Un viaje a Normandía, tras la luz de los impresionistas

La bucólica franja costera de Normandía es tierra de quesos, mantequilla y sidra, pero también de acantilados verticales, playas con dunas, la mágica isla del Mont Saint-Michel, campiña, castillos e iglesias en el curso del Sena...

Javier Carrión
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Foto: Cristina Candel

En poco más de dos horas en coche desde París te esperan las tierras normandas que conforman un paisaje único en el mundo y sirvieron de inspiración a artistas, pintores impresionistas y escritores. Una tierra de paz y de héroes que vivió dos invasiones históricas en 900 años y que ahora acoge a miles de visitantes deseosos de conocer su impresionante costa, los puertos más pintorescos de Francia y un puñado de playas que juegan cada día con las mareas. Normandía es un destino ideal para los amantes de la naturaleza y un auténtico tesoro para los gourmets que gozan con el camembert o el calvados, pero también con los menús típicos en los que puedes conjugar un plato de mariscos con una tarta de manzana.

Cristina Candel

El castillo de Ricardo Corazón de León

La región normanda ha sido moldeada por el mar, pero antes de llegar a su bello litoral sus tierras del interior invitan a descubrir la campiña. Siguiendo, por ejemplo, el curso del río Sena, el segundo más largo de Francia, la llegada a Les Andelys emociona por la belleza de este meandro del Bajo Sena que se puede fotografiar desde el castillo que mandó construir Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra y duque de Normandía. El Château Guillard fue levantado entre 1196 y 1198 para proteger el límite occidental del territorio inglés, defender Ruan y cobrar peaje a los barcos que atravesaban este lugar. Casi cuatro siglos después, en 1603, Enrique IV decidió destruir esta obra maestra de la arquitectura militar. Hoy, las ruinas se alzan imponentes sobre este promontorio desde el que se divisa el coqueto casco viejo de Les Andelys.

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Ruan, una ciudad museo

A 40 kilómetros de esta fortaleza de Ricardo Corazón de León surge Ruan (Rouen) en un entorno especial para descubrir la vida monástica de otros tiempos en algunas abadías como Saint-Ouen en el mismo Ruan, uno de los más poderosos monasterios benedictinos en la Normandía de los siglos XV y XVI, San Jorge en Saint-Martin-de-Boscherville o Saint-Pierre en Jumièges. Todas ellas muy cerca de este antiguo Ruan, una ciudad museo que despliega sus calles adoquinadas y sus casas de paredes de entramado por todo su casco histórico que domina una magnífica catedral, cuya fachada oeste pintó Monet en 28 lienzos diferentes desde distintos ángulos y bajo diferentes baños de luz.

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Para realizar estas obras el maestro alquiló una habitación en un hotel que se situaba en la plaza, delante del templo cristiano, de forma que tenía un lugar tranquilo donde desarrollar todo su ejercicio pictórico. En la actualidad este edificio es la oficina de turismo y viéndolo puedes imaginar cómo Monet trabajaba en esa fachada once horas al día, bajo cielos grises y soleados, desde los laudes a las vísperas. Hoy se proyecta sobre esas piedras del templo un espectáculo de luces y sonido todas las noches en verano, siempre enmarcado por dos torres desiguales: la Tour Saint-Romain, del lado norte, y la Tour du Beurre, conocida como la de la Mantequilla, pues fue pagada con un impuesto sobre el consumo de este producto y a condición de poder degustarlo durante la Cuaresma.

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En el exterior también llama la atención la aguja de hierro fundido, la más alta en suelo francés a 151 metros, inaugurada en el XIX y dentro del templo se esparcen las grandes figuras que adornan la fachada y sorprenden al visitante por su longitud, la tumba donde se enterró el corazón de Ricardo Corazón de León y la cripta del XI descubierta en 1934. El interior fascina por la estrecha y elevada nave central, estructurada en tres galerías superpuestas, y la extraña luminosidad de las vidrieras góticas. 

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Alrededor de la catedral se extiende el barrio medieval muy bien restaurado tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial con callejuelas tan peculiares como la Rue des Chanoines, la más estrecha con 90 centímetros de anchura; el Historial de Juana de Arco, el lugar donde se celebró su juicio sumarísimo; el Hotel de la Catedral, monumento nacional, y la Iglesia de Saint-Maclou, de estilo gótico flamígero, que esconde en un patio interior de la parte trasera un extraño cementerio medieval y osario en el que se enterraba a las víctimas de la peste negra de 1348. En los postes de su hermoso armazón de madera aparecen relieves de calaveras y otros símbolos funerarios que ocultaron durante mucho tiempo la existencia de huesos humanos en esta fosa común, perimetrada en forma cuadrada, cuando incluso todo el recinto era una escuela infantil a mediados del siglo XVII. Único en su género, este Osario de Saint-Maclou se restauró durante el verano de 2020 añadiendo una galería de arte y el café-restaurante Hamlet, que exhibe un gato momificado al lado de su puerta principal.

