Nayarit, el tesoro del Pacífico Mexicano

El litoral de este pequeño estado encajado entre Jalisco y Sinaloa no solo brinda más de 300 kilómetros de playas vírgenes donde vienen a aparearse las ballenas, sino también montañas escarpadas, naturaleza tropical y las impresionantes Islas Marietas con la icónica Playa Escondida. En sus alegres y coloridos pueblos la vida discurre al son de la música y el surf.

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: Cristina Candel
Revista VIAJAR

Apenas se asoma el sol por detrás de las montañas, pero ya la playa recoge su luz dorada y recorta el perfil de las palmeras. Es muy de mañana y el aire huele a huevos rancheros y café de olla, mientras el malecón se despereza con las primeras luces: niños con el uniforme impecable camino de la escuela, una mujer que corre junto a su perro, pescadores que regresan con sus capturas y surfistas con la tabla bajo el brazo, presurosos a la llamada de las olas porque “hoy el mar está padrísimo”.

Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en el pueblo de Sayuliya, en Bahia de Banderas | Cristina Candel

Estamos en México, a orillas del Pacífico, en el que está considerado el destino más joven del país: el litoral del estado de Nayarit, encajado entre Jalisco y Sinaloa. Una franja de más de 300 kilómetros de costa tropical, en la que se suceden cumbres escarpadas, islas de coral y coloridos pueblos abiertos al océano en los que late una contagiosa alegría.

Es al buen clima, a la rica gastronomía y a una hermosa forma de entender la vida a lo que debe el éxito este rincón tapizado por una selva que se extiende desde la serranía hasta el mar y que es el santuario de un emblemático mamífero: el jaguar, que está en peligro de extinción. Pero también se lo debe a una cultura precolombina muy ligada a la naturaleza, que absorbe la herencia de cuatro etnias que hasta conservan sus propias lenguas. La más importante: la huichol, que ha logrado permear, hasta el día de hoy, sus costumbres y tradiciones.

El hotel boutique Imanta Resort, en el área de Punta de Mita | Cristina Candel

Claro que para hacerse notar, para arañar una pequeña porción del pastel turístico, esta región hubo de cambiar su nombre a otro más evocador. La Riviera Nayarit es ahora lo que antaño fuera la Bahía de Banderas, el título dado a esta tierra por aquellos españoles que, perplejos, encontraron a unos hombres ataviados con unos palos de dos metros que estaban coronados con plumas. Eran los buceadores, que tenían la habilidad de sumergirse en los fondos para extraer suculentos mariscos que después comercializarían con las tribus del interior.

Fachada de una galería de arte en Sayulita | Cristina Candel

“La relación con el mar marca la esencia de esta zona”, apunta Guillermo Guerrero, responsable del departamento de Relaciones Públicas. “No solo en la arquitectura, en los deportes y en los fogones, sino también en el carácter de sus gentes”, aclara, en referencia a la peculiaridad de las poblaciones que este largo corredor concentra en su extremo sur: un conjunto de aldeas marineras en las que llama poderosamente la atención el espíritu de comunidad.

Visitar los municipios que se suceden a lo largo de la costa de Nayarit es constatar cómo en esta parte del mundo el día a día se rige por otros parámetros. Aquí encontramos amor por el arte, educación multicultural, conciencia medioambiental. Un gusto por lo auténtico y artesanal, por lo sencillo y sostenible. Los alojamientos son pequeños; la comida, tradicional, la relación con el visitante, definitivamente más íntima. Que sea el segundo estado más seguro de México (después de Querétaro) da una idea de su atmósfera apacible.

Otro de los coloridos edificios de Sayulita, El Original Café | Cristina Candel

Nada que ver con la cercana Puerto Vallarta a la que, con sus grandes complejos de todo incluido y su rendición al concepto de sol y playa, muchos consideran una suerte de Benidorm azteca. Esta localidad perteneciente a Jalisco es, sin embargo, la puerta de entrada a la Riviera Nayarit por contar con el aeropuerto más cercano. A partir de aquí tomaremos la carretera federal 200, que discurre en paralelo por la costa salvaje.

Será ocasión de detenerse en Planeta Cacao, un jardín demostrativo en el que se explica la huella que ha dejado este producto en la región, antes de pasar por el pueblo de Bucerías, famoso por sus ostras de tamaño descomunal, y por el de La Cruz de Huanacaxtle, donde todo gira en torno al pescado: además de contar con el mayor puerto de la zona y una estupenda lonja de subastas, las calles tienen nombres tan salados como la avenida de la langosta o el pasaje del camarón.

