Oporto como escapada ideal

Arquitectos de renombre e iniciativas culturales con un punto rompedor le han dado una mano de vanguardia a esta remozada ciudad Patrimonio de la Humanidad que, desde el Porto Cálem romano, regaló su nombre a Portugal. Una joyita en la desembocadura del Duero, a tiro de piedra de la playa, donde huir de la rutina sin gastar demasiado ni poner mucho kilómetro de por medio.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

La segunda ciudad de Portugal volvía el año pasado a resultar elegida por la asociación European Consumers Choice como el Mejor Destino de Europa, y hace nada una prestigiosa publicación la incluía entre los lugares más apetecibles del Viejo Continente para viajar en 2015. Estos éxitos son solo algunos de los que recompensan la década larga que lleva Oporto embarcada en la rehabilitación de su casco medieval, la puesta en marcha de proyectos de vanguardia que han despabilado su vida cultural y las no pocas mejoras en sus servicios, incluidos el tranvía, el metro -en su mayoría de superficie- y, sí, la proliferación de vuelos low cost que aterrizan en su igualmente remozado aeropuerto. Pero tanta inversión habría servido de poco de no ser esta minibarcelona portuguesa un diamante, hasta ahora y muy entre comillas, en bruto.

Algunos la preferían antes del lifting, con menos turistas paladeando su cadencia lánguida y sus fachadas desportilladas que acentuaban las saudades. De esas, pueden respirar tranquilos, aún le quedan muchas. Porque esta primero aldea celta y después puerto romano, tomada por los árabes y florecida con el brío comercial de la Era de los Descubrimientos, por mucho que la acicalen, nunca podría -afortunadamente- lucir nueva a estrenar. Habrá que vigilar que el turismo no se multiplique mucho más para no exprimir en exceso la gallina de los huevos de oro o, de no contenerlo a tiempo las autoridades, evitarla en las fechas en las que ande muy sobrada de admiradores. Pero de momento, y toquemos madera, la capital del Duero, a pesar de haberse puesto tan de moda entre los viajeros, no ha perdido su sabor. Su gente sigue mostrándose tan deliciosamente dulce y educada como siempre, y se come de escándalo sin necesidad de arruinarse. Además, con el buen tiempo se llena de bicis y festivales, sus terrazas y parques rebosan ambiente y, por si fuera poco, incluso en agosto es probable que toque dormir arropado. Teniendo en cuenta las playas que por Vila Nova de Gaia, Foz o Matosinhos descollan en el Atlántico a cada lado de la desembocadura del río, la escapada dará mucho más de sí que para un city break a buen precio.

La sala de visitas de la Baixa

Los tripeiros -que es como les dicen a los portuenses por las muchas vísceras que tuvieron que aprender a cocinar cuando en el apogeo de los navegantes la mejor carne iba directa para la marinería- son dueños y señores de una ciudad manejable y con tantas caras como se esté dispuesto a mirar. En el barrio de la Baixa, a horcajadas entre las colinas sobre las que se aúpa la iglesia de Santo Ildefonso y la también barroca dos Clérigos, se gasta un cierto aire entre británico y francés. Edificios neoclásicos y art nouveau, de esos que uno imagina solo en las grandes capitales de Europa, esconden aquí comercios de toda la vida que conservan sus tipografías y escaparates de antaño. Como los nostálgicos ultramarinos A Pérola do Bolhão y Comer e Chorar por Mais de la rua Formosa, donde conviven buenos quesos y mejores vinos, bacalhaus y chouriços, mermeladas golosas y otras delicias ya no necesariamente llegadas de ultramar. O en la aledaña y comercial rua Santa Catarina, la Fnac, en el edificio decimonónico de los antiguos Grandes Armazéns Nascimento, y hasta franquicias al estilo de Tezenis, cuyos modernistas ventanales curvos exhiben biquinis y calzoncillos como prueba de la adaptación obligada a los tiempos que corren. Si no queda otra que renovarse o morir, parece claro por cuál de las vías han tirado en Oporto.

