Parque de los Volcanes

En 1902 la comunidad científica registraba en su haber una especie hasta entonces desconocida para el hombre blanco: los gorilas de montaña, magníficas criaturas por cuya preservación daría su vida, décadas después, la conservacionista Diane Fossey al enfrentarse a los furtivos que les daban caza para vender sus crías a los zoos del mundo civilizado o que los descuartizaban para que sus cabezas, o sus poderosas manos, acabaran adornando el salón de algún potentado.

Elena del Amo

En los años 60 la población de estos animales, con los que los seres humanos compartimos el 97,7 por ciento de nuestro código genético, se estimaba en 5.000 ejemplares; en la década de los 90 sumaban apenas 650, pasando a engrosar la lista de las especies más amenazadas del globo. Hoy se cree que quedan cerca de 700 gorilas de montaña repartidos entre los bosques de bambú y la espesísima selva del Parque Nacional de los Montes Virunga, en la República Democrática del Congo; el Bosque Impenetrable de Bwindi y el Parque Natural de Mgahinga, en Uganda, y el Parque Nacional de los Volcanes, una zona de paisajes espectaculares que se encuentra al norte de Ruanda.

Si los furtivos siguen siendo una amenaza para estos animales, hoy lo es más si cabe la rápida desaparición de su hábitat debido a la presión de los asentamientos humanos en las inmediaciones de sus bosques. Sin embargo, el turismo, tan depredador en tantas zonas del mundo, parece estar teniendo aquí un efecto positivo para estos animales. Y es que estos grandes simios tan vilipendiados por la literatura y el cine son en realidad vegetarianos, tímidos y hasta confiados. Tanto, que en algunas de estas remotas esquinas del África ecuatorial en las que todavía subsisten pueden emprenderse safaris que, al cabo de unas horas de caminata entre la espesura, deparan el privilegio de poderlos admirar de cerca. De esta manera, las frágiles economías de los países en los que viven están recibiendo una considerable inyección de divisas de la mano de los apasionados de la naturaleza ávidos de salir al encuentro de los gorilas, de forma que algunos de sus gobiernos están tomando cartas en el asunto para garantizar su preservación. Esto ocurre especialmente en Ruanda, un país bellísimo que intenta cerrar las cicatrices del genocidio que sufrió hace poco más de una década y que hoy ofrece las mayores garantías de seguridad de los tres, amén de las mayores facilidades para los visitantes.

Las autoridades ruandesas estiman que son más de 10.000 personas las que cada año viajan para salir, con la ayuda de los pisteros, al encuentro del más grande de los simios. Tras unas cuatro horas como máximo de trekking por la selva, accesible a cualquier persona mínimamente en forma y siempre en grupos muy reducidos, la posibilidad de poder admirar a estas fantásticas criaturas durante apenas una hora es muy alta, aunque nunca se garantiza por completo.

Siguiendo unas estrictas normas de comportamiento para no molestarles y para evitar cualquier situación de peligro, durante esos instantes puede apreciarse la desarrollada estructura social de estos animales, que habitualmente viven en grupos que oscilan entre cinco y once individuos liderados por un macho dominante, como el inolvidable espalda plateada de la película Gorilas en la niebla.