Norte de Chipre, el otro Mediterráneo

La República Turca del Norte de Chipre (RTNC) no existe... jurídicamente: solo la reconoce el gobierno de Ankara (Turquía). Pero este ostracismo internacional no impide recorrerla. Al contrario: el visitante descubrirá que, debido a este aislamiento forzoso, este país ha sido protegido de los excesos del desarrollismo. Y se ha mantenido en gran parte parecido a lo que era tiempos atrás: la RTNC parece encarnar todavía el "Mediterráneo de antaño".

Thierry Maliniak

Un ambiente apacible, adormecido, rural incluso en las (contadas) ciudades; una población relajada que tiene todo el tiempo del mundo; unas grandes playas vírgenes, casi sin urbanizaciones; unas carreteras sin grandes atascos ni bocinazos: un viaje a estos lares es un viaje a la quietud. Los visitantes suelen empezar el periplo en la ciudad de Girne, el nombre turco de Kyrenia, que goza de una gran infraestructura hotelera y dista apenas cuarenta minutos del aeropuerto internacional de la RTNC, el de Ercan. Visitarla es antes de todo gozar de una vista: la de su puerto, con sus antiguas casas de origen veneciano, alineadas en semicírculo en torno a una bahía llena de barcos de pesca y de ocio. En las extremidades se alzan las dos torres de donde se tendía antiguamente una cadena para cerrar la bahía. Y todo dominado por un castillo de grandes murallas construidas por los venecianos. Estos no fueron sus únicos ocupantes, ya que también lo controlaron bizantinos, cruzados (Chipre era una etapa clave en el camino hacia Jerusalén), genoveses, otomanos... El museo del castillo contiene una rareza: el esqueleto de un barco mercante hundido en las proximidades hace nada menos que... 2.300 años. Los expertos de Pennsylvania que lo sacaron del agua a finales de los 60 lo calificaron como el pecio más antiguo del mundo.

Tiene su encanto perderse por los laberínticos meandros del castillo, descubriendo una recóndita capilla al final de un sombrío pasillo, o recorriendo sus murallas, que permiten apreciar el espectacular entorno de Girne, encajonada entre el mar y una barrera de montañas con picos afilados conocidos como Los cinco dedos. El resto de la ciudad, sin embargo, decepciona al visitante. Hay que buscar mucho para encontrar restos de las murallas medievales, de las que quedan apenas alguna que otra torre. Más atractivos son los alrededores, empezando por Bellapais. Este pueblo, que pareció tan encantador a Lawrence Durrell, que aquí se instaló para escribir su obra Limones amargos, está situado en las primeras faldas de la cadena rocosa cercana. Su enjambre de callejuelas empinadas, con sus casas adornadas de flores, está dominado por un imponente monasterio. Fundado a principios del siglo XIII, representa una obra maestra del arte gótico, que impregna todo el edificio: el claustro y sus arcos, la iglesia y su iconostasio enmarcado en madera esculpida, y, sobre todo, la impresionante sala del refectorio, austera y desnuda.

Subiendo por las estribaciones de la montaña se llega rápidamente a su cresta, y a sus castillos. El más imponente es el de San Hilarión, un ermitaño nacido en Palestina que acabó sus días en Chipre. La iglesia que allí se construyó se transformó después en un enorme recinto fortificado en la época de los Lusignan, una familia de nobles originaria de Poitiers, en Francia, que tras participar en las Cruzadas acabó gobernando Chipre durante casi cuatro siglos. El castillo consta de tres niveles superpuestos, y es un enredo de murallas, torres e iglesias que se visitan subiendo por caminos empedrados que serpentean por las rocas de pendiente casi vertical. Las fortificaciones superiores son espectaculares. Allí estaban los apartamentos reales: se pueden ver dos magníficas ventanas cinceladas, desde donde los monarcas contemplaban las vistas al mar, 732 metros más abajo.

