Península de Samaná. Un placer para los sentidos

Lejos del ruido y de los grandes atascos existe un oasis de calma bañado de turquesa y con unas interminables playas de sedosa arena blanca. La península de Samaná, situada en el extremo noreste de la República Dominicana, enamora con su éxtasis multicolor a los coleccionistas de belleza. Un viaje inolvidable, una cura deliciosa para las heridas del tiempo y de la prisa.

María Bayón

A punto de aterrizar en el flamante y nuevo aeropuerto internacional de El Catey, los ojos aprenden a acostumbrarse a la belleza de su colorido imposible. Kilómetros y kilómetros de arena blanca que compiten en luminosidad con un mar irisado, donde el azul es sólo un pálido recuerdo de aquel mundo civilizado y en orden que hace pocas horas acabamos de dejar atrás.

Vacíe su mente de ideas preconcebidas, de sabores conocidos y de olores familiares; la península de Samaná obedece a un tempo interno y secreto, a ratos mágico, capaz de hacernos conectar con el más primitivo paraíso de agua y sal que registre nuestra memoria. Por eso conviene dar vacaciones al reloj cuanto antes, olvidarlo en un cajón del hotel y comenzar a medir las horas como los nativos, sin prisa ni pausa, simplemente empujados por la apetencia. Tentaciones, desde luego, no van a faltar.

Situada en el noreste de la República Dominicana, la coqueta península de Samaná limita al norte y al este con el Océano Atlántico y se encuentra a 245 kilómetros de Santo Domingo, la capital. Este espacio pequeño y cuidado acapara la mayor concentración de palmas de coco del mundo, de modo que lo salvaje de sus encantos es desde hace años motivo de orgullo para los autóctonos, sabedores desde el principio de lo privilegiado de su entorno. Quizá por eso su mayor empeño haya sido siempre guardar a Samaná de los estragos del turismo de masas. Una batalla ganada de la que dan fe lo cuidado de sus complejos hoteleros y la gran cantidad de hoteles con encanto que, como pequeñas perlas sorpresa, salpican su costa siempre protegidas de miradas entrometidas.

Recalar en uno de ellos es un placer para los sentidos, una terapia que nos devuelve el gusto por la vida. Comer, dormir, charlar, soñar, descansar... en definitiva, dejarse llevar por la placidez sin mala conciencia, sin deudas pendientes.

Sin embargo, los amantes de la aventura no tienen que desanimarse. La oferta de ocio de Samaná es rica y sorprendente y, como siempre, llega teñida de su particular idiosincrasia caribeña. No son emociones al uso y, por eso mismo, nunca dejan indiferente. Visite una "gallera" y descubra entre gritos y sudor el vicio de las apuestas. La adrenalina que desprende una pelea de gallos es indescriptible y poco tiene que envidiar a las grandes competiciones occidentales. Sus dueños los cuidan como si fueran caballos purasangre y a muchos parece irles la vida en cada asalto. Después, pida una Presidente bien fría -la cerveza del lugar- y comente la jugada con los locales. Su filosofía de vida conseguirá removerle algún que otro esquema preconcebido.

Y así iniciará su auténtico viaje, aspirando la esencia del lugar a través de sus costumbres. No dude en mezclarse con la gente. La hospitalaria alegría de esta tierra es contagiosa. Igual que su música sensual y pegadiza. No son ricos si hablamos de dólares, pero son millonarios a la hora de divertirse. Visite uncar wash si quiere comprobarlo. Una actividad tan rutinaria como lavar el coche se ha convertido para ellos en el mejor baile de la isla.

Durante horas, y siempre al amor del merengue o la bachata, los isleños beben, bailan y charlan. Las estrellas vigilan sus movimientos y la costa parece dejarse vencer por el sueño al son de sus arrumacos. Cae la noche en la tierra, pero las olas siguen atentas al vaivén de los barcos de pescadores. Mañana, probablemente será un buen día para comer una deliciosa langosta recién pescada. La gastronomía es otro de los placeres secretos de esta Península. Sus costas bañadas por las fuertes y frías aguas del Océano Atlántico devuelven a los pescadores el más exquisito marisco: centollas gigantes, langostas de recia carne apretada... los frutos del mar parecen crecer como mariposas en las nudosas manos de los pescadores. Samaná es una zona de pescadores y cada anochecer decenas de barcazas se aventuran en el mar para volver al alba cargadas de jugosas sorpresas. Al mediodía, el olor a cocina criolla embriaga y son muchos los restaurantes que ofrecen las especialidades del lugar. No deje de probar el lambí o el ceviche de pescado, pero tampoco pase por alto sus salsas, un placer gastronómico condensado del buen hacer culinario de los antiguos pobladores del Caribe.

