Ouarzazate: Del Atlas al Sahara

Ouarzazate es una ciudad de cine: el escenario de Babel, Gladiator, El hombre que pudo reinar o El cielo protector. Cuenta con una de las más bellas ciudadelas de adobe de Marruecos, la casba de Taourirt, y es el enclave ideal para recorrer el fascinante Sur marroquí, desde los valles del Alto Atlas, que acogen poblaciones que no han cambiado su modo de vida en los últimos siglos, a los palmerales, los oasis y las dunas del Sahara.

Juan Antonio Muñoz

El nombre de Ouarzazate se cree que significa "sin ruido", "sin confusión", en la lengua bereber. Un remanso de paz, dormido bajo la protección del Alto Atlas y bendecido por la cercana presencia del Valle del Draa, los oasis y su palmeral. Pero, ¿quién conoce este paraíso? Los turistas viajan a Marrakech, a Fez, a Casablanca, a las playas de Essaouira... A Ouarzazate, no. Ouarzazate continúa sin ruido, llevando la misma vida que ha llevado durante siglos. Con una sola excepción: la atracción que han ejercido esta ciudad y sus maravillosos parajes próximos en el mundo del cine. Desde Lumière hasta Ridley Scott, desde Lawrence de Arabia hasta El cielo protector. Se puede decir que en Ouarzazate un día cualquiera hay más cámaras de cine que de fotografía. Es una ciudad que cautiva las miradas más exigentes, las más exquisitas. Un mundo singular: próximo en el mapa y extraordinariamente lejano, remoto, en el tiempo.

El Valle del Draa es el mejor lugar del mundo, probablemente, para invitarnos a viajar por la historia. Primera parada, o, mejor, punto de partida: la casba de Taourirt, en el corazón de Ouarzazate. Es el primer ejemplo de una ruta de magníficas ciudadelas y fortalezas de adobe enclavadas en paisajes asombrosos. Las casbas o kasbahs, antiguas edificaciones de barro, se levantan como gigantescas fortalezas a lo largo del Valle del Draa. En ocasiones son ciudadelas subterráneas. Solo la aparición de las torres de las mezquitas señala dónde se encuentran unas poblaciones que casi no han cambiado su forma de vida con el paso de los siglos. Entrar en sus callejuelas supone adentrarse en un mundo de luces y sombras, un laberinto en el que las mujeres, las draoua o drawa, rompen la quietud y el silencio en sus incesantes recorridos diarios. Vestidas con telas negras y decoradas con coloridos bordados rojos, se mueven como fantasmas entre los túneles de barro del interior de los antiguos pueblos.

No es fácil abandonar la magia de la casba de Taourirt, el antiguo nombre de Ouarzazate, sobre todo si uno se aloja en Dar Kamar, antiguo Palacio de Justicia de la época del Pachá Glaoui a principios del siglo XVII. Cada rincón combina elementos naturales con la maestría de los antiguos y tradicionales métodos de construcción. Tierra, madera, cañas y paja nos envuelven en un ambiente que nos hace sentir como los antiguos caravaneros que buscaban refugio y reposo en estas impresionantes fortalezas de barro. Entre sus huéspedes se cuentan Cate Blanchett, Orlando Bloom y Brad Pitt.

