Cuando la Naturaleza necesita un confinamiento: el Parque Nacional Tayrona

La historia de recuperación de uno de los destinos favoritos de Colombia

José Miguel Barrantes Martín
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La Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña costera más alta del mundo, se alza impetuosa frente al mar Caribe en el norte del segundo país con mayor biodiversidad del planeta: Colombia.

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El país sudamericano, perteneciente al selecto grupo de países del mundo considerados «megadiversos», sólo superado por Brasil en esta clasificación – si bien ocupa la primera posición en relación a su tamaño -, nos regala paisajes y espacios naturales únicos, así como una multiculturalidad al alcance de pocos territorios del globo.

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En este sentido, las estribaciones de la Sierra de Santa Marta son uno de los mejores ejemplos en los que poder comprobar las bondades de la riqueza colombiana. A unas pocas decenas de kilómetros de la ciudad portuaria por excelencia y capital del departamento de Magdalena, Santa Marta, nos espera uno de los parques nacionales más afamados del país: el Parque Nacional Natural Tayrona, un conjunto de ecosistemas extraordinario pero en delicado equilibrio, que ha necesitado de varios periodos de aislamiento de actividad turística para poder recuperarse de la acción del ser humano.

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Una joya del Caribe que necesitaba respirar

Es difícil resumir la gran diversidad y belleza de una de las reservas ecológicas más importantes de toda Sudamérica. 15000 hectáreas terrestres y 4500 marinas de playas de arena blanca inmaculada, aguas cristalinas, corales, manglares, lagunas, riachuelos (quebradas), selva húmeda, bosque tropical seco, cientos de especies animales, más de mil especies vegetales y de algas… y todo ello con la presencia de varios pueblos indígenas y de algunos de los restos arqueológicos más importantes del continente.

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Pero toda esta riqueza pide aire. Demanda un descanso ante la acuciante presión de la actividad turística en el parque. Es así como un acuerdo entre la entidad de Parques Nacionales Naturales de Colombia y los cuatro pueblos indígenas que habitan la Sierra de Santa Marta – Arhuaco, Kankuamo, Wiwa y Koqui -, ha respondido ante la llamada de la Naturaleza que pedía un necesario respiro para poder retomar su curso normal.

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Una iniciativa que partió en origen en 2015 con un parón de un mes, volviéndose a repetir la experiencia con éxito a principios de 2018; un aislamiento que volvió a llevarse a cabo en 2019 bajo el nombre de «Respira Tayrona» y que, dado el beneficio para los ecosistemas del parque, ha continuado proyectado para todo 2020 con tres cierres temporales a lo largo de este año.

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Además de ello, el aislamiento social obligatorio en Colombia a causa de la pandemia mundial ha ahondado en la extensión de esos cierres temporales, dando como resultado una destacada restauración de los ecosistemas que forman el área protegida, ayudando a la fauna, la flora y los recursos hídricos a recuperarse, especialmente en estos primeros meses del año que coinciden con la estación seca en la región caribeña.

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Un parque que abraza el respecto por la Naturaleza

El Parque Nacional Natural Tayrona abarca una gran amplitud de ecosistemas, que van desde los acuáticos, pasando por los litorales hasta llegar a alturas que casi rozan los 1000 metros de altitud sobre el nivel del mar, con temperaturas medias superiores a los 25 grados durante todo el año.

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En todo ese espacio natural podemos encontrar aguas paradisíacas, playas de enorme belleza, con las características rocas de algunas de ellas como la de Arrecifes – la más grande del parque -; bahías, bosques, elevaciones montañosas y toda la herencia cultural y arqueológica de los pueblos indígenas que aquí habitaban y habitan.

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Unos pueblos que representan a la perfección el respecto por la Naturaleza y su convivencia en sintonía con el entorno que les rodea, la tierra que ocuparon sus antepasados desde los asentamientos precolombinos con el pueblo de los Tayrona, quienes dejaron una huella que aún hoy en día podemos observar en lugares del parque como el pueblito Chairama o la increíble Ciudad Perdida – el Machu Pichu colombiano -, distinguida como una de las 7 Maravillas de Colombia, que aunque no se encuentra comprendida en los límites del área protegida es una de las rutas de senderismo preferidas por los visitantes que llegan a la zona, a pesar de su exigencia.

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Un territorio ancestral con lugares sagrados que, como pueblito Charaima o algunas playas, pueden tener el acceso cerrado al público por este motivo, a la espera de acuerdos que garanticen el respeto y la sostenibilidad de estos lugares.

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