Omán, la joya oculta de Oriente Medio
Famoso por su belleza natural así como por su rica historia y cultura, que se evidencian en sus fortalezas, ciudades antiguas y tradiciones locales, Omán acoge al visitante con hospitalidad árabe, excelente gastronomía, propuestas de turismo de aventura y unas tradiciones milenarias que se mantienen incólumes.

La primera vez que llegué a Omán, un país relativamente desconocido para el turismo, me sorprendió un enorme anuncio en el aeropuerto internacional de Mascate que proclamaba: “La elegancia es una actitud”. La capital, situada junto al mar de Arabia, ha sido un punto de encuentro de mercaderes portadores de perlas, piedras preciosas, especias e incienso.

A los omaníes les gusta comparar su tierra con Suiza por la tranquilidad y seguridad que respiran. Y la elegancia está siempre presente en este sultanato: nada más cruzar el control de aduanas percibes los varones enfundados en sus elegantes dishdashas, túnicas inmaculadamente blancas rematadas con vistosos sombreros tubulares llamados kummas, o a veces con turbantes embellecidos con motivos geométricos dorados. Aparte, llevan colgadas en el cinto unas vistosas dagas curvas denominadas khanjar, un símbolo nacional que aparece en la bandera y en la moneda de Omán y aporta información sobre el estatus social o la autoridad tribal de cada individuo. Las mujeres visten de negro o con tonos oscuros, cubiertas con una túnica larga, la abaya, y el correspondiente hiyab en la cabeza. Pero lo que más desbordó mis previsiones, vista la totalidad del viaje en perspectiva, fue el colorido de la ropa tradicional que utilizan las mujeres beduinas de la etnia wahiba, en el desierto de Sharqiya. Un memorable espectáculo que aguardaba en el interior del país.
Cerca del aeropuerto, al nordeste de la capital, se encuentra Seeb, una ciudad costera que ofrece una experiencia árabe muy auténtica, donde coexisten en armonía la tradición y la modernidad. Pero yo me dirigía a Mascate y camino del hotel reparé, a través de anchas avenidas, en la presencia de diferentes restaurantes que ofrecen variados tipos de cocina en los bajos de edificios blancos no muy elevados —de tres a cinco pisos de altura—, edificados alrededor del centro neurálgico de la ciudad: la Gran Mezquita del Sultán Qaboos. Otra buena alternativa para hospedarse en Mascate es el barrio de Mutrah, el casco antiguo, donde se puede visitar a pie la Corniche (el paseo marítimo), el zoco tradicional, el fuerte y el mercado del pescado. Una vez en el centro histórico no es difícil encontrar restaurantes que sirvan kebabs, shawarmas o hummus, acompañados de deliciosas limonadas o aromático té árabe; aunque es a partir de media tarde, y sobre todo por la noche, que el barrio adquiere su máxima intensidad.

Como hacía calor, un taxi fue el medio más adecuado para recorrer los escasos seis kilómetros que separan Mutrah del Palacio del Sultán, conocido como Al Alam, un impresionante despliegue de arquitectura islámica moderna revestido con una fachada azul y dorada. Aunque no admite visitas públicas y solo es posible apreciar los exteriores, está ubicado cerca del Museo Nacional de Omán. Este museo, además de colecciones de artesanía, buques y adornos de plata, contiene el facsímil de una carta del año 630 dictada a sus escribanos por el mismísimo Mahoma.

Visitando Mascate
La Gran Mezquita del Sultán Qaboos y la Ópera Real son citas imprescindibles, ambas situadas en el distrito de Shatti Al-Qurum y muy próximas. La mezquita, inaugurada en el año 2001, alberga hasta 20.000 fieles y cuenta con un gigantesco candelabro de cristal de nueve toneladas, decorado con oro de 24 quilates y con 600.000 cristales de Swarovski. Para su construcción se emplearon 300.000 toneladas de arenisca india y se edificaron cinco minaretes que representan los cinco pilares del islam, junto a una gran cúpula dorada que aporta solemnidad al conjunto. Es fácil entablar una conversación a la sombra de sus arcadas o pasear por los jardines, disfrutando de los detalles decorativos exhibidos en las paredes. Seis años después de su inauguración, la Mezquita Sheikh Zayed de Abu Dabi superó algunos de sus récords, como el de la alfombra y el candelabro más grandes del mundo; pero eso no le resta majestuosidad al lugar.

La Ópera Real de Mascate, una equilibrada mezcla de arquitectura árabe e italiana, es también hija de la fabulosa riqueza que aportaron los pozos de petróleo. Fue construida por el sultán Qaboos, un gran amante del arte clásico, y se inauguró el 12 de octubre de 2011. Cuenta con un hall espectacular, un auditorio, un centro comercial, varios restaurantes y amplios jardines. La sala de conciertos posee capacidad para más de mil personas y fue diseñada con maderas nobles procedentes de Tailandia, aunque predomina en la decoración el dorado que combina con el color rojo de las alfombras y los asientos. Por la noche, el exterior, de un blanco inmaculado, adquiere una coloración fastuosa gracias a los haces de luz artificial que aportan una nueva vida a la fachada. La universidad también se llama Sultán Qaboos y es otro punto de encuentro para las convenciones y los espectáculos frecuentes que ofrece la rica agenda cultural de Mascate.

