Peñíscola, el castillo del papa Luna

Peñíscola es una ciudad de fábula, un lindo lugar rescatado de las páginas de un cuento. En toda narración infantil ha de haber un castillo, un mar y un bosque tapizado de naranjos, olivos y almendros. Aquí los hay. 

Carolina Oubernell
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El barrio antiguo de Peñíscola está encaramado a un peñón erigido en mitad de la mar. En torno a él se doblegan las calles y las plazas, las casas de blancas fachadas y los espolones que miran al Mediterráneo. Peñíscola, además, es una ciudad antigua. Sus orígenes beben de los tiempos de los íberos y fenicios, de los griegos y romanos que por este ancho arco de arena blanca construyeron sus atalayas y puertos mercantes.

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Los árabes llegarían siglos después, y a su paso dibujarían este entramado de calles tortuosas y desiguales que trepan hasta la cima del islote. La Ciudad Antigua está coronada por el castillo del papa Benedicto XIII, conocido por todos como el papa Luna. Desde sus defensas, desde sus almenas y baluartes, el horizonte se postra ante quien lo contempla. Las vistas son maravillosas. A un lado se extiende el calmo y pacífico Mediterráneo. Al otro se encrespan las rugosidades montañosas de la comarca del Baix Maestrat

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Peñíscola está aprisionada por un conjunto de altas murallas que cierran todo el perímetro del peñón. La ciudad intramuros está salpicada de rincones, las calles son empinadas y serpenteantes; las plazas, íntimas y pequeñas. Por mitad de ellas surgen casonas de aliento marinero, decoradas con macetas de vivos colores. Las plazas de Les Escaseres y San Roque bullen de animación a la caída de la tarde. En medio del “bufado”, una brecha en la roca del peñón que baja hasta la mar, se alzan garitas y baluartes que reafirman el carácter defensivo de la ciudadela.  

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Si evocadora es la ciudad vieja, más lo es su castillo. La historia cuenta que Peñíscola fue reconquistada por las huestes cristianas del rey Jaime I allá por el año 1233. La Orden de los Templarios edificó décadas más tarde una fortaleza en el mismo lugar donde antes hubo una atalaya mora. En 1412, don Pedro de Luna, canonizado Papa con el nombre de Benedicto XIII, se hizo fuerte en este castillo y mandó remodelarlo hasta hacer de él sede papal, palacio residencial y biblioteca pontificia.

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Don Pedro de Luna fue un personaje controvertido. Amante de las armas, de la cultura y el arte, fue canonizado pontífice en 1394. Las crónicas de la época aseguran el Papa Luna fue un dignatario digno y honrado. Preservó su convencimiento de verdadero Papa de la iglesia católica en unos años dominados por las conspiraciones, las guerras y las traiciones. Hoy el castillo que habitó es uno de los emblemas monumentales no sólo de Castellón sino de todo el Levante. 

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Hay quien dice que el castillo del Papa Luna está hechizado. Entrar en él es como viajar por el túnel del tiempo. La entrada principal está flanqueada por dos torreones cuadrados, decorados con escudos heráldicos de los primeros comendadores del Temple. El patio de Armas es sobrio, diáfano y luminoso. En torno a él se disponen las dependencias nobles de la fortaleza. El sol de la mañana entra por los ventanales hasta iluminar los grandes salones donde residió el Papa Luna.

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Las piedras que cubren el salón gótico del Comendador no pueden hablar, pero uno intuye las acaloradas reuniones, los consejos y embajadas, los pleitos y asuntos de Estado que el papa Luna debió de despachar entre ellas.

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A un lado de la sala hay una puertecita que baja por unas tenebrosas y umbrías escaleras. Ante ellas se abre el salón del Cónclave y las mazmorras, donde los desdichados reos desfallecían de humedad, frío e inanición. Otra de las singularidades de la fortaleza papal son las escaleras que bordean los muros exteriores del castillo y que bajan hasta la orilla del mar.