Península de Istria, la costa más azul de Croacia

Con su destacado perfi l en forma de corazón, la península croata de Istria late en la superficie del Mar Adriático, bordeada por el intenso y centelleante cobalto de sus cálidas aguas. Acogedora y generosa desde tiempos prehistóricos, funcionó durante muchos siglos como puerto natural de toda Centroeuropa, integrando en sucesivos oleajes lo mejor de tres grandes civilizaciones: la romana, la eslava y la germana. Hoy ella sola acoge dos millones de visitantes al año, los dos tercios del turismo que recibe Croacia.

Vista de Rovinj
Vista de Rovinj

Hay quien ha visto en su característico perfil cardiaco la forma de un magnánimo racimo de uvas, de un verde pálido y casi transparente destacando sobre el cálido cobalto. La intensidad con que esta península de 3.100 kilómetros cuadrados -la más grande del Adriático- muestra su evidente carácter mediterráneo incluye una cultura secularmente consagrada a la mágica y saludable combinación del olivo y la vid. En la capital del imperio romano era conocida como "despensa real de la ciudad"; y según crónicas de Plinio, Julia Augusta -mujer del emperador Augusto- debió la longevidad de sus 86 años al consumo del vino istrio, un prodigioso brebaje que fue responsable a su vez de la belleza y vitalidad de la emperatriz Livia.

Junto al contundente lema Croacia, el Mediterráneo tal como era, la imagen elegida para representar a Istria en unos pocos trazos es una cabra cuyo cuerpo se ha coloreado con los tonos predominantes del paisaje: el azul y el verde. El omnipresente resplandor del mar, bajo el despejado y soleado celeste, enfatiza el verdor de los frondosos bosques que resbalan hasta la ribera. Entreverados de cipreses, los densos pinares y alcornocales del litoral se mezclan en el interior con robles, encinas, olmos, fresnos, castaños y pequeños vergeles trabajados con mucho mimo desde tiempos inmemoriales.

Por la fertilidad de sus tierras encarnadas y por la disponibilidad de sus costas de aguas fecundas, la denominada Istria Roja -la parte más occidental de la península- atrajo desde la Prehistoria asentamientos pesqueros y ganaderos. Más amable que las otras dos regiones -apodadas Istria Blanca e Istria Gris por el color de sus paisajes-, es también la más desarrollada turísticamente.

Menos exploradas que la costa, las zonas agrestes del interior se reservan un ritmo más lento y sosegado, donde aún triunfan las cabras, los pequeños huertos, los ordenados viñedos y el secular olivo; un jardín que empieza a conocerse como La nueva Toscana -y que también comparte similitudes con la Provenza del midi francés-.

La mayoría de sus poblaciones parecen casi idénticas a las que copiaran en los rincones de sus frescos los aplicados pintores del Medievo. Como Motovum y Groznjan, que coronan sendas colinas con sus casitas de piedra gris apretujadas en torno al campanario de sus iglesias, y rodeadas de espesas arboledas que esconden entre sus raíces uno de los frutos más valorados de estas entrañas terrestres: las trufas -negras y blancas-, que sólo pueden hallarse con ayuda de entrenados canes. Estos bucólicos escenarios conservaron su estética románica y gótica gracias a los inspirados artistas que durante la década de los 60 volvieron a colonizarlos y que los reaniman cada verano con conciertos, exposiciones y festivales.

La posición elevada de estos pequeños burgos, enclavados sobre erosionados cerros junto al río, permite en ocasiones quiméricas visiones del mar desde sus plazas aterrazadas. A lo lejos chisporrotean con unos reflejos plateados las tentadoras aguas del Mar Adriático.

La costa es una sucesión de apacibles calas, diminutas penínsulas y resguardadas bahías adornadas por unos pequeños islotes diseminados aquí y allá, un litoral realmente caprichoso y enrevesado que parece estar jugando al escondite con las olas. En total, 430 kilómetros con aroma a resina y salitre, entre los que van apareciendo recoletas playas de piedrecillas blancas y sugerentes roquedales. A principios del siglo XX, los afortunados pioneros del arte de veranear junto al mar descubrieron pronto algunos de los mejores secretos escondidos en la línea occidental del mapa de la península de Istria. En Rovinj, el complejo marino Maria Theresa convocaba por aquellos tiempos a dignatarios austrohúngaros, princesas bávaras, nobles napolitanos e iluminados escritores, cuyos textos funcionaron como las primeras guías turísticas de esta zona croata.

