Con los orangutanes en la isla de Borneo

En la parte malasia de esta isla compartida con Indonesia y Brunei se esconde una naturaleza indómita habitada por estas simpáticas criaturas.

Noelia Ferreiro
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Foto: kjorgen / ISTOCK

Un territorio sin domesticar, espeso e impenetrable que es el hogar de ejemplares únicos de flora y fauna, al abrigo de un río que serpentea por la jungla como un Amazonas asiático. Así es este pequeño rincón emplazado a más de medio mundo de distancia, donde la vida late como en los relatos que alumbraron los primeros exploradores en sus cuadernos de notas.

Hablamos de la porción malasia de Borneo, el pulmón del sudeste asiático. Una isla que está considerada el orgullo verde del país de las Petronas. Porque Malasia, todo el mundo lo sabe, está sobrada de modernidad urbana y de patrimonio histórico, pero su parte insular, esta franja que cubre el norte de la tercera isla más grande del planeta, es ante todo pura selva, el mismísimo corazón de las tinieblas.

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 A caballo entre Asia y Oceanía, Borneo es un inmenso pastel que comparte con Indonesia y la diminuta y próspera Brunei. Un vergel que esconde en su porción malasia bosques milenarios y picos majestuosos, costas pantanosas y fondos coralinos. Paisajes inexplorados donde pervive una biodiversidad apabullante: flores gigantescas, especímenes marinos, aves estrambóticas y también simpáticos monos que sólo se dejan ver en las profundidades de la jungla.

En su busca hemos de aclarar primero que son dos los estados que conforman esta región acariciada por el Mar del Sur de China, en la parte oeste, y el Mar de Célebes, en el este: Sarawak, rica en prodigios subterráneos como las cuevas de Niah o las cavernas del Parque Nacional de Gunung Mulu; y Sabah, que ofrece el rostro más exótico de este Borneo malasio. Conocida como la tierra bajo el viento -está justo por debajo del cinturón de tifones-, esta parte de la isla donde amanece más temprano es, tal vez, lo más parecido a la imagen del edén tropical. Aquí hallaremos arrecifes de colores bajo unas aguas turquesas, un río retorcido abrazado por la vegetación lujuriosa y un monte imponente que se yergue sobre la niebla para asistir impasible a los sonidos de la selva. Y también nuestro objetivo: los entrañables simios pelirrojos que se balancean entre los árboles.

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Para contemplarlos, hay que acercarse al segundo lugar más visitado de Sabah: el Centro de Rehabilitación de Sepilok, donde se cuida a orangutanes huérfanos o heridos para después devolverlos a la jungla. Sepilok no tiene verjas porque no es un zoo: los ejemplares –unos sesenta- viven en libertad, aunque son dependientes de la comida que se les brinda dos veces al día. Es entonces cuando se puede contemplar de cerca a estas criaturas fascinantes que coinciden con el ser humano en casi un 95% de su código genético. Ahí es nada.

 Desde la espesa vegetación, envuelta en silencio, se les ve llegar con su pelaje naranja hasta la plataforma rodeada de lianas donde ofrecen un espectáculo mágico: acrobacias y movimientos circenses antes de engullir las bananas y regalar una mueca de sonrisa como sincero agradecimiento. Como si supieran que están en riesgo de desaparecer a causa de la deforestación.

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Sepilok es una parada imprescindible en un viaje a Borneo. Este centro de rehabilitación es el lugar más popular del planeta para contemplar a los orangutanes en su hábitat natural y sentir que el hombre está muy cerca de esta especie. Por eso es una maravilla única.