Nepal: un viaje por todo lo alto
El otoño es la época ideal para descubrir el país de los Himalayas, cuando los monzones ya han descargado y la arquitectura del valle de Katmandú rivaliza con la belleza eterna de las altas cumbres.

La llegada al aeropuerto internacional Tribhuvan siempre me emociona. Claro que tanto el aeropuerto como el trámite de la visa han mejorado muchísimo con el tiempo, amén de los vuelos: la primera vez que llegué a Nepal con 19 años tomamos tierra en medio de una catástrofe de curry esparcido por el suelo, ya que los auxiliares de vuelo de aquel avión paquistaní pasaron de recoger las bandejas. Esa compañía aérea ya no opera, pero el descenso hasta la única pista situada a 1.338 metros de altura sigue efectuándose en espiral, para introducirse de a poco entre las altísimas montañas que la rodean, rematando la jugada con un picado en su parte final. La horda descontrolada de taxistas a la salida también ha desaparecido, pero los escasos seis kilómetros que hay hasta Katmandú se han convertido en un caos de tráfico y polución, todo un contrasentido en el país al que se acude en busca del aire puro de la alta montaña.

La situación se extiende al interior de la capital, donde el cambio de la bicicleta por la moto no ha contribuido a mejorar los desplazamientos: los peatones deben caminar por calles sin aceras, esquivando todo tipo de cachivaches, y protegiéndose con máscaras para mitigar los efectos de la polución. La cobertura móvil llega a todos los rincones del país, pero algunas vías públicas aún no disponen de alcantarillado... Y entonces, de pronto, entras por una callejuela secundaria del barrio de Thamel, agachas la cabeza para pasar bajo un dintel de ladrillo y te das de bruces con una plazoleta en la que se alza un templo como el de Kaathe.
Swyambhu Shee, con las risas de los niños resonando en las paredes mientras persiguen un balón y las palomas alzando el vuelo, sorprendidas por la intrusión. Nepal es cielo e infierno, contraste en estado puro.

Reconciliados con la ciudad, aprovechamos el tiempo para recorrer el valle de Katmandú mientras se tramita el permiso de trekking. Montañeros y curiosos siguen merodeando de preferencia por el barrio de Thamel, en un tiempo bohemio y hippie, donde hoy se suceden las tiendas de equipamiento para excursionistas. Entre mochilas y chaquetas de Gore-Tex, se esconde la calle peatonal de Samsara, en el distrito de Sagarmatha, con una selección de negocios al estilo occidental donde no hace falta regatear por todo y se pasea como por un boulevard. Solo unos metros más allá, a corta distancia del centro, comercios de toda la vida siguen vendiendo verduras amontonadas y medicamentos a granel que extraen de sacos. La plaza mayor o Durbar Square por fin se muestra reconstruida después del terremoto que destruyó sus bellos edificios de madera del siglo XII el año 2015, pero se ha institucionalizado el cobro de una entrada para su mantenimiento a los extranjeros que quieran pasar por ahí.

Alrededor de la capital hay, al menos, cuatro enclaves que visitar (o revisitar). El primero es el complejo budista “de los árboles sublimes”, Swayambhunath, aunque todo el mundo lo conoce como el templo de los monos. Disfrutar de las magníficas vistas sobre todo el valle implica subir 365 escalones y esquivar una serie de macacos acostumbrados a obtener el sustento de los visitantes. En lo alto se alza la gran estupa, alrededor de la cual circulan los fieles con sus rezos. Estas construcciones albergan reliquias y simbolizan el cuerpo, el habla y la mente de los iluminados, siempre coronadas con su torre de cuatro caras y los ojos de Buda escrutando los puntos cardinales. A sus pies se improvisan altares y ceremonias donde no faltan las ofrendas de comida, que consumirán los monjes al final de la jornada… o los monos, si no se dan prisa.

