Pasión por Zamora

Zamora, ciudad románica que se pone de puntillas para contemplar el Duero, es la perla escondida entre la aristocrática Salamanca y la gótica León. Una ciudad abierta a todo el mundo y que visitan miles de personas. Pero Zamora es mucho más.

Fernando Sánchez Alonso
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Foto: Fernando Sánchez Alonso

En los antiguos romances, a Zamora la bautizaron con un epíteto que resumía su principal seña de identidad: La Fortaleza. Zamora, repetían épicamente los poetas en sus octosílabos medievales, era "la bien cercada". Corrían los tiempos en que Doña Urraca se apresuró a defenderla de la codicia de su hermano Sancho II. Los tiempos de la traición de Bellido Dolfos. Los tiempos del Cid y de los moros. Desde entonces, Zamora perpetúa aquel viejo atributo de reciedumbre que se manifiesta en sus murallas y en su castillo, en sus fríos invernales y en sus iglesias románicas, en sus ascéticos cielos de verano o en su aire purísimo y como recién hecho (Zamora es la ciudad menos contaminada de España). Pero esa reciedumbre se prolonga también en el temple de sus gentes, que, como sus famosísimas procesiones de Semana Santa, se distinguen por la sobriedad. En efecto, poco dado al sentimentalismo o a la efusividad impostada, el zamorano es un hidalgo barroco que ha logrado sobrevivir en el siglo XXI conservando la austeridad y el señorío de sus mayores. Tales rasgos podrían aplicarse también al carácter de esta ciudad, que es preferible recorrer sin la ayuda de catecismos turísticos, si uno quiere dejarse guiar únicamente por la sorpresa. Zamora es una perla escondida entre la aristocrática Salamanca y la gótica León. Un destino que puede plantarles cara a los dos mencionados y, desde luego, jugar en la misma liga turística.

Por de pronto, Zamora es la ciudad de Europa que cuenta con más iglesias románicas. Admirables por su realismo son los capiteles del interior de la iglesia de San Claudio de Olivares. Allí, entre grifos y arpías, destacan no solo unos centauros que se enfrentan a lanzadas sino también una afrodisíaca sirena que yergue los brazos no se sabe si para perfeccionar la turgencia de sus pechos o para despedirse del barco de Ulises que solo ella ve. El viajero se marcha con la duda, ya que no conoce el lenguaje de las piedras ni el mitológico de las sirenas para preguntar. A un salto de rana de San Claudio hay un templo apartadizo e ingenuo en sus hechuras, Santiago El Viejo le llaman. La leyenda asegura que allí fue armado caballero El Cid. Pero si uno quiere más información sobre qué interesaba a nuestros antepasados, deberá sintonizar los telediarios de la Edad Media. Dicho de otra forma, le conviene detenerse frente a las arquivoltas de la portada de la iglesia de La Magdalena, donde, acechándonos entre la hojarasca de piedra, nos vigila un obispo con mitra y báculo. Una imagen que, como la popular rana de la universidad salmantina, es obligado descubrir, algo que no puso difícil el cantero, que menos disimulo o malicia que su colega charro sí tenía. Un notable sarpullido de valiosísimas iglesias se ofrece a la atención del visitante. Imposible hablar, por razones de espacio, de la de San Cipriano, de la de San Ildefonso, de la de Santa María la Nueva, de la de Santiago del Burgo, etcétera, que tampoco aspiran estas a ser páginas de doctrina artística. A lo sumo pretenden pasar por una invitación al viaje y al asombro.

La gran catedral

Y asombro es el que provoca su catedral. Contemplarla desde el castillo es una dicha que nos iguala durante unos momentos a los dioses. Pero es que este punto, el más elevado de la ciudad, conlleva otra ventaja: es el mejor para observar su extraordinario cimborrio, de estirpe bizantina. Y con su recuerdo aún en la mirada, el viajero accede a la catedral. En seguida le llaman la atención los relieves de la sillería del coro, sobre todo los que recrean episodios de la vida cotidiana de entonces; pero no se agota aquí su sorpresa. De hecho, en seguida la renovará frente a los tapices flamencos del museo catedralicio, una auténtica superproducción histórica que ya quisiera Hollywood para sí.

El viajero cada vez está más convencido de que Zamora es una ciudad propicia para la felicidad. Y eso que aún no conoce el Museo de Semana Santa, que -lo comprobará después? merece una muy demorada visita. Y si no franquea ahora sus puertas, es porque hace rato que las campanas de las iglesias han dado la hora de comer, las calles están desiertas y los postigos cerrados a cal y canto. Así que el viajero se sorprende sin nada que hacer en la plaza minuciosamente arbolada de Viriato, y opta por acercarse a la escultura que le da nombre al lugar.