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Las lágrimas de Juana de Arco

Desde la catedral, la Rue du Gros Horloge discurre hacia el Gran Reloj Astronómico de la ciudad, de una sola manecilla a cada lado, que se ha convertido en el pasaje favorito de vecinos y visitantes. Dentro del edificio colindante se puede subir por una escalera de caracol hasta un campanario que regala una hermosa vista de la calle y de la Chocolatería Auzou, famosa por las lágrimas de Juana de Arco que se venden en su interior.  Una bolsa de 25 piezas de este dulce elaborado con almendra tostada, chocolate y azúcar cuesta 10 euros. Siguiendo esta vía se llega a la Plaza del Mercado Viejo (Place du Vieux Marché) y su gran cruz que recuerda el lugar donde Juana de Arco fue ejecutada con solo 19 años.

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En 1979 se alzó en este punto una iglesia dedicada a la santa, cubierta aparentemente con escamas, aunque algunos piensan que se trata del casco de la heroína francesa, de las llamas de la leña del martirio o simplemente de un barco vikingo. Louis Gerald Arretche, su autor, nunca quiso desvelar ese misterio, pero sí se atrevió a reutilizar parte de las vidrieras renacentistas originales de la iglesia gótica de San Vicente que habían sido retiradas antes de los bombardeos y de la destrucción del edificio en 1944 y ahora asombra contemplarlas en el interior de este templo moderno. 

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La visita a Ruan propone más lugares interesantes, como el Museo de Bellas Artes, con obras maestras de Caravaggio, Velázquez, Pissarro, Renoir o Monet; el Palacio de Justicia, edificio gótico del XVII que no se puede visitar; el Ayuntamiento en la plaza del General De Gaulle; el Museo Flaubert, que conmemora el bicentenario del nacimiento del autor de Madame Bovary hasta junio de 2022, o el puerto de mar sobre el río Sena, el principal en el transporte y comercio cerealístico de la región. Desde 1989 la ciudad organiza cada cinco años una de las mayores concentraciones de veleros del mundo, la Armada de Rouen, que también concentra barcos militares y submarinos de diferentes países. La próxima edición se celebrará en 2023.

Fécamp, de pesca y licores

Con sus 30.000 habitantes, Fécamp es una de las ciudades más animadas de Normandía. Protegida por los impresionantes acantilados del Cabo Fagnet, donde se situaron muchos puestos defensivos y una estación de radar alemana durante la Segunda Guerra Mundial, cuenta con una rica historia monástica pues en este lugar se descubrió el licor de alquimia que se hizo famoso en todo el mundo, una fórmula medicinal inventada por un monje veneciano, Bernardo Vincelli, en 1510 y perdida durante la Revolución Francesa, que fue recuperada y comercializada en el siglo XIX. Hoy se visita este hermoso palacio, construido en 1882 en estilo gótico-renacentista, que alberga la destilería, las bodegas donde se elabora el licor, que ahora ha empezado a ser mezclado con coñac, y un interesante museo de arte sacro. 

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La histórica vinculación de Fécamp con la pesca, centrada en el bacalao y el arenque, queda remarcada en Les Pêcheries, el nuevo Museo de la Pesca abierto en una vieja fábrica de secado de bacalao de sus muelles. En sus salas no solo disfrutarás de un magnífico mirador del puerto y de la ciudad de Fécamp, sino también en el nivel 3 comprobarás cómo eran las aventuras de los pescadores que pasaban entre seis y siete meses al año en las campañas de la pesca del bacalao en Terranova. Los marineros viajaban en grandes veleros pero para capturar las piezas a mano utilizaban barcas de dos tripulantes que a menudo se extraviaban en la habitual neblina de esta isla canadiense. Muchos no regresaban a sus hogares normandos. También son interesantes las colecciones de bellas artes y la exhibición de muebles, ropa y joyas normandas, así como un espacio dedicado a la infancia con los objetos guardados por el doctor León-Dufour, creador de la gota de leche en 1894, y un curioso museo dedicado a la evolución de los biberones de los bebés.