El arte huichol, grupo étnico mayoritario de Nayarit, está presente en edificios y objetos de decoración | Cristina Candel

Así aparece de pronto Punta de Mita, el enclave más exclusivo de la Riviera Nayarit. “Es el reverso de la moneda, un refugio para los amantes del lujo, que encontrarán aquí prestigiosos hoteles, apartamentos residenciales y campos de golf, eso sí, sin perder su compromiso con la ecología”, comenta Guerrero. Y razón no le falta. Basta con comprobar los programas de sostenibilidad desarrollados por las grandes cadenas (St. Regis, Four Seasons y las recientemente incorporadas Conrad Hilton y One & Only) y la filosofía eco-rustic-luxury de Imanta Resorts, una delicia de cabañas ocultas en la selva en las que prima el uso de materiales naturales y el respeto por la cultura local.

Avistamiento de ballenas en Islas Marietas, dos islas cercanas a la costa mexicana del Estado de Nayarit | Cristina Candel

Pero más allá de sus sofisticados alojamientos, Punta de Mita destaca por ser el lugar desde el que se zarpa para navegar hasta la gran maravilla natural de la región: el Parque Nacional de la Islas Marietas, una área distinguida por la Unesco como Reserva de la Biosfera por tratarse del hogar de hasta 90 especies de aves: garzas, pelícanos, patos buzos, fragatas magníficas… y el más carismático de todos, el pájaro bobo de patas azules, del que encontramos la mayor población del continente americano (más incluso que en las Islas Galápagos).

Banderolas de colores decoran algunas calles de Sayulita | Cristina Candel

A las Marietas, que vivieron en el olvido hasta que cayeron en las garras de las redes sociales, se llega tras una agradable travesía en tours organizados, que suelen incluir la práctica de esnórquel en sus inmediaciones. Una oportunidad de nadar junto a tortugas marinas, mantarrayas y delfines, e incluso de divisar a las ballenas jorobadas si la visita coincide desde enero hasta marzo. Es en estos meses cuando estas criaturas colosales (que pueden llegar a medir 18 metros) acuden a la inmensa bahía para aparearse y amamantar a sus retoños.

Pero la sorpresa llega al arribar a los dos atolones (Isla Redonda e Isla Larga) que conforman este miniarchipiélago de origen volcánico, el cual emergió hace veinte mil años gracias a los movimientos tectónicos. De pronto aparece Playa Escondida (también llamada Playa del Amor) que, valga la exageración, se cuenta entre los parajes más impresionantes del mundo. Un arenal oculto en una suerte de cráter y perfecto en su forma circular.

Playa de San Pacho, otra de las mecas del surf en la localidad de San Francisco | Cristina Candel

Desde el cielo, la visión es la de un enorme agujero que esconde una playa blanquísima, acariciada por aguas cristalinas. Desde el mar, el paraíso irrumpe tras nadar apenas unos minutos a través de un túnel que se abre paso en la piedra volcánica. Es el precio a la recompensa de irrumpir en este escenario cerrado, pero al mismo tiempo abierto en las alturas, ideal para vislumbrar el reflejo del cielo en el mar.

Dada la fragilidad del lugar, tan solo 15 personas pueden acceder a la vez y por un periodo limitado de tiempo. Nadie puede permanecer en estas islas, que llegaron a cerrarse al público temporalmente en 2016 debido al impacto nefasto que estaban ocasionando las visitas. Afortunadamente hoy, ya recuperado el equilibrio ecológico, existe un férreo control para que los peces, las aves y los corales puedan convivir en armonía con esa otra especie que es el turista.

Playa Esconcida, también llamada playa del Amor, en Islas Marietas | Cristina Candel

Volvemos a la carretera, encajada entre el azul del Pacífico y el murallón de la Sierra Madre con sus montañas de color esmeralda. Y en menos de media hora, Sayulita nos recibe con una explosión de color. Calles adoquinadas, terrazas a la sombra de las palmeras, música en vivo en plena arena, tiendas con estética boho-chic y banderolas de papel picado que refulgen bajo el reflejo del sol. Es el sabor de México, aderezado con el influjo del mar. Y es que a este lugar, que ha sido condecorado como Pueblo Mágico, se lo conoce como la meca surfera de Nayarit.

