Oporto: dos orillas, un río y el sueño del vino

El Duero desemboca en el Atlántico abrazado por Oporto y Gaia. en una orilla se levantan los monumentos del antiguo Porto; en la otra, sobre las viejas bodegas, ha crecido un poderoso centro cultural y de ocio.

Enrique Domínguez Uceta
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Foto: Sean Pavone / ISTOCK

La desembocadura del Duero en el Atlántico estaba llamada a convertirse en uno de los lugares más atractivos de Portugal. El ancho cauce del río era un abrigo natural seguro para que los barcos buscasen refugio, protegiéndose de los embates del mar abierto. En la orilla derecha del río surgió un puerto fluvial, que pronto se convertiría en una ciudad a la que se llamó, sencillamente, O Porto, el puerto. Aquel Porto Cale terminaría nombrando al país.

Bar de vinos Angel’s Share en centro WOW, en Vila Nova de Gaia. | Enrique D. Uceta

Enfrente, en la otra orilla del río, la outra banda, creció una ciudad de menor tamaño llamada Vila Nova de Gaia, que acogería las bodegas de los más nobles vinos del país, que llevan también el nombre de Oporto. En ellas los caldos envejecían en grandes barricas a lo largo de los años, en espera de ser embarcados para viajar a todos los puertos del planeta, especialmente a los del mundo anglosajón, que demandaba sin cesar los excelentes vinos fortificados elaborados a partir de las uvas que se cultivaban aguas arriba, en los empinados bancales del Alto Duero.

Fachada del centro de información turística de la Praça de Almeida Garrett. | Enrique Domínguez Uceta

Aún se ven atracados en Vila Nova los característicos rabelos, los barcos de madera que transportaban desde los viñedos del interior los barriles repletos de zumos de uva hasta las bodegas. En las altas laderas de la margen sur del Duero, en Vila Nova, todavía permanecen los carteles de las principales firmas asentadas desde principios del siglo XVIII, con marcas como Taylor’s, Croft, Graham’s o Sandeman, de reputación mundial. Entre ellos, asomado a los pardos tejados de las bodegas, se ha creado un nuevo espacio público, la plaza-mirador de WOW, y un conjunto de museos, tiendas y restaurantes que Vila Nova ha estrenado en 2020, enriqueciendo la oferta a los viajeros que quieren conocer los últimos kilómetros del Duero próximos a su llegada al mar.

WOW es el acrónimo del proyecto World of Wine, la mayor aportación al patrimonio cultural y gastronómico del Gran Oporto en el siglo XXI | Enrique Domínguez Uceta

Cuna de Portugal

Oporto, el Puerto por antonomasia, ya dio nombre en tiempos medievales al país que se extendía desde el río Miño al Duero. En su catedral se casó, a finales del siglo XIV, el rey Juan I con Felipa de Lancaster, dando comienzo a las buenas relaciones que todavía mantienen con el Reino Unido. En ella sería bautizado su hijo, Enrique el Navegante, antes de que las colonias hicieran rico al país. Más tarde, en el año 1703, se produjo un evento que cambiaría la historia de Oporto. La firma del Tratado de Methuen abrió las puertas del país a los productos manufacturados británicos, y autorizó a os vinhos de produto de Portugal para extenderse por el mercado anglosajón.

Iglesia de Santo Ildefonso, en Oporto. | Enrique Domínguez Uceta

Compañías y mercaderes ingleses se asentaron en Oporto, transformando la ciudad del Duero en el corazón económico del país en los siglos XVIII y XIX. Instalaron las bodegas en Vila Nova de Gaia, y cerca de la catedral surgieron edificios suntuosos, que la llevaron a convertirse en la capital del barroco portugués. El principal responsable sería el arquitecto italiano Nicolau Nasoni, que trabajó intensamente en la catedral y en el trazado de otro edificio, el Palacio Episcopal, aunque su obra maestra sería la iglesia de São Pedro dos Clérigos, con su esbelta torre de 67 metros de altura que fue por mucho tiempo la construcción más alta de Portugal.

Tranvía en rua 31 de Janeiro, en Oporto. | Enrique Domínguez Uceta

Si la riqueza del comercio del vino generó la belleza del Barroco, también impulsó el desarrollo industrial con empresas textiles, pero también de calzado, de muebles o de metalurgia, que han conducido su historia reciente por un camino de innovación y modernidad que llega hasta el presente.