Mi segundo imprescindible es otra estupa, una de las mayores del mundo: Boudhanath. Abrumadora, ocupa la práctica totalidad de un centro histórico donde abundan los refugiados tibetanos. El citado terremoto de 2015 provocó una grieta en su superficie, de la que ya no queda rastro. Es imposible andar por encima de su curvada superficie sin sentir algo especial, cierta energía. Tal vez por eso también abundan los que se sientan sobre la estructura adoptando posturas de yoga o practicando la meditación —además de hacerse selfies—. Hace años, Bernardo Bertolucci sumó al título de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco de Boudhanath otra capa de popularidad al rodar varias escenas del Pequeño Buda aquí. Ajenos a tantos reconocimientos, al atardecer surgen de las gompas o monasterios que hay alrededor los monjes que, en el sentido de las agujas del reloj, harán girar sus molinillos de oración. Se les unen en silencio las gentes del lugar, además de extranjeros entre curiosos y fascinados, formando una comunión de almas.

La lista se completa con las poblaciones de Patan y Bhaktapur, un atracón de belleza artística y arquitectónica. La primera atesora la más hermosa plaza Durbar del valle —ya que es su ciudad más antigua—, así como gran cantidad de esculturas de gran valor en el museo local. Se fundó en el siglo III a. C. como primera capital del Reino de Nepal, pero no fue hasta la visita del rey Ashoka, impulsor del budismo en Asia Central y del Sur, que se definió el trazado definitivo de sus calles. Se construyeron cuatro templos en cada uno de los puntos cardinales, más uno mayor en el centro, de forma parecida a los mandalas o pinturas de meditación budistas. Por eso, en la plaza mayor distintas pagodas o mandirs llaman la atención, siempre con siete pisos que simbolizan el mismo número de estadios que debe superar el hombre para alcanzar la iluminación. Pero la más famosa de todas es la de Nyatapola, que señorea la plaza Taumadhi Tole de Bhaktapur. A decir verdad, es allí donde se encuentra el conjunto urbano mejor preservado del valle, destacando en pleno centro el Palacio de las 55 ventanas y el baño real Sundari Chowk, protegido por dos imponentes cobras de bronce. Tanto esplendor se debe a que la “ciudad de las bellezas” fue lugar de paso obligado en la ruta entre China, el Tíbet y la India. Se la conoce también por su tradición cerámica, algo que comprobamos callejeando: por todos lados aparecen docenas de jofainas y vasijas secándose al sol en medio de las plazas, tendidas sobre esterillas. Los abuelos hacen tertulia a la sombra con la excusa de que las vigilan, y por los rincones resuena el batir de un martillo sobre el cobre o el repiqueteo de un cincel sobre la madera, trazando filigranas bellísimas que decorarán puertas y ventanas. El conjunto parece extraído de otra época, y más porque aquí brilla por su ausencia el tráfico rodado.

Cuesta irse, pero por fin el permiso está listo y llega el momento de cambiar la cerveza fría por el té caliente al atardecer, siempre bienvenido al final de una jornada de trekking. Los guías prefieren de entrada un vaso de agua tibia, porque dicen que les ayuda a equilibrar la temperatura del cuerpo, dejando el té para acompañar la comida que, con gran probabilidad, consistirá en dal bhat, básicamente arroz a voluntad acompañado de sopa de lentejas con verduras guisadas, algunos pedacitos de carne y el encurtido al limón o fermentado que llaman achar, todo servido en pequeños cuencos para ir mezclándolo al gusto. En este caso, nuestra ruta será breve, la conocida como Poon Hill, primero por los días disponibles, y segundo porque mi compañera de viaje no ha visitado antes el país y esta caminata ofrece estupendas vistas de los Himalayas a cambio de un esfuerzo relativo. Conviene saber que la mayor parte de los senderos del Nepal, incluso los que suben hasta el campo base del Annapurna, están empedrados, y en muchas ocasiones se presentan como una interminable sucesión de escalones que suben y bajan para superar los desniveles, si no los salvan con oscilantes puentes tibetanos.

