Noruega, de Bergen a Alesund

Como sinuosos dedos del mar que se cuelan tierra adentro entre riscos de vértigo, los fiordos representan el aliciente más tentador para la mayoría de los que se dejan seducir por la tierra de los vikingos.

Elena del Amo

Un mapa de Noruega puede hacer las veces de aperitivo al atracón de naturaleza en estado conmovedoramente puro que aguarda por estos lares. Los lagos, las montañas por las que caminar o esquiar casi en cualquier época del año y los generosos ríos salmoneros que se adueñan de cada coordenada de sus alargadas y estrechas hechuras ya aportan al buen entendedor una pista valiosa, pero es sobre todo su recortado perfil oceánico el que da la clave definitiva, así, de un solo vistazo, de lo singular del laberinto anfibio que se posa sobre su costa, de la que arranca su para muchos mayor tesoro: los fiordos.

A lo largo del litoral noruego una maraña de hendiduras se aventura una y mil veces por tierra firme para, tras dibujar los quiebros que haya tenido a bien, regresar al Atlántico por el vericueto más insospechado. Ante tal anarquía de roca y de mar, un complejo entramado de carreteras se las ve y se las desea para hilvanar las orillas de este universo de islas y lenguas de tierra rasgadas por el agua y orladas de valles y bosques, que resultan de una belleza tan abrumadora que se diría que nada feo pudiera acon tecer por estos parajes o que sus habitantes fueran incapaces de concebir siquiera una mala intención.

Todo ello, o al menos lo estrictamente geográfico, se adivina ya en el mapa. Lo que no se alcanza a admitir hasta que uno se planta ante estos paisajes, que sólo se describen con superlativos, es la friolera de túneles -alguno de hasta casi 25 kilómetros- que los noruegos se han visto obligados a sufragar en las últimas décadas por estos territorios agrestes de mar y montaña para comunicar mejor con el resto del país a los escasos habitantes que moran los pueblitos de los fiordos y, de paso, hacer más accesible esta región, que despacha un festín de naturaleza salvaje, por mucho que le pertenezca de lleno a todos y cada uno de los habitantes de uno los países más cívicos del planeta.
Y es que para los noruegos disfrutar de la vigorosa naturaleza de fiordos, cumbres y bosques de coníferas y abedules que adornan su geografía es cosa de ley. Un decreto rubricado por los años 50 avala el derecho de todo ciudadano a disfrutarla como un bien común y, disciplinados como pocos, cada viernes agarran coche y mochila y huyen de sus apacibles ciudades para echarse a sus caminos o instalarse en la paz absoluta de la cabaña de madera que muchos tienen como segunda vivienda en un rincón secreto en plena naturaleza. No parece que en las urbes de Noruega, un país que lidera año tras otro las clasificaciones de calidad de vida del planeta, se viva con mucho estrés, pero la tentación de gozar de su patrimonio natural está tan a mano que son pocos los que se resisten a perderse el fin de semana ese privilegio que tiene como grandes protagonistas a los fiordos, esas soberanas grietas de mar encajonadas entre valles de una lírica inspiradora y acantilados dramáticamente resquebrajados que caen en picado sobre las aguas.
Villas con iglesias medievales
Estos tajos en los que el océano penetra hasta incluso más de 200 kilómetros hacia el interior estaban antaño ocupados por los glaciares. Los hielos posados sobre sus montañas fueron erosionando las rocas al ritmo de medio metro de profundidad cada mil años, por lo que a lo largo de tal barbaridad de siglos que se escapa a cualquier intento de comprensión se fueron formando estas descomunales hendiduras por las que, al irse derritiendo los hielos, fue colándose el mar. A resultas, de norte a sur de Noruega puede navegarse o conducirse a las orillas de fiordos de todas las formas, tamaños y grosores, tan famosos como los de Naeroy y Geiranger, declarados el año pasado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y del todo imprescindibles, o de nombres casi anónimos, como el de Innvik -tributario del Nordfjord-, a lo largo de cuyos recovecos van tomando altura primorosas carreteritas de montaña que regalan una vista a cual más increíble tras doblar cada curva.

No habrá que venir hasta tan lejos a buscar grandes monumentos, aunque las coquetas ciudades de Bergen y Alesund o la treintena de iglesias medievales de madera, como las de Urnes o Borgund, sean visita imperdonable, ni tampoco pueblitos maravillosos, aunque los tiene, como Solvorn o Balestrand, deliciosamente ubicados. Y ni siquiera habrá que esperar una gastronomía o unos hoteles excepcionales salvo que se tenga el riñón sobradamente cubierto, pero la naturaleza que aquí se erige en dueña y señora se basta y se sobra ella solita para, sin necesidad de mucho más condimento, encandilar a cualquier urgido de espacios abiertos y de pureza en mayúsculas.

