El paraíso perdido de las Calamián

Apunte este secreto de Filipinas si quiere disfrutar de una inyección de belleza natural con escasa explotación turística

Noelia Ferreiro
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Foto: R.M. Nunes / ISTOCK

Cuentan que se han llegado a registrar hasta 50 tonos de azul en sus aguas, las mismas que han sido catalogadas como las más claras (con una visibilidad de 24 metros) de  Filipinas, el archipiélago asiático que es un microcosmos tropical con 7.107 islas. De todas ellas, calladas y discretas, hay un grupo ignorado por el turismo de masas y que, sin embargo, merece especialmente la pena: las Calamian (o Calamianes en español).

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Emplazadas al norte del país , en algún punto perdido a caballo de Palawan y Mindoro, entre el Mar de China y el Mar de Sulú, las Calamian son el sueño de cualquier robinsón. Una inyección de belleza natural con el aliciente de la escasa explotación turística que aún exhiben estos parajes y la ventaja de albergar un auténtico oasis de vegetación que propicia múltiples actividades.

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La mejor isla del mundo

¿En qué consiste realmente este archipiélago perdido? Pues, básicamente, en más de un centenar de islas de coral, selváticas y montañosas, muchas veces separadas tan sólo por pequeños canales con todas las gamas del azul. Islas que están dotadas de incontables calas de arena tan blanca como la nieve, pero también de senderos que atraviesan mágicos bosques, cálidas piscinas de aguas sulfurosas y tranquilas aldeas detenidas en el tiempo que viven de la agricultura y de la pesca. 

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Busuanga, Coron, Culion, y Linapacan son las hermanas mayores del conjunto y las que sirven de nexo de unión. Especialmente las dos primeras, que confluyen en un bellísimo escenario: las suaves colinas verdes de la primera contrastan con los acantilados escarpados de la segunda que, por cierto, se ha colado dos veces en el primer puesto del ranking de la mejor isla del mundo.

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Barcos hundidos

Coron es el inexcusable punto de partida en un tour por el archipiélago. Una prioridad absoluta por dos motivos: el primero lo conforman sus tentadoras bahías, que le otorgan relevancia mundial. Porque esta isla es un paraíso para los buceadores. Aquí donde tuvieron lugar varios naufragios de barcos provenientes de Japón a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, hoy se puede contemplar cómo la vida marina se ha apoderado de los pecios de una manera mágica y misteriosa. Los peces flotan en las viejas cabinas mientras las medusas translúcidas serpentean entre los restos. 

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El buceo (ya sea con aletas y tubo o con equipo de submarinismo) es la actividad estrella del lugar. Los Siete Pecados, entre Coron y Busuanga, con raras formaciones geológicas por las que se deslizan los peces; y Skeleton Wreck, un buque cubierto de coral a cuyo interior se puede acceder, son dos de los enclaves imprescindibles.

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Animales salvajes

La segunda razón por la que hay que detenerse en Coron la constituyen los encantos que la isla atesora tierra adentro. Entre ellos, el lago tropical de Kayangan, tal vez el rincón más fotografiado. No hay quien no logre maravillarse con este paraje al que se llega tras una corta caminata y cuyas aguas (mezcla de dulces y saladas) han sido catalogadas como las más espectaculares de Asia. Otros puntos donde darse un grato chapuzón son el lago Barracuda y las lagunas gemelas Twin Lagoons, de intenso color esmeralda.

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Más allá de esta isla, donde uno puede quedarse un par de días, un mes y hasta toda una vida, es muy recomendable lanzarse a descubrir a sus hermanas. Especialmente Calauit donde se puede vivir una experiencia desconcertante: de pronto, cual si fuera la sabana, podrán observarse jirafas, cebras, antílopes, gacelas… y todo un desfile de fauna. La explicación es que fueron traídos desde África, allá por los años 70, para crear una reserva singular que preservara la vida salvaje. Y que, ya de paso, diera lugar a extraños safaris tropicales.     

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