Outback, el corazón rojo de Australia

Los locales denominan Outback a la zona más desértica de Australia, el interior remoto y semiárido que cubre el 75 por ciento de su territorio. Una carretera, la Stuart Highway, lo atraviesa de norte a sur. O de sur a norte. Este viaje la recorre desde la capital del sur, Adelaida, hasta la del centro, Alice Springs. Una expedición por un territorio de aventura, paisajes inhóspitos y formaciones geológicas sagradas para los aborígenes, como el Monte Uluru. Un viaje por el “Never-never” (Nunca-nunca). 

Thierry Malinjak
 | 
Foto: Totajla/iStock

Una tierra rojiza, árida, inhóspita, unos paisajes que llegan a ser atractivos a fuer de desolados. Es un viaje al centro de un país, pero parece más bien un viaje al centro de la Tierra: el que sigue (con algunos desvíos) la mítica Stuart Highway, la única carretera asfaltada que cruza el centro de Australia. Sigue las huellas del explorador John McDouall Stuart, que fue el primero, a mediados del siglo XIX, en atravesar de sur a norte el país. Recorre, en su primer tramo, los 1.535 kilómetros que separan Puerto Adelaida, a orillas del Océano Índico, de Alice Springs, en el corazón geográfico del país. Es una verdadera expedición en medio de lo que los locales llaman el Outback, es decir, la zona más desértica de Australia: cubre el 75% de su territorio, pero cuenta con menos del 10% de sus habitantes.

La aventura empieza en la quinta ciudad australiana, Adelaida, cuyas calles presentan una mezcla heteróclita de casas decimonónicas y arquitectura victoriana a la sombra de los (todavía poco numerosos) rascacielos. Es un buen sitio para descubrir el mundo de estos aborígenes en cuyo territorio nos vamos a adentrar: el Museo de Australia Meridional hace un repaso de su historia, desde las primitivas piedras talladas de los que fueron los primeros ocupantes de estas tierras, hace unos 50.000 años, hasta las canoas pintadas, herramientas, armas, escudos y búmeranes que reflejan lo que era su vida diaria cuando empezó la colonización. Y la cercana galería Tandanya muestra que las técnicas pictóricas, de estilo puntillista, del arte aborigen pueden adaptarse magníficamente a formas más modernas, como el arte abstracto.

Zona de turismo enológico
¡Rumbo ahora al Outback! Un singular vehículo de estilo híbrido, camión acondicionado como un autobús, nos llevará, con un pequeño grupo de candidatos a la aventura, al centro de la tierra. Los atascos de vehículos entrando en Adelaida a esta hora punta no prefiguran los parajes desérticos que nos esperan, ni los cerros verdes y las vides de los primeros kilómetros anuncian la aridez de nuestro destino. Estamos en zona de turismo enológico: cada pueblo tiene su hotel, su tienda de vinos y su sitio de degustación de los caldos. Pero progresivamente los cultivos son sustituidos por terrenos baldíos; los árboles, por arbustos que crecen con dificultad en medio de la hierba rala.

La tierra que se torna más rojiza anuncia ya el Outback. Pronto los pueblos se resumen a una sola calle con unas pocas tiendas, donde parece que nunca pasa nada, aunque en uno de ellos unos carteles anuncian un rodeo próximo. Unos transeúntes con sombrero de estilo tejano refuerzan el ambiente de far west. Eso sí, las pretensiones culturales se mantienen: cada aldea parece tener, aparte de su hotel, su art gallery y su museo (todo de tamaño diminuto): como un Museo de la Sismología instalado... en una gasolinera.

La cadena montañosa del Flinders Ranges da un respiro: el verde reaparece, y la silueta ocre o azulada de los cerros rompe con la monotonía de la llanura. En el camping de caravanas de Wilpena donde pasamos la primera noche un cartel advierte: “No dar de comer a los canguros”. Pero habrá que esperar unas horas más para que la fauna australiana aparezca de repente: unos canguros huyen despavoridos ante la batahola que arma nuestro autobús-camión, mientras unos emúes, más flemáticos, mantienen una indiferencia altiva.

shellgrit/iStock

El Rey del ganado

. Tras esta tregua montañosa, vuelta a la llanura. Seguimos el Oodnadatta Track, paralelo a la Stuart Highgway pero más rústico: es una simple pista que sigue el trayecto de la antigua línea telegráfica y de la vieja línea de ferrocarril de vía estrecha, el Ghan: se llama así en honor a los camelleros afganos que durante decenios tuvieron el virtual monopolio del transporte en todo el centro de Australia. El Oodnadatta Track es desesperadamente rectilíneo, como una cinta que se desenrolla en medio de una llanura infinita, con unos matojos secos como único relieve. Apenas hay núcleos de población, solo unas granjas aisladas (lo que los australianos llaman cattle stations) muy a lo lejos.

