El país europeo más desconocido es el que tiene los castillos más bonitos: una joya de los Alpes con herencia medieval
Esta región vinícola es uno de los países más pequeños del mundo, no tiene aeropuerto y sus 40.000 habitantes son ricos, lo que le convierte en uno de los destinos más serenos para una escapada.

Parece imposible, pero hay rincones de Europa que parecen haber escapado al ruido del turismo masivo. Las casas lucen fachadas impecables, los prados se extienden con precisión casi geométrica y las montañas actúan como refugio de sus habitantes. Un lugar privilegiado donde no hay aeropuertos, con la dimensión perfecta para vivir una vida de lujos y comodidad dentro de una sorprendente diversidad de paisajes.

La herencia medieval de este principado que se esconde en los Alpes no es más que un entrante de su encanto. Es un país moderno, con una de las rentas per cápita más altas del mundo y una fuerte tradición financiera e industrial. Esa prosperidad se traduce en infraestructuras impecables, seguridad absoluta y un cuidado extremo del entorno natural... Es como si hablásemos de un lugar del futuro, de un sueño hecho realidad en el que encontrar la estabilidad de un cuento de hadas.
Encajado entre Austria y Suiza, el país de Liechtenstein apenas ocupa 160 kilómetros cuadrados. Allí destacan los viñedos en terrazas, praderas inclinadas hacia el Rin y cumbres que, en invierno, parecen talladas en cristal. Es uno de los estados más prósperos del planeta, uno de los más pequeños del mundo y de los más tranquilos para una escapada perfecta con tu pareja o con tus amigos.

Este país de los Alpes es uno de los más pequeños y más prósperos del mundo
La capital, Vaduz, reúne poco más de 5.000 habitantes. Sobre la ciudad se impone el Castillo de Vaduz, fortaleza del siglo XII erigida en lo alto de una colina. No admite visitas ya que es residencia de la familia principesca, pero el ascenso a pie compensa cualquier restricción: en unos veinte minutos se alcanza un mirador natural desde el que el valle del Rin se despliega a la vista de los que saben apreciar una estampa de película.

Qué ver en el país alpino en el que no hay aeropuertos, pero sí tranquilidad
La puerta de entrada más habitual es el Aeropuerto de Zúrich, en Suiza, a algo más de 130 kilómetros por carretera. Desde allí, el trayecto serpentea entre valles ordenados y montañas que anuncian la cercanía del Rin. Otra alternativa es el Aeropuerto de Friedrichshafen, en Alemania, a menos de 90 kilómetros.
Cada 15 de agosto, durante la Fiesta Nacional, el prado del castillo se abre para un encuentro popular con los príncipes, una escena insólita en el corazón de Europa. También destaca la Casa Roja, uno de los edificios más antiguos del país. Por otro lado, la silueta neogótica de la Catedral de San Florín, elevada a rango catedralicio en 1997, añade verticalidad al perfil urbano y custodia sepulcros de la realeza... Un enclave histórico.

Al sur, Balzers se esconde bajo la estampa rotunda del Castillo de Gutenberg, otro bastión medieval que llama la atención de los viajeros. Y luego está el vino. Liechtenstein presume de ser una de las regiones vitivinícolas más pequeñas del mundo. Más de 1.500 horas de sol y el cálido foehn (viento cálido del norte de los Alpes) maduran uvas que se degustan en bodegas como la Hofkellerei des Fürsten von Liechtenstein, propiedad de la familia principesca.
Allí todo parece estar en su justa medida: el tamaño, la población, la arquitectura y el paisaje.
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