El país europeo con precios de hace 20 años es el destino revelación del Mediterráneo: playas turquesas, castillos otomanos y menús completos por menos de 10 euros
Un litoral de aguas turquesas frente a Corfú, dos ciudades otomanas declaradas Patrimonio de la Humanidad y una economía todavía ajena a la inflación turística mediterránea. Albania reúne las tres cosas a la vez.

Un paraíso del Mediterráneo que ya deberías conocer. / Istock
Hay países que tardan una generación en abrirse al mundo, y Albania es uno de ellos. Cerrada sobre sí misma durante el régimen comunista de Enver Hoxha —de 1944 hasta su muerte en 1985, con una transición que se prolongó hasta 1991—, permaneció al margen de los circuitos turísticos que transformaron el resto del Mediterráneo. Esa ausencia forzada de desarrollo, paradójicamente, ha jugado a su favor: mientras otras costas europeas se llenaban de cemento, la Riviera Albanesa conservaba calas vírgenes y pueblos de pescadores casi intactos. La factura se está pagando ahora, y a un ritmo vertiginoso: en 2024 el país recibió más de 11 millones de turistas internacionales, una cifra que multiplica por cuatro su propia población y que lo coloca entre los destinos de mayor crecimiento de Europa.

Este país es una de las grandes joyas por descubrir el Mediterráneo / Istock
El resultado es un territorio que combina playas de postal, dos ciudades Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y una relación calidad-precio que empieza a ser noticia por sí misma. No hace falta buscar el "paraíso escondido de los Balcanes" ni ningún otro tópico: basta con mirar el mapa, las cifras y los sabores.

Adriana Fernández
La Riviera Albanesa: de Ksamil a las calas que todavía respiran
El sur del país esconde una franja costera de unos 100 kilómetros entre Vlorë y Sarandë, bañada por el mar Jónico y recortada en acantilados. Ksamil es su punta de lanza: un antiguo pueblo de pescadores situado frente a la isla griega de Corfú, a apenas 2 kilómetros de distancia, con playas de arena fina y un archipiélago de islotes a los que se llega a nado. El boom ha sido tan intenso en los últimos años que en temporada alta sus playas se saturan y la construcción, en algunas zonas, ha crecido más deprisa que la planificación urbanística.

Playa en Ksamil, Albania. / Istock
Quien busque el espíritu original de la Riviera sin renunciar a la belleza del paisaje encuentra en Himarë una alternativa todavía tranquila. La localidad, situada entre Vlorë y Sarandë, mantiene un ambiente tradicional donde conviven población albanesa y una comunidad de origen griego, y da acceso a calas menos masificadas como Livadhi, Filikuri o la célebre Gjipe, encajonada entre montañas. Aquí el Jónico conserva ese tono turquesa casi artificial que en Ksamil empieza a compartirse con sombrillas y tumbonas de alquiler.

Himarë, Albania. / Istock
Gjirokastra y Berat, las dos ciudades que el turismo aún no ha vaciado
Tierra adentro, el patrimonio otomano de Albania se concentra en dos ciudades gemelas por su arquitectura y su reconocimiento internacional, aunque distintas en carácter. Gjirokastra, conocida como "la ciudad de piedra" por las losas grises que cubren los tejados de sus casas escalonadas en la ladera, corona su perfil con un castillo del siglo XIII —de los mayores de los Balcanes— que hoy alberga un museo de armas y regala vistas sobre el valle del río Drino. Es también la ciudad natal de Enver Hoxha y del escritor Ismail Kadaré, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009, una dualidad que resume bien las contradicciones de la Albania del siglo XX.

Berat es conocida como "la ciudad de las mil ventanas" / Istock
A poco más de una hora, Berat presume del sobrenombre "ciudad de las mil ventanas" por las fachadas blancas y escalonadas de sus casas otomanas, asomadas al río Osum en un juego de balcones que se repite piso tras piso. Su castillo, habitado desde el siglo XIII, guarda en su interior varias iglesias bizantinas con frescos de Onufri, maestro de la pintura religiosa albanesa del siglo XVI cuya escuela se extendió hasta la actual Macedonia del Norte y Grecia. La UNESCO declaró Gjirokastra Patrimonio de la Humanidad en 2005, y en 2008 amplió el reconocimiento para incluir a Berat como sitio conjunto: dos ciudades, una sola declaración, un mismo relato de convivencia otomana y bizantina que sobrevivió intacto al siglo comunista.
Cómo llegar, cuánto cuesta y qué comer sin gastar de más
Llegar a Albania desde España es más sencillo de lo que sugiere su reputación de destino lejano. Wizz Air, Ryanair y Vueling operan vuelos directos al aeropuerto Tirana Internacional Madre Teresa desde Madrid, Barcelona y otras ciudades españolas, con trayectos de entre dos horas y media y algo más de tres horas según el origen. Una vez en el país, la Riviera y las ciudades UNESCO se recorren en coche de alquiler —la opción más cómoda para combinar playa y patrimonio en un mismo viaje— o en los autobuses interurbanos, más lentos pero muy económicos.

Playa en Albania. / Istock
Sobre los precios conviene ser prudente: el turismo albanés ha subido en los últimos dos años, y las cifras exactas varían mucho entre temporada baja y alta y entre zonas más o menos turísticas. Aun así, fuera de los puntos más frecuentados por visitantes extranjeros sigue siendo habitual encontrar menús completos por entre 8 y 12 euros, un café por 1-2 euros y una cerveza local por 1,5-2,5 euros. El alojamiento en apartamentos turísticos de la Riviera ronda los 30-60 euros por noche en temporada baja, aunque en julio y agosto los precios pueden multiplicarse.

Gjirokastra, Albania. / Istock
En la mesa, tres nombres no deberían faltar: el byrek, hojaldre relleno de queso, espinacas o carne, presente en cualquier panadería del país; el tavë kosi, cordero al horno gratinado con yogur; y el pescado fresco del Jónico, servido a la parrilla en los chiringuitos de la Riviera con una sencillez que ya querrían muchos restaurantes con estrella.
Queda, eso sí, una advertencia necesaria: Ksamil ha empezado a sufrir los síntomas del éxito —masificación estival, construcción acelerada, precios que suben más rápido que los servicios—. El viajero que llegue buscando la Albania que atrajo a los primeros visitantes hará bien en repartir sus días entre esa playa icónica y los rincones donde todavía se puede escuchar el mar sin el ruido de una sombrilla de alquiler discutiéndose por metro cuadrado.
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