Nápoles: entre el caos y la belleza

Un paseo por la ciudad de la pizza, la más temperamental de Italia 

Noelia Ferreiro
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¿Puede una ciudad ser al mismo tiempo elegante y desaliñada, culta y popular, estructurada y anárquica? ¿Puede hacer gala de una vena canalla y de la misma manera mostrarse sibarita? Ciertamente sí porque así es Nápoles, la ciudad que condensa todo el encanto del sur italiano. Una urbe bulliciosa, marinera, racial, de la que resulta imposible no sucumbir a su encanto.

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Temperamental y vociferante, pero también acogedora y hermosa, la tercera metrópoli más grande del país es, ante todo, movimiento. Y su imagen, alejada de una postal estática, es una perpetua muestra de energía. Por eso cambia de aspecto, se renueva, se transforma, muy en sintonía con el carácter de sus gentes, con ese algo de explosión telúrica que le confiere vivir a los pies del Vesubio.

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Nápoles esconde uno de los entramados urbanos más históricos del Viejo Continente. Un casco antiguo declarado Patrimonio de la Humanidad, con el que se repasa la su historia, el trasiego de las civilizaciones que han trenzado su existencia: griegos, normandos, romanos, bizantinos, franceses… sin olvidar que durante siglos también fue ciudad española. 

Comer muy bien

El centro histórico, con sus dos remozados castillos como son el Nuevo y el Del Huevo (existe un tercero, el de San Telmo, en la colina del Vómero) es el lugar donde pervive lo profano y lo sagrado. Monumentos exponentes de la fe religiosa como el Duomo, la capilla de Sansevero o la iglesia de San Gregorio Armeno, pero también edificios históricos convertidos en bed & breakfast, palacios que acogen centros de arte y espacios comerciales como la Galería Umberto I, un pasaje del siglo XIX con clara influencia parisina y todo el brillo de la Belle Époque.

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Pero Nápoles es también su latido popular, el clamor de sus mercados, el aroma a pizza recién horneada o el sabor de una sfogliatella, el dulce típico de la ciudad, que es algo así como un crujiente relleno de ricota. Y todo esto se puede hallar en el barrio Pignasecca, uno de los más vivos gracias a la Universidad, y también de los más sabrosos, pues en él se concentran los tenderetes de pescado, las famosas tratorías y los puestos que dispensan comida callejera, una práctica típicamente napolitana que se anticipa a la moda del streetfood

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La mamma en la ventana

Luego está el Nápoles más genuino. El de la ropa tendida, las motorinos anárquicas, la mamma que se asoma a la ventana profiriendo descarados gritos. Todo muy al estilo neorrealista, como una película de los años 50. Es la quintaesencia del rostro más popular, que encontramos en los Quartieri Spagnoli, el barrio nacido para hospedar a las tropas españolas cuando la ciudad estuvo bajo dominio borbónico.

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 Aquí, en estas desviaciones que salen como dedos intrincados de la elegante Vía Toledo, una de las principales arterias, en esta maraña de callejuelas desordenadas, conviven los pequeños talleres donde se elaboran a mano bolsos y calzado con los modestos restaurantes en los que se puede comer muy bien por tan solo unos euros. Y todo decorado por el mayor movimiento de street art que ha visto la ciudad: el de las obras de los artistas anónimos Cyop & Kaf que sirvieron de estímulo a la recuperación de este distrito antes degradado. Es otra de las muestras de la revitalización de Nápoles, la ciudad que siempre renace de sus cenizas. 

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