Frente al pequeño puerto de Fazane, las apacibles islas Brijuni, donde ya antes se complacieran en sus suntuosas villae rusticae los romanos, se convirtieron por decisión de un rico industrial austriaco en exclusivo refugio -con jardín zoológico propio- de personalidades regias y celebridades del mundo entero. Un privilegio que no dudó en suplantar más tarde el dictador Tito cuando, al incluir Istria en la Yugoslavia fundada tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, instaló en el archipiélago su residencia veraniega oficial. Hoy protegidas como Parque Nacional, reciben la visita de turistas aspirantes a saborear el toque de distinción elitista con que fueron impregnadas.

Sólo en los últimos cien años, la península de Istria ha padecido cinco cambios de frontera. Abierta hacia el Mediterráneo, entre los Alpes y los Montes Dinámicos -paralelos al Adriático-, sus límites geológicos naturales incluyen zonas actualmente italianas y eslovenas. La reorganización de Yugoslavia otorgó una porción del septentrión peninsular a Eslovenia, mientras que el mítico puerto de Trieste -junto con el extremo más noroccidental- fue cedido a Italia en 1954.

La historia de esta península croata es una incesante sucesión de tensiones constantes en un espacio muy reducido, obligado a sustentar, desde sus inicios, los vaivenes de varias civilizaciones. Las milenarias arribadas y fugas de sus diversos habitantes han forzado un carácter cordial, sincero, modesto y sin prejuicios, pero de una particularidad ciertamente compleja. Urgidas por la inmediatez, las gentes de esta tierra tan espléndida como incógnita crearon un mundo asequible a la medida del hombre. Las urbes que miraban al mar amalgamaron en armónico desconcierto edificios góticos, renacentistas y barrocos sobre el sólido legado de la antigüedad, mientras las villas del interior sostenían un ritmo más sosegado. La apabullante herencia cultural de Istria refleja esta rica y peculiar síntesis de encuentros y desencuentros.

Fueron esos castros primitivos, fortificados sobre boscosas colinas, sobre islotes próximos al litoral, y sobre bahías resguardadas de los vientos y el oleaje, los que marcaron desde un principio los asentamientos humanos que habrían de desarrollarse a lo largo de la historia. Aquellos istrios que bautizaron con su nombre la península dejaron señalados los lugares más idóneos de las tierras rojas. Si los navíos griegos se contentaron con visitarlos en busca del preciado ámbar que llegaba desde el distante Báltico, más tarde, y a pesar de una violenta resistencia, los codiciosos romanos impusieron sus leyes durante tres largos siglos. Muy a sus anchas en los nuevos territorios, harán afirmar a Plinio que "en Istria los romanos patricios se sentían como dioses". Rápidamente convierten los pequeños túmulos en importantes plazas fuertes y colonias trazadas según sus sempiternas cuadrículas. Las dos arterias principales y perpendiculares de Porec -entonces Parentium- aún se conocen como Decumanus y Cardo Maximus.

Aunque la impronta romana resulta omnipresente en todo el litoral, hay una ciudad, situada al fondo de una profunda bahía, que destaca por sus magníficos monumentos. Pula -la arcaica Polensium- ha conservado maravillosamente, frente al mar, un extraordinario anfiteatro del siglo I, llamado coloquialmente "La Arena", y además cuenta con un pequeño teatro y significativos restos del Foro, todo ello perfectamente integrado en el casco urbano junto a auténticos tesoros de épocas subsiguientes.

Muchas de las localidades dictadas por el mar se desarrollaron en Istria de un modo singularmente característico. Asentadas sobre diminutas islas casi pegadas al continente, apiñaron sus casas en hileras concéntricas, protegiéndose de la permanente amenaza con murallas perimetrales. Vistas desde el cielo, se parecen a los pueblecitos que dibujaba Uderzo para las aventuras de Astérix y Obélix.

Limitadas por el abrazo del mar, apretaron y elevaron sus construcciones retorciendo y escalonando sus intrincadas callejas en torno a la loma dominante, dejando aquí y allá pequeñas plazoletas para respirar. No rellenaron los estrechos canales que las separaban del continente hasta el siglo XVIII. La suma arquitectónica de sus sucesivos colonizadores se ha mantenido milagrosamente intacta hasta nuestros días, al resguardo de la euforia turística con que fueron descubiertas estas fascinantes poblaciones en la década de los años 60.

Se podría decir que fue precisamente la angostura de su urbanidad lo que las salvó de las "peligrosas invasiones" del siglo XX; los modernos complejos vacacionales colonizaron el litoral adyacente, pero la integridad de los hermosos núcleos históricos fue respetada.