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Étretat, la perla de la Costa de Alabastro

Desde Fécamp es obligado acercarse a Étretat. Unos lo hacen por carretera en poco más de 15 minutos y otros en barco, pero todos ellos admiran los acantilados blancos de esta Costa de Alabastro que constituyen un auténtico teatro al aire libre sobre el Canal de la Mancha. Este rincón francés inspiró a los más ilustres pintores del siglo XIX, con Claude Monet a la cabeza, que se acercaban esta pequeña ciudad poblada hoy por 1.500 habitantes buscando la brillante línea de la costa Pays de Caux. Sus acantilados, hermosos, grandiosos y prodigiosos cuando la luz solar los ilumina, encandilan cuando incluso en la baja mar se despejan las playas salvajes y los criaderos de ostras que ya comenzaron a instalarse en el siglo XVII. Maravilla esta célebre Costa de Alabastro que hay que descubrir desde el mar en barco, cuando el tiempo acompaña, o desde los caminos balizados en las alturas siempre con miradores, en la compañía de las gaviotas plateadas y los halcones peregrinos.

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Así lo hicieron, cuando todo era campo salvaje, algunos pintores famosos como Claude Monet, Eugène Boudin o Gustave Courbet. Ellos y otros muchos dieron a conocer esta franja costera de casi 145 kilómetros, entre Le Tréport y el cabo de la Hève, donde emergen unas paredes verticales, taladradas en algunos casos por agujeros, que alcanzan los 115 metros de altura. En la actualidad, varias compañías organizan excursiones en barco por unos 30 euros, pero existe la posibilidad de embarcarse en un antiguo velero, de volar en un ultraligero o de practicar el kayak o el paddle surf acercándose todavía más a los acantilados.

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Una de las mejores vistas de Étretat y de su gran playa de guijarros, casi siempre azotada por el viento a pesar de estar protegida por el paseo marítimo que ejerce de dique para proteger al pueblo de las grandes mareas, es desde la terraza de los Jardines de Étretat, situados junto a la Capilla de Nuestra Señora de la Guardia en lo alto del acantilado de Amont. En este lugar Claude Monet pintó uno de sus más famosos cuadros, Les Falaises à Étretat (1886), mostrando la popular Trompa del Elefante (Falaise d’Aval), un arco de piedra sumergido en el mar que cautivó al célebre escritor francés Guy de Maupassant y ahora en estos jardines encantadores lo recuerdan con una estatua de mimbre del pintor, su paleta y una reproducción del lienzo.

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Los originales jardines destacan por sus esculturas, especialmente las caras gigantes de bebés, y su variada vegetación, en la que sobresale el bambú gigante, que dan un aspecto muy original al conjunto. Este es, sin duda, el paisaje más hermoso de una costa asombrosamente vertical con decenas de miradores para disfrutar de las vistas del océano durante la pleamar y la bajamar. Un rincón de inusitada belleza en Normandía que merece la pena recorrer con sosiego para descubrir que no siempre llueve en esta esquina del norte de Francia donde manda, eso sí, el fresco viento del Atlántico.

Lisieux y Bayeux, dos joyas de Calvados

De camino hacia el noroeste de la región en dirección a las tierras bretonas, Lisieux y Bayeux son dos paradas recomendables en el departamento de Calvados. En la primera para visitar la Basílica de Santa Teresa, el segundo santuario francés que recibe más peregrinos, unos dos millones al año, y en la segunda para descubrir su famoso tapiz bordado en el siglo XI que relata la epopeya de Guillermo el Conquistador y su conquista de Inglaterra. Se cuenta que Napoleón lo expuso en París por su precisión en los detalles con el objetivo de demostrar que la conquista de Inglaterra no era una misión imposible. Bayeux es hoy un pueblo medieval muy bien conservado con una excelente catedral gótica, que se salvó milagrosamente de las bombas de la Segunda Guerra Mundial a pesar de encontrarse muy cerca de las playas del desembarco.

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El viaje concluye en el Mont Saint-Michel, primer lugar turístico de Normandía y segundo de Francia, unido al continente por un puente pasarela que invita a soñar con su abadía medieval situada en lo alto de la isla, un lugar especial protegido por la naturaleza y por la fe. Desde las obras concluidas en 2015, el monte se ha convertido de nuevo en una isla durante los periodos de grandes mareas y miles de peregrinos, como antaño, recorren las arenas próximas a la abadía para buscar la protección del santo. Una imagen que nunca se escapa de la memoria de los visitantes actuales cuando la contemplan y la recuerdan reflejada en las frías aguas del Océano Atlántico.