Narbona o el buen vivir del sur de Francia

A pocos pasos de nuestra frontera, esta encantadora población cargada de arte, historia y buena mesa es todo un elogio a la lentitud

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: no_limit_pictures / ISTOCK

Es una ciudad sin prisas, erigida a la medida del hombre. Un rincón donde aparcar el frenético ritmo de vida para entregarse a los placeres sencillos. Por algo fue aquí, en esta pintoresca población francesa emplazada a apenas cien kilómetros de la frontera española, donde se tuvo conciencia por vez primera de lo que hoy se conoce como slow traveling. Antes de que esta tendencia tan cool aireara las ventajas de aflojar el acelerador, el filósofo Pierre Sansot ya había descubierto en Narbona el placer de vagabundear, la satisfacción absoluta de viajar sin urgencia. Y lo había plasmado en su maravillosa obra Del buen uso de la lentitud.

Claro que el lugar se prestaba a esta práctica tan saludable. Porque aunque Narbona es una ciudad modesta y apenas promocionada, aunque se trata más bien de una encrucijada de caminos para la gente que viene y va de París, de Toulouse, de La Provenza… en sí misma encierra tantas dosis de arte, historia y cultura mediterránea, que conocerla requiere emprender un viaje que, como asegura el autor, ha de concebirse "sin objetivo claro". Un viaje que, sobre todo, "ha de degustarse despacio".

Mario Eduardo KOUFIOS FRAIZ / ISTOCK

A escasas dos horas desde Barcelona, esta localidad francesa es ideal para un fin de semana cargado de actividades gratificantes. Como la de entregarse a los placeres del estomago en los meses en los que acecha el frío o aguardar a los días más largos para contagiarse del calor y la luminosidad propios de las ciudades del sur. En la época estival incluso se puede disfrutar de la playa, ya que a tan sólo 15 kilómetros, a los pies del macizo de La Clape, existe una estupenda estación balnearia.

Pero lo que permanece inmutable en cada una las temporadas es su belleza cargada de pasado, esa historia escrita con mayúsculas que asalta desde cada esquina. No en vano Narbona fue capital de la Galia romana y estuvo atravesada por la Vía Domitia, el paso obligado para ir desde Italia a España en el siglo II antes de nuestra era. Una huella que ha quedado impresa en los impresionantes restos de la calzada (descubiertos hace apenas dos décadas) que han sido restaurados en la plaza del Ayuntamiento.

Catedral de Narbona. | Leonid Andronov / ISTOCK

Es éste un buen punto de partida para abordar un entrañable paseo. Desde aquí, a pie, se descubren joyas cargadas de esplendor, como los monumentos que conforman el segundo conjunto arzobispal de Francia (después del de Aviñón), o la majestuosa Catedral de Sant-Just y San Pastor, con un insólito estilo gótico. Un paseo que conduce irremediablemente al que constituye el rincón más pintoresco: el Puente de los Mercantes, elevado sobre el Canal de la Robine, que ha sido declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. A su orilla, y a la sombra de plátanos centenarios, se extienden las ramblas Les Barques, donde todos los jueves y los domingos se montan coloridos tenderetes.

Muy cerca está el Mercado Les Halles con su mágico estilo Baltard. Un lugar donde descubrir los productos de la zona (olivas, miel, tomillo, sardinas…) pero también donde ir a tomar un vino en un animado ambiente. Es el momento ideal para reponer fuerzas y seguir recorriendo a paso lento sus calles, sus rincones flanqueados de maravillosos edificios: la antigua Capilla de los Penitentes Azules, la Casa de las Tres nodrizas, la Iglesia de Nuestra Señora de Lamourguier

Mercado Les Halles. | Pere_Rubi / ISTOCK

Después, siguiendo el ritmo de esta escapada, si lo que se quiere es disfrutar de una comida pausada, nada como acercarse a Les Grands Buffets, a diez minutos a pie desde la estación de tren. Porque este restaurante, que tiene el honor de ser el primero que propuso en Francia el buffet (una fórmula que no existía más allá de los centros vacacionales) da una vuelta de tuerca al concepto. Especializado en alta cocina tradicional con las recetas clásicas de la burguesía gala, su acierto no es otro que el de ofrecer, sin liquidar el bolsillo, un repertorio de exquisiteces sin límite de cantidad. Sólo para hacerse una idea: ostras de Gruissan, langosta a la americana, bogavantes, foies, quesos de todo el planeta, postres elaborados a diario por un maestro pastelero… y una excelente carta de vinos de la región de Languedoc-Roussillon.