La incomparable concentración de arte que atesoran las ciudades istrias supone una rápida y valiosa lección de historia. La caída del imperio romano propició numerosos ataques hunos y visigodos, que una vez superados desembocaron en la floreciente sumisión a un nuevo imperio, el bizantino. De esta era ha quedado en Porec una joya de inmensa relevancia, el conjunto catedralicio de Eufrasio, catalogado en el año 1997 como Patrimonio Artístico de la Humanidad por la Unesco. En el ábside de la basílica -que es apodada cariñosamente como "La Eufrasia"-, se conservan extraordinarios mosaicos murales -de entre los mejor conservados del mundo-, donde destacan varios personajes religiosos dibujados tesela a tesela sobre unos cálidos y refulgentes fondos dorados. También la Edad Media dejó en la península un valioso surtido de edificios románicos y góticos; pequeñas iglesias, ermitas diminutas, casas populares y palacetes salpican los pintorescos decorados de Rovinj, Porec, Vrsar y Pula. Enfatizada como uno de los pocos testimonios conservados de su tiempo, la magnífica cripta románica de Novigrad es la que se lleva la palma en este caso. Durante este período, Istria se verá acosada por tribus eslavas, por los francos de Carlomagno -que la conquistan en el año 788- y por incursiones germanas; hasta que, a principios del siglo XIII, retoma de nuevo su esplendor al formar parte, esta vez, de la República de Venecia, que la codiciaba desde las costas de enfrente. Con ello se verá expuesta a la piratería dálmata y a los ataques de Génova, el enemigo principal de Venecia por aquel entonces.

Memoria de esta etapa son los innumerables relieves de leones alados - imitaciones del de la Plaza de San Marcos- que adornan casi cualquier rincón, y muchos de los campanile que cortejan a tantas de sus iglesias. Rememorando lo más delicioso de la estética veneciana, sobresalen los palacetes de piedra de Porec con sus estilizadas bíforas y tríforas, esas míticas ventanas de cuento de hadas divididas por estilizadas columnillas. Las modas barrocas y del Renacimiento también se impusieron, sumando su abigarrada estética al ya recargado compendio de arte. En los siglos posteriores, tras varias hambrunas, pestes, malarias y nuevos ataques -esta vez turcos-, Istria prosigue su desarrollo bajo la tutela -brevemente interrumpida por una visita napoleónica- del impero austrohúngaro. El puerto de Pula, convertido en la base principal de su armada, fue el que recibió la mayor influencia de aquella época, redecorado con un marcado estilo neoclasicista vienés. Al desaparecer la monarquía austrohúngara tras la Primera Guerra Mundial, la península de Istria fue otorgada a Italia, país al que perteneció hasta el siguiente gran conflicto bélico, cuando volvió a cambiar su destino pasando a formar parte de Yugoslavia.

Desde 1995 Istria se recupera dentro de las fronteras tradicionales de Croacia, pero el penúltimo período italiano de entreguerras aún se percibe en el ambiente. De todos sus colonizadores, Italia es seguramente el que le dejó el mejor regalo; en este caso, más que monumentos, todo un arte de vivir. Que su idioma y su gastronomía han ejercido y ejercen una poderosa influencia resulta evidente. Los auténticos romanos del siglo XXI conforman el 8 por ciento de la población, las ciudades y las calles mantienen junto al nombre croata su versión en italiano -mucho más pronunciable para nosotros-, y cada ferragosto -temporada alta de sus vecinos- provoca oleadas que no hacen sino subrayar y fortalecer la parte más latina del alma croata de Istria.

Pero, aunque son mayoría, no son ni mucho menos los únicos. El litoral cobalto recibe durante los meses más cálidos avalanchas de visitantes de todas partes del mundo. Y cada vez más. El turismo es la baza principal de Istria. Conscientes de ello, cuidan al máximo sus indudables reclamos. En la década de los 90, un nuevo resurgir de la arqueología está descubriendo maravillas hasta entonces ocultas a la vista.

Por otro lado, las fachadas vuelven a colorearse con tonos intensos y vivos pasteles, y los cascos históricos rebosan de apetecibles terracitas y restaurantes frente al ajetreo de los resguardados puertos. Siempre válidas, resuenan en el aire las palabras con que Cassiodoro -ministro del ostrogodo rey Teodorico- no dudó en definir este rincón bendito: "El placer de los ricos y la felicidad de los discretos".

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