y la rana flecha bluejeans (roja y azul) son los más buscados por los visitantes.

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Aquí estos pueden comprar artesanías, senderear trochas aprendiendo a reconocer plantas medicinales, tomar un curso rápido sobre supervivencia en la selva o sobre cómo pescar en una cocha. 

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Los kukama declaran que cada una de estas peculiares lagunas tiene una madre que cuida de los seres que la habitan. Hablan también de las pozas, reservorios acuáticos de mayor profundidad y riqueza faunística; de las muyunas, sus accesos; de barcos fantasmas, ciudades sumergidas y otras fabulaciones de su universo mitológico. Mientras tanto, los niños chapotean en el río. Cuando llega una embarcación, la reciben con espontáneo regocijo. Viven su infancia con la misma intensidad con la que sus mayores se afanan por un Perú más sano y natural.