Del Barroco al Moderno

Como símbolos de su poder monetario han quedado el formidable Palacio de la Bolsa, declarado Monumento Nacional y con su salón árabe inspirado en la Alhambra, y los puentes metálicos que saltan sobre el Duero, propiciados por la necesidad de que el ferrocarril, que llegó a Vila Nova de Gaia en el año 1864, cruzara al centro de Oporto y siguiera hacia el norte.

Puente de Dom Luiz I. | Enrique Domínguez Uceta

El primero de los puentes, el de Dona María Pia, fue diseñado por el prestigioso ingeniero francés Gustave Eiffel, y permitió, en el año 1877, el paso de los trenes sobre un arco metálico que logró ser, en su día, el más largo del mundo. Casi una década después, en el año 1886, se completó el puente Dom Luiz I, realizado por la compañía belga Willbroeck, con tableros a dos niveles para unir los barrios bajos y altos de Oporto y Vila Nova de Gaia, que hoy es un emblema de la íntima relación existente entre estas dos ciudades.

Vista de la Torre de los Clérigos desde la Praça de Lisboa de Oporto. | Enrique Domínguez Uceta

Todo el conjunto formado por el centro de Oporto y parte de Vila Nova de Gaia fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1996. Es un espacio perfectamente accesible a pie, en preciosos paseos a través de ruas llenas de animación y de vida popular, de iglesias barrocas con sus fachadas cubiertas de los típicos azulejos, calles en cuesta, callejones retorcidos y grandes desniveles. El centro es una montaña rusa de arquitectura hermosa y entrañable, donde unas ventanas dan a jardines secretos y otras miran la bulliciosa cascada de rojos tejados y campanarios que se abre en ocasiones para proporcionar una sucesión de perspectivas realmente sorprendentes.

Oporto desde la plaza pública de WOW, en Vila Nova de Gaia. | Enrique Domínguez Uceta

En el casco antiguo conviven el modesto barrio de Barredo, el de la catedral y los muelles del antiguo puerto, los Cais da Ribeira, con el núcleo institucional del Oporto moderno, que se sitúa cerca de la breve avenida dos Aliados. Este alargado salón urbano tiene forma trapezoidal, por eso recibe el mote de el bacalhau, y en él se sitúa el Ayuntamiento, cercano a un precioso hotel histórico, Infante Sagres, donde se ha abierto el primer Vogue Café & Bar en Europa, en un nuevo ejemplo del estimulante acuerdo de tradición y modernidad típico de Oporto.

Inmediata a la avenida dos Aliados se encuentra la estación de tren de São Bento, única en el mundo por la exuberante riqueza de los azulejos de su vestíbulo. Los antiguos tranvías siguen recorriendo las calles, bajan hasta la Ribeira y suben a las iglesias de Santo Ildefonso y de los Clérigos, visitas imprescindibles con las de los templos del Carmen, la Capilla de las Almas, la catedral y el de San Francisco, con su abigarrado interior de doradas formas barrocas.

El vestíbulo de la estación de São Bento, en Oporto, contiene más de 20.000 azulejos pintados por Jorge Colaço que narran la historia de la ciudad y de Portugal. | Enrique Domínguez Uceta

Es un placer descubrir la vitalidad del mercado de Bolhão y pasear por la bella rua de las Flores, donde se ubica el museo MMIPO, que contiene la iglesia de la Misericórdia do Porto y se corona con un jardín en mirador sobre la ciudad. En la animada rua peatonal de Santa Catarina, repleta de galerías y comercios, todavía sobrevive el encantador Café Majestic con su decoración original de estilo art nouveau, el mismo que comparte con el cercano café A Brasileira. Otro emblema del pasado siglo es la librería Lello e Irmão, cuyas fantásticas escaleras neogóticas se creyó, erróneamente, que habían inspirado a la autora de Harry Potter los escenarios de sus obras. Muchos jóvenes lectores, un millón al año, hacen cola para visitar el establecimiento, pagando un precio de entrada que descuentan a quien compre un libro.