De Katmandú a Pokhara, la capital extraoficial del senderismo del país, distan solo 200 kilómetros, pero se tardan cerca de ocho horas en cubrir el trayecto. Antes era un viaje lento, de conducción errática y polvoriento; ahora es lo mismo, pero con menos polvo porque se ha asfaltado la pista, ventaja que se aprovecha para rellenarla con más y más camiones. Eso sí, se puede comprar el billete para un “bus turístico”, algo más caro y con un poco más de espacio para las piernas. El nombre lleva a confusión, porque también lo usan los locales, pero la música que pone el conductor tiende a ser menos estridente. A orillas del lago Phewa, Pokhara tiene su encanto, pero como ya venimos equipados desde la capital, aprovechamos la parada de Nayapul para ahorrarnos algunos kilómetros. En esa encrucijada arrancan muchos de los senderos que se adentran en la región, así como el silencio que nos va a acompañar en el camino. Bastan unos pocos pasos para entrar en otro mundo. Contribuye a las buenas sensaciones el cargar con poco equipaje, ya que toda la marcha se puede hacer pernoctando en tea houses, alojamientos simples donde también se puede comer. Hoy por hoy, muchos disponen de habitaciones privadas y baños con agua caliente, cuando no hace muchos años a lo mejor que se podía aspirar era a un cubo de agua calentado en la hoguera para echárselo por encima tras un día de calor y sudores. En definitiva, basta llevar un recambio de ropa con un buen plumón, saco de dormir y algunos básicos personales para disfrutar de la experiencia.

Los primeros pasos se dan entre arrozales dispuestos en terrazas y ríos que discurren bajo puentes colgantes. Senderos de piedra ascienden sin tregua hacia Ulleri, una fuerte pendiente de 700 metros de desnivel que se supera gracias a una escalera de más de tres mil peldaños, poniendo a prueba tanto las piernas como la determinación del caminante. Por suerte, al fondo se atisban por primera vez el perfil del Annapurna Sur y el pico sagrado del Machapuchare, a modo de motivación. Luego alternan los bosques de bambú con los de coníferas y rododendros, que en primavera se inflaman de tonos cálidos, siempre siguiendo un camino marcado por los hitos de piedras depositadas por los montañeros o con banderas de oración multicolor que lanzan sus plegarias al viento.

Durante la siguiente etapa, la noche se hace corta en Ghorepani, ya por encima de los 2.800 metros de altitud. El nombre significa “abrevadero de caballos” y se ubica dentro del Área de Conservación del Annapurna. La población vive de dar servicio a los escaladores que van hacia el campo base del Annapurna o bien a Poon Hill, saliendo de madrugada, bien abrigados e iluminando el camino con frontales. El motivo de ponerse en ruta a horas tan intempestivas es alcanzar un mirador privilegiado antes de que los primeros rayos de sol empiecen a lamer las cumbres de los colosos de más de ocho mil metros, como serían, de izquierda a derecha, la cadena montañosa del Dhaulagiri, el macizo del Annapurna y el pico del Machapuchare, conocido como la “cola de pez” por su forma puntiaguda. La cumbre de este último nunca ha sido pisada, ya que se considera sagrado.

Podría parecer que este es el punto culminante del trekking, pero quedan días por delante para regresar por otra vertiente, disfrutando siempre de vistas espectaculares y de la hospitalidad local. Biretanti y Tadapani aparecen entre bosques cuya humedad cala los huesos mientras los monos te observan entre las ramas. Excursionistas y porteadores cargados con bultos de dimensiones alucinantes suben mientras nosotros bajamos, intercalados con reatas de burros que transportan lo indispensable hasta aldeas como Ghandruk, la segunda población de etnia gurung del país. Dispone de un pequeño museo de la vida tradicional, del Centro de Conservación del Annapurna y de servicios médicos y escuela, de la que salen niños y niñas de riguroso uniforme. Entre las casas de piedra con balcones de madera hay quien teje o extiende el grano para que seque. Y de en medio de la nada surgen caras alegres que saludan con un namasté, que se complementan con la charla casual con otros viajeros, unidos durante un instante por la emoción del paisaje y la experiencia compartida. Porque más que de conquistar una cima, de lo que se trata aquí es de conquistar una emoción.
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