Oviedo, la ciudad de los paseantes

Un recorrido por el bello y apacible casco histórico de la capital de Asturias

Noelia Ferreiro
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Foto: LucVi / ISTOCK

Woody Allen dejó para la posteridad una bella declaración de amor a la ciudad de Oviedo: “es algo como si no perteneciera a este mundo, como un cuento de hadas”, dijo el carismático director de cine en su visita, hace ya dieciocho años, a la capital de Asturias. Y esta urbe de perfil medieval le devolvió el cumplido con una estatua en una de sus calles más céntricas y concurridas.

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Ciertamente, Oviedo tiene mucho de aquello que expresó espontáneamente el autor de Manhattan y Annie Hall: una capacidad única para rebelarse contra la modernización desmedida y transportarnos a un tiempo pasado. Cómoda, elegante, bonita, tal vez algo señorona, aquí todo está limpio, cuidado, las aceras relucientes, las fachadas remozadas y el centro completamente peatonal, muy propicio para dejarse llevar por el placer de deambular sin prisa. 

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Camino al andar

Y es que esta ciudad no sólo atesora uno de los cascos históricos más coquetos del país, sino también el entramado urbano que es, tal vez, el mejor pensado para el viandante. Ochenta calles (más de 200.000 metros cuadrados) se encuentran cortadas al tráfico, lo que convierte cada paseo en un refugio ajeno al ruido de los motores, con fuentes y magnolios durante el trayecto y bancos a la sombra para el descanso. 

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Oviedo es una ciudad apacible allá donde se la mire. Sólo una melodía rompe su silencio de hora en hora: las campanadas de la Plaza de la Escandalera que, para asombro del turista, entonan el Asturias patria querida. Aquí donde tiene su punto de encuentro el centro histórico y el área más comercial, encontramos dos esculturas, uno de los rasgos más característicos de la ciudad: Maternidad de Botero (o la muyerona, como la llaman los locales) y  Los Asturcones, de Manolo Valdés. 

Plaza de la escandalera, Oviedo. | Jeanne Emmel / ISTOCK

Laberinto de calles

A pie siempre encontraremos el Teatro Campoamor donde, desde 1981, se entregan los premios Príncipe de Asturias. También la calle Uría, arteria principal, flanqueada por los escaparates de comercios populares. Pero lo más recomendable es sumergirse en un paseo por el casco viejo, ese pétreo laberinto de callejuelas bajo palacios y casas burguesas. 

Teatro Campoamor, Oviedo. | percds / ISTOCK

Al paso de tiendas primorosamente decoradas, tentadoras pastelerías y populares locales donde beber sidra, llegaremos a uno de los espacios con mayor encanto de Oviedo: el Fontán, una pintoresca plazoleta porticada, abrazada por las típicas casas de colores con su balconada de madera. Aquí el día discurre entre tiendas de artesanía y un bullicioso mercado de flores, libros y antigüedades. Y ya en la noche la animación palpita en sus terrazas hasta bien entrada la madrugada. 

Plaza del Fontán, Oviedo. | LUNAMARINA / ISTOCK

De culín en culín

El Fontán es uno de los focos para entregarse al ritual de la sidra, pero no es el único en la ciudad. Calles como Cimadevilla, Mon o Gascona dan fe de que esta ciudad, en lo que se refiere al ocio, no tiene nada de clásica. En la noche, además, con los brillos amarillos bajo la trémula luz de los faroles, Oviedo presenta una imagen bucólica que invita a otro paseo para descubrir una nueva magia.

Santa María del Naranco, Oviedo. | THEPALMER / ISTOCK

La misma que también ofrece desde las alturas. Nada hay mejor para apreciarla en perspectiva, para contemplar Oviedo a tus pies, que realizar una bonita excursión a las faldas del monte de Santa María del Naranco. Desde este punto alcanzaremos una panorámica fabulosa sobre los tejados de la ciudad. Y ya de paso disfrutaremos de la vista de las dos joyas del arte prerrománico de este lugar: Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo. 

Santa María del Naranco, Oviedo. | Joaquin Ossorio-Castillo / ISTOCK