Barco rabelo frente a Oporto. | Enrique Domínguez Uceta

Libros y francesinhas

La librería está a un paso de la Torre de los Clérigos, con una escalera de 240 escalones que permite alcanzar una de las vistas más amplias de Oporto. Al bajar puede ser buen momento para descubrir la zona bohemia de la calle Galerías de París y sus vecinas, donde se acumulan terrazas, restaurantes en los que no falta la francesinha, el plato típico de Oporto, con bares y locales como el Café Candelabro, que combina la venta de libros y vinos con el consumo de bebidas.

Casa de Chá da Boa Nova, obra de Álvaro Siza, en Leça da Palmeira. | Enrique Domínguez Uceta

Oporto y Gaia (como también se conoce a Vila Nova de Gaia), situadas sobre laderas muy inclinadas, se contemplan mutuamente por encima de las aguas del río Duero. Durante mucho tiempo fue necesario embarcarse para cruzar entre las dos orillas, pero hoy se pueden utilizar diferentes puentes que cosen ambas riberas y permiten entender de manera conjunta los dos municipios, complementarios, pues cada uno de ellos ofrece las mejores vistas sobre el otro.

Cruzando por el puente Dom Luiz I se accede caminando a la orilla de Vila Nova, donde esperan las viejas bodegas, pero también el monasterio da Serra do Pilar, con su original claustro redondo, situado en alto sobre el tajo del Duero, con maravillosas vistas de la ciudad y dulces puestas de sol sobre el río. A sus pies se extiende el Jardim do Morro, y, más abajo, el mejor hotel de la ciudad, el exquisito The Yeatman, escalonado en la ladera, con habitaciones de vistas insuperables sobre la fachada fluvial de Oporto.

Enrique Domínguez Uceta

Al pie de los jardines de The Yeatman aparece WOW, el nuevo centro de ocio y cultura que ha obligado a cambiar las preferencias de los viajeros, aportando seis museos y nueve restaurantes y bares alrededor de una gran plaza abierta a las vistas excepcionales del casco histórico, del puente Dom Luiz I y del estuario del Duero. Restaurando antiguos edificios de bodegas que estaban en desuso, WOW ha creado nuevos museos para acercarse a la historia de Oporto y Vila Nova, ayudando a conocer los famosos vinos y otros aspectos de la cultura portuguesa. También ha abierto una galería de exposiciones temporales y ha multiplicado la oferta gastronómica tematizada en restaurantes gourmet, de pescado, vegetarianos o tradicionales, para experimentar la más placentera inmersión en el alma de la ciudad.

Si el centro de Oporto es fácil de dominar a pie, como corresponde a una ciudad que no llega a 300.000 habitantes, conviene aventurarse a recorrer su entorno para descubrir el encanto de una área metropolitana que se acerca a los tres millones de personas. La recta y larga avenida da Boavista, rodeada de barrios modernos, une el casco antiguo con la playa de Matosinhos en el océano Atlántico, mostrando la personalidad de la ciudad moderna y uno de sus emblemas, la vanguardista Casa da Música de Rem Koolhaas, terminada en 2005.

Restaurante The Golden Catch, en el centro WOW. | Enrique D. Uceta

Siguiendo la orilla derecha del Duero se puede continuar por la costa atlántica y llegar a Castelo do Queijo, en un trayecto urbano sembrado de restaurantes y miradores al mar donde disfrutar de las puestas de sol cada tarde. Hacia el norte se encuentra la playa de Leça de Palmeira, con dos obras de juventud del gran arquitecto de la ciudad, Álvaro Siza, autor de las piscinas en las rocas y de la Casa de Chá da Boa Nova, que aloja uno de los grandes restaurantes portugueses en su exquisito espacio salpicado por las olas.

Navegar por el Duero

La orilla sur del Duero, al borde del río, es ahora un lugar para disfrutar, caminando, corriendo, pedaleando o pescando junto a los astilleros de ribera, antes de alcanzar el pueblecito de Afurada, repleto de estupendos restaurantes populares donde sirven los pescados frescos que llegan a su diminuto puerto.

Enrique Domínguez Uceta

Nada mejor para despedirse de Portugal que navegar en un barco rabelo por el río Duero, viendo desde el agua las altas laderas que lo encauzan y las dos ciudades que crecieron sobre ellas, enlazadas ahora por los seis puentes que saltan sobre un río que corre a disolverse en el Atlántico, ajeno al esplendor que deja a su paso.