La costa entera queda así inspiradoramente fracturada una y mil veces por los fiordos, y las rutas posibles entre ellos se vuelven infinitas, aunque parece haber una cierta unanimidad en reconocer que los más espectaculares quedan ceñidos, sobre todo, entre las ciudades de Bergen y Alesund. La primera le cedió en 1299 a Oslo el rango de capital del país, aunque sigue presumiendo de ser la ciudad más bonita y agradable de Noruega. Su cogollo histórico sigue respirando por ese puerto que hizo de Bergen uno de los emporios comerciales más activos de Escandinavia desde la Edad Media, y el ambiente salobre de sus barrios viejos da todavía fe del trajín marítimo que la ha marcado desde antes incluso de que se convirtiera en un enclave cardinal para la coalición de ciudades de la Liga Hanseática, de la que formó parte.

Bien de mañana, cuando la transparente luz del norte va definiendo los relieves de los edificios del Bryggen, el antiguo muelle alemán que cobijara los almacenes de los comerciantes que facturaban desde allí mismo el pescado seco hacia Francia o Inglaterra, los ordenados puestos del Mercado de Pescado de sus aledaños comienzan a despachar bacalaos de los caladeros del norte y robustas piezas de salmones de todas las procedencias y con todos los aderezos imaginables, además de cucuruchos de cangrejo o gambas de los que dar cuenta allí mismo, y hasta oscuros y opacos filetes de carne de ballena pescada no muy lejos de estas aguas. El mercado abre cada mañana justo a orillas del puerto, donde antaño se ponía a la venta el pescado según se iba descargando de los barcos.

Hoy la cosa resulta más elaborada: se sigue vendiendo allí, pero los productos se sirven perfectamente sellados para que aguanten hasta volver a casa a los cruceristas, hoy sus clientes favoritos, que gastan sus horas en Bergen deambulando entre los miradores que se alzan sobre la ciudad, el mercado y el Bryggen, cuyos edificios de madera de colores, protegidos como Patrimonio de la Humanidad, lucen impecablemente transformados en prohibitivas tiendas de recuerdos, galerías y restaurantes que, en cuanto asoma un rayo de sol, sacan sus terrazas a la calle y se llenan de un ambiente que a un latino de pro no dejará de resultarle sorprendente para estas latitudes.
El placer de los desvíos
Alesund, mucho menos conocida y más pequeña y apacible si cabe, es también una ciudad con olor a mar y revuelos de gaviotas desde la que, como desde Bergen, es posible saltar fácilmente hacia los fiordos más bellos tras haber recalado por su cogollo central, cuajado de coquetísimos edificios art nouveau. Su fotogénica uniformidad arquitectónica, fruto del incendio que en 1904 arrasó la ciudad entera -entonces de madera- y obligó a reconstruirla por completo partiendo de cero, se aprecia mucho mejor desde las alturas del Monte Aksla, desde donde los puntiagudos tejados a orillas del canal flotan apiñados entre un onírico mar de islotes avezados en frenar los temporales y apoderarse de las brumas.

Tanto Alesund como Bergen se erigen en un trampolín desde el que saltar al universo de pureza que despliegan los fiordos e incluso ambas pueden barajarse como el punto de partida y fin de algunos de los itinerarios más emocionantes que alfombran esta región en la que se corrobora la teoría de que, a menudo, el mejor viaje aparece en los desvíos. Y es que si seguir una ruta prefijada entre los fiordos más famosos es ya un lujo, abandonarla suele serlo casi más, porque casi todas las carreteritas -y cuanto más pequeña sea y más curvas tenga, mejor- se convierten en un auténtico mirador por el que, como si de un documental de naturaleza se tratara, van desfilando a cada lado de la ventanilla unos paisajes absolutamente agrestes.
Miradores que se asoman a un glaciar
Cada tramo resulta un extraordinario manjar para los paladares ávidos de pureza: la llegada a Stalheim desde Bergen por la E16, sobre la que literalmente se desploma la cascada de Tvinde a pasos escasos de la carretera; el descenso desde Stalheim a Gudvangen por el valle de Naeroy evitando el túnel y decantándose, en lugar de por la vía principal, por la rutita trasera, que se agarra a la montaña zigzagueando entre cataratas que chorrean a cámara lenta desde las escarpaduras; el camino más largo entre Borgund y Laerdal, que dibuja un amplio bucle de paisajes increíblemente fieros jalonados por la estación de esquí de Filefjell, o la peliaguda carreterita secundaria entre Laerdal y Aurland, que evita el túnel más largo del mundo -con una extensión de 24,50 kilómetros, nada menos- y que queda cerrada a cal y canto en invierno. Y también la deliciosa ascensión desde Songdal hasta Briksdal, interrumpida por miradores hacia el fiordo de Fjaerland y a los hielos azulados de los brazos del glaciar Jostedal, que salen al paso por un par de desvíos; o la escapada a los poéticos paisajes próximos al faro de Alnes desde Alesund y, por supuesto, la ascensión al cataclismo helado de Dalsniba desde el hermoso pueblo de Geiranger.

Cualquier rodeo, cualquier improvisación, es un éxito seguro y, si el tiempo acompaña y tiene a bien, hará las delicias sobre todo de los moteros, que en los días luminosos de la primavera y el verano inundan estos parajes de serenidad inspiradora en los que es factible reencontrarse con el placer de conducir.