Más alto (955 metros) está el castillo de Buffavento ("desafiando al viento"). Llegar a él supone trepar media hora por un camino escarpado. En el más alto de sus dos niveles se atraviesa una sucesión de salas medio derruidas y separadas por bonitos arcos de ladrillos rojos. Pero su interés reside más en su emplazamiento vertiginoso. Esta cadena de castillos de montaña (que incluye también el de Kantara, más al Este) fue abandonada por los venecianos, más interesados por el comercio marítimo que por la conquista territorial, y que replegaron por tanto sus defensas hacia la costa, por ejemplo hacia el castillo de Girne.

Rumbo al oeste

Pongamos ahora rumbo a la costa oeste. La primera ciudad importante en el camino es Güzelyurt, que significa "tierra bonita": se trata de la zona más fértil de la RTNC. Su basílica ortodoxa está dedicada a San Mamas, un sacerdote al que se atribuye haber viajado a lomos de un león con un cordero en su regazo. Una fama milagrera de la que son testigos los exvotos de la iglesia, sobre todo reproducciones de... orejas: el santo está especializado en curar los problemas de oído. El púlpito y el iconostasio de la basílica son de una magnífica finura. Prosiguiendo hacia el oeste, uno llega al pueblo más bonito de esta zona: Lefke. Sus alrededores fueron conocidos como zona de extracción de cobre: se pueden ver todavía los restos de varias instalaciones. Pero su encanto reside en otros vestigios: sus antiguas casas otomanas bien conservadas. Es un encanto pasear por sus calles apacibles, viendo a los viejos del lugar jugar al backgammon en las terrazas de los cafés.

Más al oeste llega uno a las ruinas de Soli, vestigio de una antigua ciudad fundada, según la leyenda (¡hay muchas en este territorio!), por los atenienses que volvían de la guerra de Troya. Por allí se exportaba el cobre de Lefke. De las ruinas destacan los mosaicos de la antigua basílica. Aunque han perdido la agudeza de sus colores originales, algunos merecen la visita, como el más famoso de todos, el que representa un cisne. Un poco más allá se llega a las ruinas del palacio de Vouni. Construido en el siglo V antes de Cristo, es, según se asegura, el único edificio de todo el Mediterráneo inspirado por los persas: fue construido por uno de sus aliados, un rey fenicio, y se convirtió en rival de Soli. Aunque al recorrer el sitio, encaramado en una pequeña colina que domina el mar, se necesita cierto esfuerzo para imaginar cómo era este palacio de 137 habitaciones.

Unos kilómetros más allá, una carretera de montaña lleva a un puesto fronterizo abierto con la parte griega. Llega el momento de dar la vuelta y dirigirse hacia el Este: un periplo, sin embargo, de pocas horas, en este territorio cuya superficie no llega a la mitad de la del País Vasco. Tras Girne, el tráfico se reduce conforme uno se acerca a lo que constituye la parte más salvaje, más recóndita y probablemente más atractiva del país: Karpaz, esta península en el noreste que aparece como la visera de una gorra en los mapas de la isla. Pequeños pueblos con sus callejuelas y sus casas tradicionales, grandes playas desiertas, iglesias desperdigadas (y abandonadas) por doquier, hotelitos rurales, una naturaleza virgen: Karpaz es el paraíso del turismo ecológico. Aquí residen la mayor parte de los pocos griegos que decidieron no abandonar la RTNC tras la intervención turca. Uno de los mejores sitios para charlar con ellos es el pueblo de Sipahi. Se quedaron aquí unos 800, de los que hay unos 60 todavía hoy, ancianos en su mayor parte, cuenta en la iglesia uno de ellos, muy lúcido a sus 84 años: los jóvenes se fueron al sur, o a Europa. Se instalaron en cambio inmigrantes llegados de Turquía, muchos con ancestros... griegos, precisa. Hay que ver el pueblo un miércoles por la mañana: es el día de la semana en que un convoy de la ONU llegado de la capital trae a los griegos del pueblo víveres, combustible y otros bienes, pagados por el gobierno sur-chipriota. El espectáculo de los ancianos en círculo en un bar del pueblo, ellas de negro, esperando el maná, tiene algo de enternecedor.