La silueta de unas norias es la principal manifestación de presencia humana que se atisba desde la pista. Hasta llegar a Marree, un pueblo que constituye un centro del comercio de ovejas y vacas que devuelve un instante al viajero al mundo (semi) urbano: con su aspecto de pueblo pionero, Marree tiene unos 630 habitantes, casi una multitud por estos lares. El pueblo se quedó adormecido desde que cerró, en los años 1980, la línea del Ghan que le daba vida. En la plaza principal, unos paneles cuentan la historia de Sidney Kidman, “el rey del ganado”, que hizo su fortuna por estos parajes. Su saga recuerda cómo en este país inmenso todo tiene otra escala.

Tras irse de casa a los 13 años, en 1870, hizo de comerciante y de pastor, entre otros pequeños oficios, lo que le permitió ahorrar y empezar a comprar terrenos, en pleno auge de la ganadería. A su muerte era dueño de nada menos que 340.000 kilómetros cuadrados (¡más de las dos terceras partes de la superficie total de España!) esparcidos por todo el país, con casi 200.000 vacas y otras tantas ovejas, lo que hacía de él el mayor ganadero del mundo (la actriz Nicole Kidman es una de sus lejanas parientes, aseguran los locales). Al dejar Marree, la pista cruza la mayor de sus fincas, Anna Creek Station: 24.000 km2 para una sola propiedad, más que la superficie de toda la Comunidad Valenciana. El gobierno australiano puso su veto a dos intentos de comprarla por empresas chinas. Se divisa a lo lejos, en medio de la tierra árida, unas vacas paciendo en libertad, una escena típica de la ganadería extensiva australiana.

De lo infinitamente grande se pasa a lo infinitamente pequeño: se llega al pueblo de William Creek, que se autodefine con orgullo como el pueblo de menor población del país: seis residentes permanentes según el censo, doce según los locales (incluyendo a una ciudadana holandesa). Hay que concluir, por lo tanto, que es toda la población de la aldea (más algunos de las zonas vecinas) la que está reunida, a nuestra llegada, en torno a unas cervezas en el sitio más famoso del pueblo: su pub, que data de 1887 y figura entre estos contados bares emblemáticos del Outback que cuentan con gran fama a nivel nacional (otro, el de Daly Waters, está también en la Stuart Highway pero... 1.800 kilómetros más al norte). Y es que el lugar es espectacular, con sus paredes totalmente tapizadas de fotos, recortes de prensa, anuncios, matrículas de coche, billetes de banco... todo de épocas lejanas.


Tras William Creek, unos 160 kilómetros en medio de la nada (solo se divisan a lo lejos unas solitarias vacas) llevan de vuelta a la Stuart Highway, y a uno de los sitios más singulares del Outback: Coober Pedy. Al acercarse al pueblo, de unos 2.000 habitantes, aparecen al lado de la carretera múltiples montículos de tierra al lado de tajos cavados en el suelo. Aquí se busca lo que hizo la fortuna del sitio: el ópalo. Un montículo pequeño indica que la búsqueda de la piedra preciosa fue infructuosa y que el minero pasó rápidamente a otro sitio, mientras uno grande significa que encontró lo que buscaba. Fue en 1915 cuando un adolescente de 14 años, hijo de un buscador de oro, encontró por casualidad unas vetas brillantes.

Hoy Australia extrae el 95% del ópalo que se obtiene en el mundo, la gran mayoría desde este sitio perdido desean y presentan al Ayuntamiento la solicitud correspondiente. Hay que respetar, sin embargo, algunas reglas, como la de trabajar por lo menos 26 semanas al año en el lugar (las autoridades pretenden así fijar la población). Podría parecer una ganga, pero, según los locales, a los jóvenes ya no les interesa tentar la suerte bajo tierra. Y eso que cualquiera puede ser candidato independientemente de su origen: hay mineros de 43 nacionalidades. Apenas llegado, el viajero encuentra en unos minutos una iglesia ortodoxa serbia, otra católica, un centro croata, una taberna griega, un club italiano...

Coober Pedy tiene aspecto de pueblo pionero, con sus pabellones (algunos con aspecto de chabolas) esparcidos en medio de la tierra rojiza y árida. Los únicos monumentos son las carcasas de los viejos camiones cargados con una especie de enorme aspirador que servía para extraer la tierra en busca del ópalo. Pero la parte más peculiar del pueblo no se encuentra en la superficie sino debajo: para evitar una temperatura que llega a los 50 grados durante el verano antes de descender a cero durante la noche, los habitantes se han acostumbrado a vivir donde trabajan los mineros: bajo tierra, donde han construido sus viviendas, algunas muy coquetas.