Nada como cargar energías con un panqueque de maíz azul en el restaurante El Original, el único en ofrecer este manjar que tiene un origen curioso: en este territorio crecen unas mazorcas atípicas debido a que la erupción del volcán Ceboruco, en el año 1870, dotó de mineralidad a la tierra al esparcir sus cenizas. Así, con el estómago lleno, ya se estará listo para acudir a Wine Shop y hacer una degustación de raicilla, que es la variante del mezcal típica de la región.

A caballo, rumbo a la playa Patzcuarito | Cristina Candel

Sayulita es también el lugar donde empaparse de la cultura huichol, una tribu eminentemente artística que confeccionaba su vestimenta y accesorios. Este legado lo recoge la Galería Tanana, donde Cilau Valadez elabora “piezas que narran historias ancestrales”. Entre ellas, esculturas con chaquira y pinturas de estambre con cera de abeja.

Más popular es la artesanía de la colorida tienda Esto es México (calaveras, corazones, catrinas…), que también organiza la decoración de las calles en el famoso Día de Muertos. Lo explica su propietaria, Belén Sandoval: “Todo el pueblo se vuelca en fabricar ojos de Dios, que es una figura de cinco rombos que simboliza poder y protección. En la última edición llegamos a colgar cerca de 16.000. Hay mucha devoción porque esta fiesta es pura magia en la ciudad: se trata de una ofrenda real, no de un show”.

Cristina Candel

La misma autenticidad, la misma pasión, se percibe en la siguiente parada: San Francisco, cariñosamente apodado San Pancho. Un pequeño e idílico pueblo donde el compromiso social es mucho más que una mera expresión. Aquí la cultura es libre, gratis y compartida, abierta a la gente del ancho mundo. Y la muestra está en el centro Entre Amigos, que propone un modelo de desarrollo basado en una sencilla máxima: todos tenemos algo que aprender y algo que enseñar. “Se trata de un centro comunitario que brinda oportunidades educativas a los niños para potenciar su capacidad creativa y su conciencia ambiental”, relata su directora, Sara Kaminshine. Esto se traduce en programas de becas, clases de arte, actividades deportivas, talleres de ecodiseño, charlas de educación sexual… y una fructífera campaña de reciclaje que tuvo lugar cuando nadie sabía el significado de esta palabra. Tal ha sido la repercusión que hasta el propio Dalai Lama ha reconocido la labor de este centro “por contribuir a cambiar la dinámica de un pueblo”.

Cristina Candel

San Pancho, que está recostado sobre una playa de finísima arena blanca, es también el epicentro del circo gracias a Gilles Ste-Croix. El cofundador del Cirque du Soleil, de paso en esta localidad, ofreció sus conocimientos y aquella lección magistral dio lugar al Circo de los Niños. Hoy esta querida institución organiza un evento anual en el que los pequeños exponen sus habilidades en una performance de cuatro días.

Artistas y académicos, diplomáticos y hippies comparten estilo de vida en este pueblo cosmopolita que tiene su contrapunto en Lo de Marcos, más rústico y tranquilo. Un rincón alejado del bullicio en el que la naturaleza es el máximo reclamo. Se pueden hacer caminatas por el Cerro Majaguas con vistas a bonitas playas. O adentrarse en la Sierra de San Juan, trazada de bosques perfumados que se extienden hasta el volcán de Sangangüey. O explorar la Sierra de Vallejo, declarada Reserva de la Biosfera, donde, entre las caobas y los árboles de huanacaxtles, merodea el furtivo jaguar.

Cristina Candel

La costa de Nayarit es ese destino en el que todos encuentran su sitio, ese lugar en el que todo es presente. Un rincón para canalizar la energía de los más activos, que podrán dar paseos a caballo a la orilla del mar, lanzarse en tirolina sobre el espesor de la jungla, explorar las montañas en quads o entregarse a los deportes náuticos en un mar salpicado de islas coralinas cuyos fondos son todo un acuario natural. Pero también para saciar el espíritu de aquellos otros, menos aventureros, que son rastreadores de fuentes de plenitud. Estos mismos vivirán su propia fusión con la naturaleza en sesiones de yoga y meditación, contemplarán el ocaso con los pies en la arena y hallarán el refugio perfecto en estos pueblos de corte bohemio que son una puerta a otro mundo más apegado a la tierra.