Noreste de Camboya: la tierra de los espíritus

Las lejanas y olvidadas provincias camboyanas de Mondulkiri y Ratanakiri albergan algunos de los grupos étnicos más fascinantes del sureste asiático. Tribus animistas que mantienen intactas buena parte de sus costumbres y creencias más ancestrales; entre ellas, la de enterrar a sus muertos en mausoleos de madera, profusamente decorados, en medio de la selva.

Carlos Hernández. BangLung (Camboya)
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Foto: Carlos Hernández

La humedad, el calor y los mosquitos convierten el trayecto en una dura penitencia. Aunque nos encontramos a poco más de medio kilómetro del poblado de Kate, sus habitantes, pertenecientes a la etnia jarai, se han encargado de ocultar su cementerio en lo más profundo de la jungla. Tras la breve pero asfixiante caminata, una cortina de bambú da paso a la primera de las tumbas. Es una sencilla construcción de madera con una mínima y tosca decoración. Sin duda su morador fue un simple campesino cuya familia apenas pudo sufragar los gastos del funeral. A su alrededor hay otras tumbas algo más elaboradas y que cuentan con objetos personales de los difuntos. En el interior de una de ellas destaca un vetusto televisor; en otra, una deteriorada maleta de tela azul; varias tienen colgada una mosquitera; todas acumulan botellas vacías y platos con restos de comida. En la parte superior de los mausoleos hay teléfonos móviles, aviones y helicópteros tallados a pequeña escala en la misma madera. En cualquier caso es un cementerio de gente humilde muy diferente al que contemplamos en otro poblado vecino. Ni siquiera la muerte consigue acabar con la discriminación y las diferencias sociales. Aquí las tumbas jarai deslumbran por su tamaño y su trabajada decoración. Todas cuentan con varios "guardianes": estilizadas tallas de madera que representan figuras humanas. El mayor de los mausoleos supera los 5 metros de altura; pertenecía a un importante oficial del ejército camboyano. Los tótems que emergen entre la invasiva vegetación parecen sacados del corazón de África, más que de una tribu de la península de Indochina.

Funerales y bodas

"El funeral y el entierro es muy importante para nosotros. Hay que seguir una serie de ritos. De no hacerlo los espíritus se enojarían y nos traerían todo tipo de desgracias". Quien se anima a explicarnos una parte de su milenaria cultura es Phyeng, una mujer jarai de 30 años que vive en Kate. "El cuerpo debe permanecer en la casa familiar durante 3, 5 o 7 jornadas. Nunca tiene que enterrarse el segundo, el cuarto o el sexto día porque al ser números pares los espíritus se molestarían y la desgracia caería sobre todo el poblado. Durante los funerales se sacrifican búfalos, cerdos, pollos... depende del dinero que tenga la familia. Finalmente, el tercer, quinto o séptimo día se le entierra y en su tumba se le dejan los enseres que le puedan resultar útiles en la otra vida".

Los jarai no creen en el cielo ni en el infierno pero sí en la reencarnación y en una vida "en otro lugar" en el que se siguen necesitando mosquiteras, maletas, televisores y botellas. "Otro rito importante para nosotros -apunta Phyeng- es el del matrimonio. Las chicas jóvenes tienen una habitación independiente en casa de sus padres. Allí son libres de recibir al chico que quieran. Si tras pasar la noche juntos desean casarse, se dejarán sorprender por los padres de ella y así comenzará la cuenta atrás para la boda. Si no acaban de entenderse, él "escapará" al amanecer y ella podrá seguir recibiendo pretendientes siempre y cuando no quede embarazada. En ese caso tendría que casarse rápidamente porque una mujer encinta que no tenga marido atraería una catástrofe al poblado". Aunque con algunos matices, el resto de las tribus que habitan la zona comparten las mismas creencias y unos rasgos físicos similares. Su principal elemento diferenciador es la lengua.

Son siete los principales grupos étnicos nativos del noreste de Camboya: jarai, kreung, brao, tampuon, charat, kavet, bunong y kachork. Antaño mayoritarios, hoy sufren la discriminación del Gobierno camboyano que focaliza las inversiones y las ayudas en la etnia mayoritaria, su etnia: la jemer. "Con presiones y con engaños hemos ido perdiendo las tierras. Muchas de ellas han sido destinadas a plantaciones de caucho con las que se han hecho millonarios". Ung nació en una aldea Kreung situada junto a una de las grandes cataratas que embellecen la zona: "Los budistas han intentado convertirnos, los cristianos también. Venían a nuestros pueblos con regalos, abrían escuelas... pero si querías acceder a todo eso tenías que renunciar a tus creencias". La melodía de su móvil interrumpe a Ung en plena explicación. La telefonía móvil, la televisión y, sobre todo, la construcción de buenas carreteras ha acabado con el aislamiento de estas tribus que han sido muy permeables a la moda y las costumbres del "mundo civilizado". Aún así, ni siquiera internet ha logrado acabar del todo con su infinito repertorio de supersticiones, tabús y leyendas.