La ruta de Sharqiya
Para un viajero que no disponga de mucho tiempo la experiencia de vivir en el desierto es prioritaria y aconsejable. Pese a su apariencia estéril, el desierto de Sharqiya alberga una gran biodiversidad: 200 especies de animales, 130 de plantas diferentes y, sobre todo, una de las culturas nómadas más interesantes del planeta. Situado en la provincia de Wilayah Bidiyyah, donde se erigen algunos de los relieves más espectaculares de Omán, este vasto desierto ocupa una superficie que supera los 12.000 kilómetros cuadrados. En medidas lineales se traduce en 180 kilómetros de norte a sur y 80 de este a oeste, con una docena de oasis importantes como Raka, Shihak y Hawiyah. También existen fuentes termales en el área de Al-Dhahir.

Entre dunas, montañas y llanuras se organizan carreras de camellos y caballos árabes, atracciones que atraen a residentes de todo el sultanato y, por supuesto, a turistas de diferentes procedencias. Por esa razón existen varios campamentos con tiendas de campaña de estilo bereber, especialmente cerca de las dunas, donde aparte de espectáculos con música y comida a la luz de las estrellas, es posible organizar visitas a pie o motorizadas practicando el dune bashing (conducción sobre las dunas en vehículos todoterreno), montar en camello o visitar el fuerte Al Muntarib, protegido por un oasis bien surtido de palmeras, no lejos de la ciudad de Bidiyah.

Una vez experimentada la llamada del desierto, donde la gente es abierta, hospitalaria y sonríe con facilidad, y donde las mujeres bereberes sirven la comida tradicional en bandejas que portan con sus manos enjoyadas y tatuadas con mehndi (los dibujos decorativos realizados con un tinte que se obtiene de las hojas secas de una planta llamada henna; una tradición que se estima tiene 4.000 años de antigüedad), volvemos sobre nuestros pasos hasta que desde la gran rotonda de la ciudad de Ibra, la Masrun Road nos desvía en dirección a Nizwa, la antigua capital administrativa del Imanato de Omán en el siglo VIII. Fue designada como tal alrededor del año 749 y ejerció las funciones de centro neurálgico del sultanato hasta 1959. Todavía es considerada la capital espiritual por muchos omaníes.

Nizwa conserva uno de los castillos más imponentes del país, un zoco espectacular y alrededores con varias fortalezas. El fuerte de Nizwa, dotado de una gran torre circular de 35 metros de altura, cuyos cimientos penetran a 30 metros de profundidad, se construyó en el siglo XVII sobre un arroyo, y en él abundan los pozos concebidos para resistir los ataques y los asedios del pasado. El embrujo del mundo árabe está materializado en un laberinto de corredores, habitaciones y puertas falsas, ideados para engañar al enemigo en caso de que superara sus teóricamente invencibles muros. Para defenderse sus habitantes lanzaban zumo de dátil hirviendo desde las almenas. Dentro, además de productos artesanos y cerámica, exhiben para los visitantes diferentes labores agrícolas a determinadas horas del día. El fuerte está junto a un zoco repleto de frutos secos, ropa, artesanía, alimentos y magníficas pastelerías que ofertan postres dulces como la halwa, preparada con leche condensada, zanahorias, mantequilla, leche y pistachos, en convivencia con otras delicias omaníes a base de azafrán, nueces y azúcar.

A unos cuarenta kilómetros de Nizwa se halla el Fuerte de Bahla, una ciudad amurallada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, cuyo interior también es laberíntico y misterioso hasta el punto que se considera la residencia de los genios del desierto, los jinn, popularizados en Las mil y una noches y citados en el Corán, vestigios de las culturas animistas anteriores a la llegada del profeta Mahoma. Bahla también fue capital de Omán entre los siglos XII y XVII y debió su prosperidad a la tribu de los Banu Nebhan, que la convirtieron en un importante centro político, cultural y religioso. Grupos folclóricos integrados por hombres interpretan una danza tradicional beduina con sables o espadas llamada Al-Bar’ah o Barh, que simboliza la fuerza y la caballerosidad de los beduinos. Se celebra en ocasiones especiales, acompañada de tambores y cantos, ante la admiración de las mujeres wahiba ataviadas con espectaculares y coloridos trajes regionales para la ocasión.

Finalmente, una nueva excursión me llevó a Qurayyat, un pequeño pueblo situado a 83 kilómetros al sureste de Mascate. El Fuerte de Al Sahel (o Al Serah), vestigio de una vieja atalaya portuguesa, es un mero decorado en la playa. Qurayyat ostenta el récord de la temperatura mínima diaria más alta jamás registrada en la Tierra, cuando el 28 de junio de 2018 los termómetros no descendieron de 42,6 °C. Tras realizar mayoritariamente labores relacionadas con la pesca, la artesanía y el comercio, sus residentes matan las últimas horas de la tarde jugando al hawalis con conchas marinas: una competición de inteligencia y cálculo que define bien el espíritu de un país como Omán: rico, tranquilo, acogedor, con un alto nivel de complacencia entre sus habitantes. Paz y belleza, en un antiguo sultanato donde las tradiciones árabes cobran vida.
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