También hay un lugar de culto subterráneo (utilizado de forma rotatoria por las principales religiones), así como hoteles y pensiones de tipo troglodita. El nombre Coober Pedy proviene de kupa piti, que en lengua aborigen significa el hombre blanco en un agujero.

La ciudad solitaria

Abandonamos el pueblo sin caer en la tentación de hacernos ricos con el pico y la pala y ponemos rumbo al norte. Nos esperan más de 500 kilómetros antes de llegar al desvío que lleva al sitio más emblemático de Australia, el Ayers Rock. Quinientos kilómetros casi sin curvas, donde la única variable es la cantidad (variable pero siempre escasa) de matojos y/o árboles que se divisan al lado de la carretera. Se cruza de vez en cuando uno de estos camiones enormes y de aspecto amenazador típicos del Outback, a los que los australianos llaman road train: con su retahíla de remolques pueden sobrepasar los 50 metros de largo.

Posnov/iStock

Tras tantos kilómetros de asfalto y de llanura despoblada se acerca finalmente la más solitaria de las urbes australianas: con sus 25.000 habitantes, Alice Springs es la única ciudad del país situada lejos de la zona costera y en medio del Outback, a más de 1.500 kilómetros de cualquier urbe importante. ¿La causa de esta localización atípica? Se construyó al lado de un importante repetidor de la línea telegráfica que unía las grandes ciudades del sur del país con el resto del mundo. Todavía se puede visitar la vieja oficina de telégrafos, estrenada en 1872 y perfectamente mantenida (aunque ya no funciona desde hace tiempo).

El jefe del puesto era el rey de la zona: representante de la administración inglesa, distribuía los subsidios a las poblaciones locales (inmigrantes o aborígenes), impartía la justicia (la oficina constituía el único tribunal de la zona), y jugaba incluso el papel de médico siguiendo las instrucciones telegráficas recibidas de Sídney. Fue uno de ellos, Charles Todd, quien dio al sitio el nombre de su mujer, Alice, aunque madame Alice nunca iba a venir a conocer la ciudad que llevaba su nombre.

Alice Springs es más moderna de lo que podría uno esperar de su aislamiento, con su zona peatonal céntrica llena de tiendas. Sin embargo, su arquitectura muestra una mezcla de épocas, con grandes casas modernas y acristaladas lindando con viejas casuchas. Obviamente, los transportes constituyen la idea fija de esta ciudad siempre alejada de todo.

Lo atestigua su principal conjunto de museos, el National Road Transport Hall of Fame, con una impresionante colección de camiones enormes del estilo road train, y una panorámica pintoresca de la historia del ferrocarril en el centro del país, con fotos, recortes de prensa, paneles publicitarios antiguos: el primer tren llegó a Alice Springs en 1929, y lo esperaba triunfalmente en la estación toda la población del lugar, es decir... unas cien personas. Una manera de recordarnos que en estas tierras del Outback, en esta especie de reserva espiritual de Australia, la época heroica sigue omnipresente.

oversnap/iStock

Ayers Rock, el origen del mundo

El sitio más imponente (y más visitado) de Australia es una roca. Más exactamente La Roca: Ayers Rock (o Monte Uluru), un enorme monolito de 3,6 km de largo. Se yergue sobre la llanura con sus 348 metros de altura, aunque, como los icebergs, su parte subterránea es la más voluminosa, ya que se adentra unos 2,5 km bajo tierra (los geólogos discrepan sobre la cifra exacta). El visitante puede divisar esta mole decenas de kilómetros antes de llegar, con sus continuos cambios de color en función del ángulo de visión. El impacto crece al acercarse a ella tras franquear el acceso al Parque Nacional Uluru. Un sendero de 10,6 km rodea su perímetro.

Tiene algo de mágico recorrerlo al amanecer, cuando el Sol ilumina de manera cambiante las anfractuosidades y las arrugas de su superficie, que le dan un aspecto lunar. Ayers Rock es un lugar de gran significado espiritual para los aborígenes, que recuperaron formalmente la propiedad del lugar en el año 1985 (aunque lo administre el gobierno). Según su código de leyes, el Tjukarpa, La Roca es el centro del Dreamtime, el Tiempo del Sueño que marca el inicio de la humanidad, y pertenece a los anangu, el pueblo aborigen encargado de vigilarla. Para ellos, solo los hombres iniciados tienen derecho a escalarla, por lo que piden a los visitantes que se abstengan de hacerlo. Pero, de manera inexplicable, el gobierno australiano sigue autorizando la ascensión, por lo demás difícil e incluso peligrosa.

// Outbrain