La antigua presencia de los griegos en Karpaz se manifiesta también en la proliferación de iglesias ortodoxas: la de Sipahi, Ayos Trias, contiene unos mosaicos muy bien conservados. Unos kilómetros más allá aparece Ayos Thyrsos: debajo de la iglesia se observa un pequeño túnel que lleva al mar: según la tradición, quien tiene un problema de piel se cura bañándose aquí. Y se llega a la iglesia Ayos Phillion, aislada en un acantilado frente al mar y que da la sensación de haber llegado al fin del mundo. Pero no es el fin: todavía se puede seguir por una carretera ya casi desierta, que cortan ocasionalmente cabras y... burros (hay una reserva natural de estos équidos, que se acercan a los visitantes en busca de comida). Se pasa primero por el monasterio del Apóstol San Andrés, un lugar de peregrinaje para los ortodoxos, que vienen a beber en los tres grifos de agua sagrada que se alinean debajo del edificio. Y se llega por fin al cabo Andreas. El policía de guardia en este solitario paraje invita al visitante a un té, y confía que su principal tarea consiste en avistar a las pateras de inmigrantes procedentes de África, y más recientemente de Siria, y avisar a los guardacostas. Les llevan a Mersin, en Turquía, donde las autoridades de Ankara deciden su suerte, precisa.

El castillo de "Otello"

Cuesta abandonar Karpaz, pero hay que seguir viaje hacia el sur, hacia la más pintoresca de las ciudades de la RTNC: Gazimagusa, el nombre turco de Famagusta. El corazón de la ciudad es su viejo barrio cercado de anchas murallas bien conservadas. Dentro de ellas anida un bonito castillo con el inesperado nombre de Otelo: según la leyenda (¡una más!), aquí vivía el hombre que habría inspirado la obra de Shakespeare: el gobernador de Chipre Cristoforo Moro, que habría asesinado a su esposa por celos.

Desde cualquier punto de la muralla la vista se topa con un monumental edificio religioso en el corazón del casco viejo. Parece una enorme iglesia, y lo fue: la catedral San Nicolás, cuya construcción empezó en 1298 y duró catorce años. Está inspirada por Notre-Dame-de Reims, que los Lusignan conocían. Cuando los otomanes llegaron por estos lares en 1571, decidieron conservar esta maravilla del arte gótico y se contentaron con islamizarla al levantar un minarete como remate de una de las torres. El interior se mantuvo casi tal como era, salvo que el mirhab reemplazó al púlpito. Así es como San Nicolás pasó a ser la ahora alfombrada mezquita Lala Mustafa, y los fieles a rezar a Alá bajo unos magníficos techos góticos. Igual transformación conoció la cercana iglesia de San Pedro y Pablo, hoy mezquita Sinan Pasha. Al otro lado de la plaza de la catedral/mezquita, un triple arco bien conservado es el único vestigio de un gran palacio veneciano que atestigua el cosmopolitismo arquitectónico de la ciudad. Aunque en Gazimagusa lo que se ve son, sobre todo, iglesias. De todos los orígenes: de los templarios, los hospitalarios, los nestorianos, los armenios, los carmelitas, los ortodoxos. Aunque muchas sean hoy cascarones vacíos, nada más encantador que deambular de una a otra por las callejuelas de esta ciudad amurallada medio adormecida, de ambiente rural, sin edificios altos, donde los espacios baldíos se cuelan todavía entre los monumentos.

Al norte de la ciudad, a orillas del mar, se extienden las ruinas tal vez más imponentes de toda la isla: las de Salamis. Fundada en el siglo XII antes de Cristo, la ciudad fue habitada durante 21 siglos seguidos. Su interés se centra en el complejo, excepcionalmente bien conservado, del gimnasio, termas incluidas: una enorme plaza rodeada de columnas que servía de patio para los ejercicios, dos piscinas, unas habitaciones utilizadas como saunas y otras como cuartos fríos, así como unas letrinas concebidas... para que pudieran utilizarlas 44 personas a la vez, en semicírculo. Esta parte de las ruinas corresponde a la época griega, pero también dejaron aquí sus huellas asirios, atenienses, fenicios, persas, egipcios, romanos...: se puede pasear durante horas por los caminos que recorren este enorme yacimiento arqueológico.