El refugio de los pueblos nómadas

Detrás de las torres de la casba se divisan, ahora, las nieves del Atlas. Un buen vehículo y algún guía experto puede llevarnos hasta donde se elevan los picos más próximos de la cordillera. En sus roquedos, en lugares imposibles rodeados por escarpados pedregales, encontraron cobijo y refugio los pueblos nómadas que huyeron de las invasiones árabes en el siglo VII. En la actualidad, aún se puede observar, en este lugar del mundo, modos de vida que poco han cambiado durante los últimos siglos. Los profundos y aislados valles siguen siendo un refugio perfecto para vivir al margen del mundo exterior. Construcciones hechas en piedra o en barro, majestuosos graneros envidia de la arquitectura de nuestros días, paisajes sacados de un archivo de tarjetas postales, y gentes que derrochan hospitalidad desde el primer momento en que ven acercarse al viajero. Un enlace por la carretera que se dirige a Zagora atravesando las montañas del Saghro nos muestra un drástico cambio de paisaje con respecto a las montañas del Atlas. De las montañas escarpadas a la tierra llana, pétrea y dura que domina esta región del sur antes de llegar al palmeral y a las interminables extensiones saharianas. Abandonamos la carretera y nos dirigimos por caminos de tierra hacia el cañón por el que discurre el río Draa desde el pantano de Manssour Eddabi. El Draa es un río extraordinario. Hace mil años, era el más largo de Marruecos. Ahora esconde parte de su curso bajo el desierto. Nace en Ouarzazate, con agua que le llega del Alto Atlas y que empuja con fuerza su cauce hacia el Sahara. La roca que le da cobijo al nacer, en Ouarzazate, pasa pronto el testigo a una auténtica selva de palmeras que forma el palmeral más grande del mundo (el segundo, según otras fuentes, tras el palmeral del Nilo). Más de millón y medio de palmeras distribuidas en un valle de casi 200 kilómetros de largo por menos de 20 kilómetros de ancho. Palmeras que protegen con su sombra huertos de hortalizas y árboles frutales. Palmeras que guardan también parte de la historia, en particular la historia de los judíos del sur de Marruecos. En los años 50, Marruecos contaba con casi 300.000 ciudadanos de religión judía, la mayoría de origen español, sefardí. Era la comunidad judía más numerosa de África. El nacimiento del Estado de Israel atrajo a un buen número de estos sefardíes que antes poblaban sobre todo la región del palmeral. Ahora se estima que su número se ha reducido a unos 5.000.

El camino nos conduce hasta el pueblo de Agdz, un lugar que oculta un ecosistema que podría ser el de una isla tropical y no el de una región desértica. Durante días podríamos movernos sin salir de la sombra de las palmeras, árbol que para la población local constituye su más importante fuente de ingresos. El dátil de esta zona es un bien preciado en todos los países árabes y está considerado uno de los de mejor calidad del mundo. El legado histórico del valle del Draa queda reflejado en la arquitectura de tierra típica de la zona. Joyas de adobe que la erosión, el tiempo y el abandono han convertido, en ocasiones, en casi ruinas. Con todo, no es difícil adivinar el esplendor de antaño, cuando el paso obligado de las caravanas procedentes del África subsahariana convirtieron a este lugar, el palmeral del Draa, en una región comercial de primer orden.

Los oasis del sur de Marruecos

La cultura del cemento poco a poco va desbancando la construcción en tierra o en piedra. También en el Draa. Para gran parte de la población, la construcción en cemento es signo de bienestar, supone un mayor estatus social. Así que son muchos los que abandonan la construcción en tierra. Olvidan un buen aislante térmico ylevantan casas de cemento que padecen todas las inclemencias del clima: en invierno son muy frías y en verano el calor las convierte en auténticos hornos. Solo las inversiones privadas parecen convertirse en única solución para preservar el patrimonio arquitectónico del sur de Marruecos. Como ejemplo de ello, Hara Oasis, un albergue ecológico cercano a Agdz, único en Marruecos.Los atardeceres desde Hara Oasis son realmente espectaculares y difíciles de encontrar en otro punto del sur de Marruecos. A este reducto, completamente integrado en la naturaleza, solo se puede llegar a pie después de caminar unos cuatro o cinco minutos a través de la selva de palmeras y por el borde del río. Cerca se encuentra el único pueblo judío totalmente abandonado del valle del Draa. Una pequeña joya arquitectónica que quizá se pueda recuperar si se crea una actividad económica que atraiga nuevamente a los antiguos moradores del pueblo, que los anime a regresar al Hara.