Tabús inocentes, tabús letales

Ung nos acompaña en un recorrido por TorngNorng Lek, uno de los pueblos en que habita su tribu, los kreung. En el centro de la aldea se alza un gran edificio con paredes de bambú trenzado y coloreado con formas geométricas marrones y blancas. "Es la casa del encuentro; el lugar en que se reúne la gente cuando debe discutir o decidir algo. También la usan las familias más humildes para realizar sus celebraciones". A solo unos metros, una cuerda atada entre los árboles cierra el acceso a otra vivienda de menores dimensiones: "Esa casa es tabú. Su dueño ha hecho algo malo que puede ofender a los espíritus. Por eso ahora nadie puede entrar en ella. En unos días tendrán que hacer una ceremonia para pedir perdón a los espíritus y que se levante el tabú".

Los tabús son parte de la vida cotidiana de estas minorías étnicas. Hay poblados de la etnia Tampoun que consideran la calabaza y otras hortalizas como tabús; por ello no permiten que se cultiven, que se comercie con ellas y, mucho menos, que se degusten en el interior de sus poblados. Estas creencias aparentemente inofensivas tienen otra cara verdaderamente dramática. Quizás el mejor ejemplo de ello sea el pueblo bunong que, bien entrado el siglo XX y en su afán por contentar a los espíritus seguían realizando sacrificios humanos.

Hoy, sus preciosas casas con techos de paja que llegan casi hasta el suelo salpican los alrededores de la pequeña ciudad de SenMonorom. Del interior de una de ellas, en la aldea de Pu Long, surge una algarabía de voces y risas. Hombres y mujeres beben vino de arroz y fuman el tabaco que ellos mismos cultivan. Dos familias están de celebración; no se trata de una boda ni de una pedida, sino de una ruptura. "Una chica se comprometió a casarse con ese joven que está ahí, pero se ha arrepentido. Como la familia de él pagó en su día una dote que incluía un búfalo y varios cerdos, ahora son los padres de ella los que tienen que devolver el doble de lo recibido". Quien nos desvela los detalles de la curiosa fiesta es Heng, una bunong de 30 años que luce grandes cicatrices en el cuello y una nube blanca en su ojo izquierdo que le impide la visión: "Yo nací en este pueblo. Cuando era niña no tenía marcas y veía perfectamente. Mi madre era la comadrona de Pu Long. Un día atendió a una mujer que tenía un embarazo muy complicado. Le dijo que debía guardar reposo pero ella no le hizo caso y falleció. Su marido culpó a mi madre de lo ocurrido. Convenció a todo el pueblo de que ella había ofendido a los espíritus y que por esa razón estos se habían vengado matando a su mujer. Insistió en que si no hacían algo pronto, la ira de las ánimas se dirigiría contra el resto de los vecinos. Poco después se presentó en mi casa con otros hombres, se llevaron a mi madre y a mis tres hermanos a la selva y los mataron. Yo estaba escondida y lo vi todo". Heng tuvo que permanecer oculta en la jungla durante semanas. Allí sufrió varios accidentes y contrajo enfermedades que le dejaron secuelas para siempre: "un día tuve la suerte de encontrarme con una mujer que era maestra en SenMonorom. Me recogió, me cuidó y me llevó a un orfanato. Allí un matrimonio francés me adoptó "en la distancia"; pagaron mi tratamiento médico y mis estudios". Heng volvió hace 5 años al pueblo en que vivió su peor pesadilla: "Regresé porque temía que le hicieran lo mismo a alguna otra niña. Fui a la policía pero me dijeron que había pasado demasiado tiempo de aquello. Al final hablé con el asesino de mi madre y de mis hermanos. Pensaba que yo había muerto, así que se sorprendió mucho y enseguida me pidió perdón. Yo no le he perdonado pero tengo que mirar al futuro".

Hoy Heng se dedica a enseñar su poblado y las costumbres de sus gentes a los extranjeros que visitan SenMonorom. Es una mujer valiente, decidida y con sentido del humor. Aún así su rostro sigue reflejando una permanente amargura: "Mi gente tiene que evolucionar. No se pueden seguir manteniendo determinadas tradiciones y creencias. En estos tiempos ya no". Antes de despedirse, Heng muestra a los viajeros la cara más amable de su pueblo. Un grupo de soberbios elefantes surge de la selva conducidos por sus mahouts. Aparentemente dóciles, se sumergen en el río bajo una torrencial cascada. Un niño bunong frota dulcemente el lomo de su elefante tal y como antaño hiciera su padre y, antes, el padre de su padre. Heng se lanza al agua y se une a la improvisada fiesta en la que se dan la mano lo mejor y lo peor de un mismo mundo. La nobleza y la crueldad que todavía dominan la tierra de los espíritus.