Tras este paseo por la Historia, toca culminar el viaje a la RTNC con su principal ciudad: Lefkosa -Nicosia para los griegos- está cerca (como todo en este territorio). La parte turca de esta capital, la última en el mundo dividida por los antagonismos políticos, encierra la mayor porción de la vieja ciudad amurallada, así como sus principales monumentos. Los visitantes suelen empezar el recorrido por la puerta de Girne. De allí se llega primero a un tekke, es decir, un monasterio de los Mevlevis, más conocido como los derviches, la orden religiosa que fundó en el siglo XIII un poeta persa, Mevlana Rumi. En las paredes están reproducidos los grandes preceptos de la congregación, que ponen énfasis en la paciencia y la modestia. En cuanto a los bailes que hicieron famosos a los derviches giróvagos, tenían como objetivo, se explica al visitante, ayudar a trascender las preocupaciones mundanas.

Uno llega rápidamente a la plaza Atatürk, corazón de la ciudad, llena de terrazas que rodean una gran columna de granito probablemente traída desde Salamis: una versión modesta de la parisina place Vendôme. De allí se sigue el camino hasta lo que fue la catedral Santa Sofía, que dos minaretes y un mirhab, siguiendo el modelo de Famagusta, transformaron en la mezquita Selimiye dos siglos después de su construcción en el siglo XII: aquí también se reza a Alá bajo unos techos góticos. Todo el barrio ofrece una imponente densidad de edificios religiosos: adyacente a la ex catedral se encuentra el Bedestan, antigua iglesia San Nicolás transformada por los turcos, esta vez no en mezquita sino en mercado cubierto. Una gran obra de restauración le valió un premio de la UE en 2009. Al lado, un sorprendente museo cuenta la historia de la alfombra, inventada, al parecer, por unas tribus de los montes de Anatolia para protegerse del frío del suelo. "Un regalo de los turcos al mundo", se asegura en el museo.

Monumentos y tradición

Pero el monumento más encantador del barrio es, sin duda, el BüyükKhan, el mayor caravasar (albergue) de la isla, con dos pisos. Abajo, unos pasillos porticados bordean unos comercios tradicionales, como esta librería de ediciones antiguas donde discuten acaloradamente unos ancianos, mientras en la parte de arriba se venden objetos de artesanía (¡incluyendo unos cuernos de cabra!). Ya no alberga a viajeros, pero uno se quedaría horas instalado en su patio central lleno de terrazas de cafés, en cuyo centro un pequeño edificio redondo con una cúpula está destinado al rezo. Cerca, el hamam Büyük permite gozar de un baño turco... en una antigua iglesia. Uno llega finalmente al barrio Arab Ahmet, con una sucesión de magníficas casas antiguas de estilo otomano hoy restauradas. Está aquí cerca la Línea Verde que separa las dos partes de la capital (y de la isla), y las barreras de cemento y alambres de púas que cortan varias calles lo recuerdan.

Terminemos el viaje con un edificio poco agraciado, el del hotel Saray, al lado de la plaza Atatürk. Esta gran mole de cemento le quita mucha armonía al conjunto, pero vale la pena subir a la cafetería de la última planta: es el único sitio de la parte turca desde donde se puede gozar de una vista panorámica de toda la capital. Llama la atención el contraste entre el bosque de edificios altos de la parte griega y las construcciones bajas y antiguas del lado turco. ¿Contraste arquitectónico entre desarrollismo y tradición? Tal vez muchos turco-chipriotas esperan con impaciencia ver construir de su lado los primeros rascacielos, símbolo de opulencia. Pero la RTNC, sin duda, perderá entonces algo de su encanto.

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