A dos pasos, en la arteria Sá da Bandeira se espera como agua de mayo que el mítico Café A Brasileira vuelva a abrir sus puertas reciclado en uno de esos hoteles boutique que vienen floreciendo como champiñones por el cogollo histórico. Mientras, en la paralela y peatonal Santa Catarina hace guardia desde hace cerca de un siglo su más firme rival: el Majestic, el salón de relumbrón al que acudir más para ver y ser visto que para merendar, y entre cuyos espejos y asientos de cuero pasó sus buenas horas J.K. Rowling cuando trabajó en la ciudad como profesora de Inglés antes de hacerse mundialmente famosa por obra y gracia de Harry Potter. Si por sus inmediaciones la Baixa se torna popular en el Mercado do Bolhão, con sus tascas y puestos de verdura y pescado atendidos por viejitas en delantal, enseguida vuelve a vestirse de señorona a lo largo de la anchísima Avenida dos Aliados, el salón de visitas que toda gran ciudad debe tener. Trazada en el XIX y revitalizada hace una década por los pesos pesados de la arquitectura portuense -los premios Pritzker Souto de Moura y Siza Vieira-, a cada flanco de sus empedrados caben desde sedes de bancos, aseguradoras y navieras hasta terrazas, y desde otro café irresistible, el Guarany, favorito de los músicos, hasta el McDonald''s que presume de ser el más bonito del globo. Y razón no le falta ya que, como lamentan propios y extraños, antes fue el Café Imperial.

A un extremo de la avenida lucen nobles las hechuras del Ayuntamiento y, del otro, la Praça da Liberdade, presidida por la estatua ecuestre de Pedro IV, primer emperador de Brasil. Hasta entrado el siglo XIX, esta plaza, en la que hace pocos años reabría el Palacio das Cardosas convertido en cinco estrellas, era el epicentro indiscutible de la ciudad. Hoy, aunque centros por la pequeña Oporto podrían contarse unos cuantos, sigue oficiando como el escenario donde los portuenses salen tanto a manifestarse como a celebrar cada vez que gana algún trofeo su Futebol Clube, ahora en plena efervescencia por la llegada de Iker Casillas. A su vera, la Iglesia dos Congregados, con su fachada tapizada por esos azulejos blanquiazules que adornan toda la villa, y poco más allá el coqueto entramado de callejas conocido en su conjunto como Galerías de París. Por ellas se curiosea de día por la tienda de Marc Jacobs o alguna con más solera, como la de las porcelanas Vista Alegre y la entrañable A Vida Portuguesa, donde un antiguo almacén de tejidos que ya por sí solo merecería una visita, ha rescatado del olvido jabones, latitas vintage de sardinas y un montón de regalos que hacen volar la imaginación hacia el Portugal de antaño y con los que podría llenarse la maleta entera. De noche se apuran las copas por locales tan cool como el Clube 3C, Plano B o The Gin House, a rebosar los sábados y domingos. Porque, eso sí, en Oporto se sale menos que en la capital. Se ve que las malas lenguas no andan desencaminadas cuando sentencian que Lisboa se divierte, Coimbra canta, Braga reza y Oporto trabaja.

La archifamosa librería Lello, la más bonita del mundo -y que nos perdone El Ateneo de Buenos Aires- abre cerca del Duero. Habrá que madrugar para inmortalizarla ya que su dueño, muy comprensiblemente hasta el gorro de que, en lugar de a comprar libros, auténticas hordas acudan a fotografiar su onírica escalera de madera y estantes neogóticos, sus artesonados y sus vidrieras, tiene prohibido desenfundar la cámara fuera de la hora establecida. Es decir, de lunes a viernes, de 9 a 10. Ni un minuto más. Siempre queda, claro, la alternativa de acercarse en otro momento a buscar alguna novela que retrate bien la ciudad -como La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, de Tabucchi- entre los anaqueles de este espacio embrujador del que siempre podrá conseguirse una postal de necesitarse algún recuerdo tangible. Enfilando por la plaza de Gomes Teixeira afloran de inmediato las iglesias gemelas do Carmo y dos Carmelitas, joyas menos visitadas que la dos Clérigos, ante cuya torre llegan a formarse colas pavorosas en temporada alta para, tras sudar la gota gorda por la espiral de doscientos y pico escalones, divisar desde sus alturas eltupido enjambre de tejados que forra de rojo los relieves de Oporto, el arbolado generoso de sus parques y el tajo de agua por el que resplandece el Duero, ya tan cerca aquí del mar. Es la mejor panorámica de la villa, con permiso del mirador del monasterio da Serra do Pilar, ya en Gaia, a la orilla opuesta del río.