Bajo las palmeras de Hara Oasis preparamos la siguiente fase de nuestro itinerario que, rumbo sur, nos llevará hasta las dunas del desierto. La llegada al Sahara en las proximidades de Mhamid contrasta con el verdor de los últimos kilómetros del palmeral. La arena, los antiguos poblados y los oasis juegan un papel decisivo a la hora de convertir esta zona en un museo viviente de la cultura caravanera. Aislados del paso del turismo de masas aún existen pueblos más parecidos al decorado de una película histórica de Ridley Scott que a lo que cabe esperar de cualquier lugar del mundo en el siglo XXI. Pasadizos y misteriosas callejuelas confieren al lugar un espíritu de magia como en pocos lugares del Sahara. Mujeres cubiertas de oscuros velos parecen deambular como espíritus a través de laberintos de luces y sombras. Nuestra imaginación se dispara aquí como en pocos lugares. A la salida de esta penumbra, miles de kilómetros de arena parecen invitarnos a seguir rumbo sur, al reencuentro de los caminos que durante siglos patearon las caravanas que, procedentes de Tombuctú, cargaban sal en las minas de Taoudeni, al norte de Mali. La noche la pasamos en otro alojamiento muy especial. Su nombre es Casa Juan, una antigua casa de barro situada en las proximidades de Ait Isfoul y Nesrate y a la que solo se puede llegar a pie o en vehículo todoterreno ya que hay que superar algunos cordones de dunas para llegar hasta la puerta. Desde sus ventanas solo se divisan dunas y las palmeras, un paisaje aderezado con la presencia de un pueblecito de barro que hasta la fecha ha conseguido permanecer aislado del turismo de masas.

Las dunas son un buen colofón a nuestro viaje al desierto marroquí. Sus formas, volúmenes y juegos de luces y colores las convierten en un auténtico museo al aire libre. Los mejores momentos son por la mañana y por la tarde, cuando la arena parece vestirse de fiesta mostrando sus increíbles e incluso eróticas formas. Un escenario que no cansa al observador, incluso a aquel que vive en él. El viento va modelando, lenta e imperceptiblemente. ese universo de granos de arena convirtiéndolo en obra de arte.

Iniciamos nuestro recorrido de vuelta a Ouarzazate para finalizar el periplo visitando los oasis que rumbo a Tazenakht se encuentran diseminados en el interior de cañones y valles. Fint es el ejemplo más conocido, en cuyos alrededores se alzaron los sets de rodaje de filmes como Gladiator yLa Biblia. Un magnífico lugar para que nuevos viajeros escriban su propia película.

Meca del cine

Ouarzazate es una ciudad de cine. El primer director cautivado por los atractivos de esta ciudad marroquí y sus alrededores fue Louis Lumière, inventor del cinematógrafo, que solo un año después del estreno de La llegada del tren a la estación (1896) rodó en Ouarzazate El cabrero marroquí, que se estrenó en Lyon. Alfred Hichcock filmó en Ouarzazate varias escenas de El hombre que sabía demasiado, en 1955, y David Lean exhibió parte de los encantos de este lugar en su monumental Lawrence de Arabia (1962). Después de otras muchas localizaciones, la administración marroquí inauguró en Ouarzazate, en 1983, los estudios Atlas, a los que siguieron los estudios CLA y la escuela estudio Kanzaman. Estos tres estudios han dejado en la ciudad reliquias de culto como el avión de combate que pilotaba Michael Douglas en La joya del Nilo, los 30.000 ladrillos de adobe que utilizó Ridley Scott en Gladiator, el campo de batalla del ejército griego contra los elefantes en Alejandro Magno o los muros del castillo de El reino de los cielos. En 2007 se inauguró un Museo del Cine, al que se han incorporado otros recuerdos del Séptimo Arte que permiten rememorar El hombre que pudo reinar, de John Huston, el templo tibetano que utilizó en Kundun Martin Scorsese, escenarios de El cielo protector, de Bernardo Bertolucci, y de otros filmes de Ridley Scott (Red de mentiras, Black Hawk derribado), junto a algunas de las localizaciones de Babel (las que se corresponden con la parte de la película que protagoniza Brad Pitt) y abundantes testimonios del rodaje de la mayoría de las series más recientes sobre el Imperio Romano que ha rodado la televisión pública italiana, la RAI.