Los zamoranos hacen nacer a Viriato en un pueblo de la provincia, Torregamones, a despecho de los portugueses, que reclaman su cuna como la única legítima. Viriato, purificado de estas trifulcas, elevado de las miserias mundanas por un pedestal y la historia, bastante tiene con soportar estoicamente la diarrea de las palomas y no descomponer la figura de caudillo rural que le otorgó Eduardo Barrón. De momento, lo consigue. El héroe de la resistencia, terror romanorum, lleva pacíficamente un siglo extendiendo la mano hacia un punto victorioso en la lejanía o comprobando solo si llueve.

Quién sabe. No es esta ni la primera ni la última vez que el viajero se queda con dudas delante de una estatua, y muchas abundan en la ciudad. Una de ellas ha sido dispuesta con tal maña en el paisaje urbano, que es fácil confundirla con un viandante y preguntarle por la familia. Algunas incluso se echan sus pitillos y todo, como la del antiguo ministro de Educación Claudio Moyano, que a la salida de la biblioteca municipal se fuma los cigarrillos que los jóvenes estudiantes le encajan entre los dedos. Vuelven a tañer las campanas y el viajero decide que ya es hora de calmar el hambre en un figón que le reconforte el cuerpo, pues el espíritu lo lleva ahíto. Y así es como da con El Rincón de Antonio, un restaurante en que los tradicionales platos zamoranos se transubstancian en una cocina de autor que es, simplemente, manjar de dioses. Y más aún si se riega con alguno de los afamados caldos de Toro que figuran en su carta de vinos.

El Motín de la trucha

Agradecido por el yantar, el viajero sigue recorriendo La Vieja Semuret, como pronunciaban el nombre de la ciudad los visigodos antes de que los árabes se lo cambiaran por el de Samurah. El topónimo actual mezcla los genes fonéticos de ambos pobladores y así esquiva discordias, que no es plan de repetir motines ni por unas pajas ni por una trucha. Porque hubo, en efecto, un célebre motín en la ciudad, el Motín de la trucha, que provocó la arrogancia y testarudez de un noble al disputarle a un pellejero una trucha que este ya había apalabrado con el vendedor en el mercado. Al día siguiente, buscando la manera de castigar la osadía del menestral, la nobleza se reunió en la iglesia de Santa María. Los plebeyos, recelosos de que los ajusticiaran, suprimieron sus temores adelantándose a ellos y quemaron la iglesia, y con ella a todos los nobles dentro. El rey condenó al pueblo a reconstruirla. El resultado es la actual Santa María la Nueva.

Mientras el viajero hace tiempo para que abran el Museo de Semana Santa, va a admirar las fachadas modernistas de 1909 o el edificio del mismo estilo de la calle de Santa Clara. Para reponer fuerzas, entra en el bar más antiguo de Zamora, La Cueva del Jazz, una modernizada bodega del siglo XVII. Un poco más tarde, levanta la cabeza frente al Teatro Principal, donde solía actuar María Guerrero solo por el gusto de oír el castellano de Zamora; va a buscar después la Maternidad, la escultura de Baltasar Lobo que se recorta contra la fachada del Palacio de los Momos... Y por fin entra en silencio en el Museo de Semana Santa y sale de él sin palabras.

Mirador sobre el Duero

Obnubilado aún por la maestría de sus tallas (impresionante, entre otras, la Redención de Mariano Benlliure), el viajero continúa vagando por las calles de la ciudad, algunas tortuosas y quebradizas de aleros; otras largas y estrechas; las principales, holgadas y señoriales, como las de Santa Clara o San Torcuato; las más interesantes, empinadísimas, como la pintoresca de Balborraz, por ejemplo, la bulliciosa de Los Herreros o la que llaman Cuesta de Pizarro, en uno de cuyos recodos se levanta un interesante edificio. El viajero se detiene frente a él. Está a punto de descubrir que aquella antigua casa solariega cobija un centro de interpretación de las ciudades medievales. Tal vez con el propósito de imitar los puentes de los castillos y de meter enseguida al visitante en situación, han dispuesto que se deba entrar por un pasadizo de madera que salva un considerable desnivel. Dentro de la sala, el viajero estudia facsímiles de códices, maquetas de ciudades medievales, manuscritos iluminados, fotografías de castillos y fortalezas... Con todo, lo más llamativo está en el segundo piso, donde se asoma un gran mirador al Duero y a lo que los zamoranos llaman con ironía la playa de Benidorm, delante de una alameda, al otro lado del río.

Finalmente sube las escaleras. Nadie en el piso superior. El viajero contempla las aguas del Duero, que repiten el mismo color azul del cielo, y observa cómo el río tirita de reflejos que le inventa el sol y se clavan en los ojos del puente románico. El aire de la sala se ha ido llenando de poemas sobre el Duero que salen de un altavoz. Y al hilo de los versos de Claudio Rodríguez, "tú, río de mi tierra, tú, río Duradero", el viajero siente cómo desaparece lentamente en las aguas de tinta del poema y en su lugar solo va quedando un sentimiento de tranquilidad y gratitud por una ciudad que, al mirarla y recorrerla, de algún modo ha creado él también. Tal vez por eso, porque el viajero intuye que jamás podrá marcharse de aquella ciudad aunque la abandone, la recepcionista no lo ve al salir.

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