Oviedo, Gijón y Avilés

Casi tan equidistantes en distancia como cercanas en hermandad, estas tres ciudades asturianas florecen sintonizadas en su gusto por la sidra, la buena vida, la renovación... y hasta se atreven a apostar por un sueño común: convertirse en la primera Capital Cultural Europea compartida en 2016.

Ana G. Vitienes

En Asturias, ser tres nunca resulta multitud. Porque Oviedo, Gijón y Avilés son a cual más seductora, como las tres gracias; o a cual más geométrica, como los tres ángulos de un triángulo equilátero. Claro que puede entenderse una sin las otras, pero juntas componen un cóctel irresistible, amalgamadas por una empatía urbana que incluso les permite aspirar a proyectos culturales de gran envergadura, como la candidatura conjunta que han presentado para optar a la Capital Cultural Europea de 2016. Si su apuesta fuera elegida, no sólo confirmaría que la unión hace la fuerza, sino que ese triángulo asturiano está llamado a ostentar una modernidad tan lúcida como evidente.

Aunque no hay que esperar tanto para advertir que esa progresión hacia el cambio está presente. Las tres principales urbes del Principado han hecho sus deberes desde hace tiempo. Empezando por las comunicaciones, con una cada vez mayor frecuencia de vuelos nacionales y rutas directas entre Londres, París y Bruselas y el aeropuerto asturiano, situado en el término municipal de Castrillón, a 14 kilómetros de Avilés, 40 de Gijón y 47 de Oviedo. Hasta la llegada del tren de alta velocidad que acorte los desplazamientos transautonómicos, pasando la página del tránsito secular por el puerto de Pajares, la amplia red de carreteras y autopistas y los transportes disponibles con toda la cornisa cantábrica y las lindes castellano-leonesas han dejado aquella visión de una Asturias aislada y pastoril para el baúl de los recuerdos.

La cultura, la hostelería, el ocio o la restauración absorben las principales líneas de trabajo donde Oviedo, Gijón y Avilés han orientado sus servicios hasta convertirse en pequeñas joyas. Sus infraestructuras comprenden una completa red turística -apoyada por tarjetas urbanas como la Gijón Card y la Oviedo Card-, rodeada de un entorno medioambiental capaz de seducir al más exigente. Este tapiz natural donde se ubican cuenta con cinco Reservas de la Biosfera, un gran legado de arte rupestre y prehistórico, playas de carácter y paisajes de un verdor dramático donde se engastan románticas villas marineras. Eso sí, cada una buscando su propia identidad, incorporando novedades según su propio estilo.

La capitalina oviedo, rodeada de su gran patrimonio de arquitectura prerrománica protegido por la Unesco, aparece definida en la sobriedad pétrea de un casco antiguo coronado por la aguja de su catedral de San Salvador y conserva una pátina clásica y elegante. Aunque los rituales de la temporada de ópera en el teatro Campoamor, la merienda en alguna de sus centenarias pastelerías -como Camilo de Blas- para saborear unos carbayones -pastelillos de almendra y yema bautizados con el gentilicio popular- o el paseo de los domingos por el parque de San Francisco y los escaparates de la calle Uría se perpetúen acompañados de nuevos gestos.

Los vientos de prestigio internacional de los Premios Príncipe de Asturias han articulado de modo indirecto muchos de los cambios apreciables en su skyline urbano. Y este nuevo milenio ovetense toma forma en los edificios del paseo de la Losa y la avenida de la Fundación Príncipe de Asturias, en la proliferación de hoteles de cinco estrellas y de diseño, en la optimización de su patrimonio museístico y en el despegue de propuestas diferentes. Así sucede con el golf y el turismo del bienestar, por ejemplo. A ocho kilómetros, la villa termal de Las Caldas es hoy el primer balneario asturiano, una iniciativa sin precedentes. Oviedo también luce infraestructuras congresuales multifuncionales, a las que ha sabido dar su toque especial. Así, el Auditorio Príncipe Felipe se ha hecho casi más famoso por su capacidad para acoger eventos musicales y espectáculos de rango experimental.

En otro de los vértices del triángulo, Gijón ejerce su contrapeso con una oferta de ocio y diversión para dar y tomar. Si el puerto de El Museo fue su pasaporte para el despegue industrial del siglo pasado, en éste la clave también nace en el agua. No hay más que seguir el paseo marítimo que arranca en la playa artificial de Poniente, otear el barrio humilde y popular de Cimadevilla -adyacente a su muelle deportivo- y recalar en la playa de San Lorenzo, marcada por la estampa de la esculturaElogio del Horizonte de Chillida, donde la ribera se pierde camino de los prados de Somió. Esta ventana marítima no sólo resume su carácter vitalista y curioso, sino que enlaza nuevos espacios destinados a un público variopinto. Instalaciones como el Acuario, el Centro de Talasoterapia, la Estación Náutica, el Museo de las Termas romanas de Campo Valdés o el Parque Arqueológico de la Campa Torres siguen el curso de las mareas, bordeando un centro histórico de porte modernista.

Pero el mar no es el límite. Una vez inaugurada toda la oferta ribereña, Gijón encara su expansión por los campos limítrofes de la conurbación de Cabueñes, donde se intuye el aroma de las pomaradas de manzanos silvestres y el pacer de las vacas lecheras propio de la tierra. Es aquí, junto al Parque Tecnológico y a tiro de piedra del nuevo Jardín Botánico, donde la antigua universidad laboral está llamada a focalizar buena parte de la culturalidad gijonesa. Rebautizada como Laboral Ciudad de la Cultura, el complejo presta especial atención a las artes. El Centro de Arte y Creación Industrial fue el primero en abrir sus puertas, seguido del teatro Laboral Escena, la escuela de Arte Dramático, un Paraninfo listo para congresos y un hotel de cinco estrellas -propiedad de la cadena AC y cuya inauguración está prevista para 2009-, que será el primero de la ciudad. Al ramillete de opciones se suman las estupendas vistas de su torre panorámica, que resumen la gran variedad de registros gijoneses.

El reto de proyectos arquitectónicos de envergadura también tiene cita en Avilés, donde se levanta el Centro Internacional Óscar Niemeyer, cuya plena funcionalidad está prevista para 2010. Con él, este tercer vértice del triángulo asturiano se redondea con la regeneración urbanística de un área en transformación: la ría avilesina. Menuda y coqueta, la villa, más que famosa por sus fiestas populares -como la del Bollo, declarada de Interés Turístico Nacional-, invita a pasear por un pintoresco conjunto histórico-artístico de herencia medieval.

El espacio -que incorpora un museo, un auditorio y una torre-mirador-, será, junto con el Complejo Deportivo de Avilés, un seguro dinamizador de su futuro como centro de incentivos. Aunque Avilés ya cuente con méritos propios para hacerse su hueco en el triángulo astur. Empezando por los arenales de su estación balnearia y sus playas, que atraen a un numeroso gentío cada verano. O por su vinculación con unos interesantes itinerarios culturales por la comarca donde perderse. La playa de Arnao en Castrillón, las casonas de indianos de Salinas, las paneras y casonas de Corvera, y los molinos y queserías de Illas están tan cerca que casi llega a prolongar su atractivo urbano hacia otras geometrías ancestrales del Principado en las que, ya de un modo inevitable, la ciudad se vuelve pura naturaleza.