El alma, cerca del Duero

La línea imaginaria entre Clérigos y la Estación de São Bento -un antiguo convento donde entre el trasiego de parroquianos leer la historia de Oporto dibujada sobre los miles de azulejos del vestíbulo- parte de alguna manera la ciudad en dos. Bajo ella cruza la adorable rua das Flores, la antigua calle de los orfebres, a rebosar también aquí de azulejería alicatando sus mansiones blasonadas y comercios con sabor. Pero es todavía más abajo, arrimándose cada vez más al río, donde palpita el alma de Oporto, donde la ciudad se apropia de una atmósfera de pueblo. La Sé o catedral, con sus hechuras de fortaleza, se plantó en lo más alto para que nada osara descollar por encima de Dios. Tras colarse en su fenomenal claustro, habrá que deambular al encuentro de nuevas piezas con las que ir completando un puzzle de dos mil años de historia. Están los restos de las viejas murallas e iglesias como São Francisco, edificios ilustres presididos por el palacio Episcopal o el de la Bolsa, y también proyectos rompedores como el que transformó el mercado decimonónico de Ferreira Borges en una sala de conciertos. Pero sobre todo muchas tascas con un aire de postguerra y casitas color pastel con la colada secándose en los balcones. En pendiente, los callejones de traza medieval zigzaguean desde la Sé hasta lo mejor del barrio de la Ribeira, donde a la noche tomar una copa en sus terrazas frente al Duero o buscar las tabernas de fado por el laberinto de escalinatas que le guarda las espaldas.

Desde la orilla de enfrente la mira Vila Nova de Gaia, o Gaia sin más. Esta otra ciudad -que no barrio- gasta ayuntamiento y sentir propios, a pesar de que basta cruzar el río por el icónico puente Dom Luís I para recalar en Sandeman, Cálem u otra de las bodegas que tanto negocio reportaron a Oporto cuando los ingleses decidieron en el XVII que no pasarían sin sus vinos. Más sentir propio tiene Foz. Entre la desembocadura y las playas, a las que llegar en tranvía o en bici por el paseo sobre el Duero que vigilan las casitas multicolores de las colinas de Miragaia, en esta aristocrática esquina de palacetes con jardín no vive cualquiera. El que tiene casa aquí no dirá que es de Oporto. Dirá más bien que es de Foz.

Osadías con final feliz

A diferencia de otras ciudades Patrimonio de la Humanidad, la trasgresión -sin agresiones, eso sí- se le ha colado a Oporto hasta las tripas. De hecho, sus singulares propuestas culturales se han convertido en otra de las patas sobre las que se asienta su éxito como destino, y lo que la convierte también en una ciudad tan apetecible para vivir.

Hace unos años, pocos se habrían dejado caer por la calle Miguel Bombarda y aledaños, ahora convertida en la manzana de las artes. Decenas de galerías abrieron aquí sus puertas, con inauguraciones simultáneas que atraen en masa a la fauna más cool. Al calor de tanta modernidad han ido surgiendo desde tiendas vintage y peluquerías retro hasta bares de toda la vida con mobiliario y público de reciclaje. Todo un contrapunto al inevitable turisteo de las terrazas frente al río de Cais da Ribeira.

Más en el centro aún, levantó sus buenas ampollas que el Mercado Ferreira Borges acabara albergando los conciertos del Hard Club. Pero la Vanguardia en mayúsculas de la escena portuense queda más allá, en el barrio de Boavista. A la Fundación de Serralves, urdida por un grupo de intelectuales en las propiedades del conde de Vizela, se viene a admirar tanto sus exposiciones de arte contemporáneo como el museo minimalista que las contiene, una de las primeras obras de Siza Vieira en su ciudad natal. A otros les llama más la maravillosa mansión art déco rodeada de jardines en la que vivía el conde e incluso las puestas en escena de su auditorio.

Aunque para auditorios, los de la Casa de la Música, un poliedro de luz que se diría un meteorito caído en el corazón este barrio al que en los años 60 se mudó tanta gente bien huyendo de la degradación del centro. Obra del también Premio Pritzker de Arquitectura Rem Koolhaas, debería haber estado lista en el año 2001, cuando Oporto se estrenó como Capital Europea de la Cultura. Tardó un lustro más, pero basta asistir a un concierto, ya sea barroco o de jazz, para comprobar que la espera valió la pena.

Oporto en la copa

Parece que nació de la casualidad, cuando al vino de mesa de la región se le añadió aguardiente para que sobrellevara mejor la travesía al exportarlo a Inglaterra y a los súbditos de Su Graciosa Majestad, benditos e ilustres bebedores, se ve que les gustó más así. Para empaparse de los secretos del Oporto, la visita a alguna de las bodegas centenarias que en Gaia se alinean las unas junto a las otras a la vera del Duero.

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