El pollo y la carne de res también le harán salivar, pero no puede olvidar su amplísima oferta de fruta: desde el tradicional coco hasta los mangos más dulces. La exuberancia de su frondosa vegetación regala sabores inolvidables. Descubrirlos a veces requiere un poco de movimiento.

Alrededor de la impresionante bahía blanca de su capital, Santa Bárbara de Samaná, se concentra un buen número de restaurantes curiosos. La mezcla de aromas asiáticos y precolombinos es un reclamo excelente para abrir boca. Después otearemos desde lo alto la coqueta ciudad creada en 1756 y devastada a comienzos del siglo XX por un pavoroso incendio. No queda arquitectura colonial, pero el enclave agazapado en su bahía ofrece numerosas distracciones y alguna que otra incongruencia, como la curiosa iglesia blanca traída de Inglaterra por la comunidad metodista, conocida como La Churcha -adaptación cariñosa del inglés "church"- y punto de reunión para acercanos al mercadillo en el que encontraremos casi de todo o para dar un paseo por el puente que crece paralelo a la bahía -construido por el dictador Trujillo- y que es, sin duda, una fuente inabarcable de diversión para niños y grandes. Saltos en el agua, puestos de dulces y conversaciones subidas de tono. El puente de Escondida es un lugar excelente para enterarse de los últimos chismes de la isla.

Pero no sólo eso, desde aquí podremos disfrutar de un acontecimiento maravilloso: el apareamiento de cientos de ballenas jorobadas que, cada diciembre, acuden a Samaná a asegurar la continuidad de su especie. Una delicia que conviene disfrutar mejor cuanto más cerca. Por eso, reserve con tiempo su barco y disfrute de un espectáculo único que sin duda nunca olvidará.

Si, pese a todo, no puede pasar sin el seductor reclamo de las tiendas, entonces diríjase a Las Terrenas, la ciudad más moderna y comercial de Samaná. Situada al norte, La Terrenas concentra la mayor actividad turística de la zona, con hoteles, restaurantes y centros de buceo. La ciudad se encuentra en medio de las colinas pobladas de palmas. Artesanía y baratijas, pareos, pinturas, biquinis imposibles y piedras semipreciosas harán las delicias de los más cosmopolitas mientras hacen parada y fonda en cualquiera de sus cafetines. La colonia de extranjeros es enorme en Las Terrenas y la influencia francesa se nota en lo sofisticado de sus dulces y en lo cuidado de su arquitectura. Las coquetas y coloristas casas coloniales contrastan con las humildes moradas de los locales sin que a nadie parezca importale. La alegría y el buen humor siguen siendo la principal moneda de cambio.

De nuevo dispuestos a dejarnos maravillar por la naturaleza, conviene no abandonar la Península sin ver algunas de las mejores playas del planeta. Por ejemplo, Playa Rincón pertenece al selecto club de Las 10 playas más bellas del mundo. Su exótica belleza nos acompañará durante mucho tiempo, calentando nuestro ánimo en las tristes tardes del invierno continental. Es la playa de la foto obligada, la de la palmera idílica que se curva para atrapar nuestro cuerpo y dejarnos suspendidos en el aire de los sueños. Los más clásicos pueden llegar en barco; los más osados, a lomos de un quad. En cualquier caso, el paseo habrá merecido la pena y el esfuerzo.

Otro lugar mítico de la Península de Samaná es Cayo Levantado, un islote paradisíaco rodeado de aguas color turquesa y esmeralda que deja sin respiración hasta a los más urbanitas, una minúscula isla donde el agua se funde con la luz y la naturaleza, el paraíso si nos ponemos tópicos. Un sueño de arena blanca y, como en todas las playas de Samaná, bancos de peces de colores. Con unas gafas y un tubo de bucear podrá mirarles a los ojos durante horas y, si no tiene muchos escrúpulos, acompañar a los pescadores del lugar para regresar a la orilla con la comida en la mano.

El Salto del Limón es otra excursión interesante. Una laguna de agua dulce y cristalina formada por una gran cascada natural. Acceder a tan exclusivo paisaje tiene su aquel. El paseo andando no es recomendable para los que no sew encuentren en buena forma física y la ascensión a caballo -como hace el 90 por ciento de los mortales- no está exenta de sorpresas. Los botes del noble animal pueden hacernos desistir, pero no conviene; el paisaje es hipnótico y el chapuzón final, memorable. Después, ya con la anécdota en la mano, podremos comentar sus bondades al amor de un buen café o un exquisito ron, que seguro nos hará olvidar los saltos del viaje mientras los lugareños nos miran burlones, sorprendidos de nuestra flojera. Pese a todo, la risa está asegurada, porque el buen humor de Samaná es antológico y no faltará quien le ponga banda sonora al asunto y termine de castigar sus músculos obligándole a seguir sus pasos de baile.

Déjese llevar. Samaná aún permite viajar como antes: con la sorpresa por aliada, la imaginación como compañera y el saber como recompensa.