Nadar con un tiburón ballena en Holbox

En la frontera entre las verdosas aguas del Golfo de México y las turquesas del Caribe se extienden los kilómetros de arenas blancas, sobrevoladas por flamencos y pelícanos, de la isla de Holbox, que en nada envidian a las de los cercanos resorts de Cancún, apenas a hora y media de la isla. Sin embargo, su pequeña y abarcable geografía guarda uno de los mejores secretos ecoturísticos del Caribe ya que es el punto de embarque para acercarse a los tiburones ballena, los amables gigantes del mar.

Mar Ramírez
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Foto: Juan Carlos Muñoz

Aún a sabiendas del poco riesgo que supone nadar junto al pez más grande del mundo, el tiburón ballena, la primera impresión al distinguir una enorme sombra negra que se desplaza sinuosamente por las aguas es sobrecogedora. Tranquiliza saber que este gigante marino, habitante de las aguas cálidas del trópico y que llega a medir más que un autobús, ya que alcanza hasta 18 metros de longitud, solo se alimenta de fitoplancton y krill. Al contemplarlo cuando pasa junto a la embarcación, desplazándose con su figura hidrodinámica, llama la atención su gran boca, que puede medir hasta 1,5 metros y está surcada de multitud de pequeños dientes alineados, a través de los cuales filtra el agua para ingerir su alimento. Sin embargo, al lanzarse al agua nunca se olvida que se trata de un tiburón.

Las cuidadosas medidas de comportamiento que se imponen en el acercamiento a estos animales, así como la limitada presencia de embarcaciones alrededor de los ejemplares, hace posible la impresionante experiencia de sumergirse para nadar junto a un tiburón ballena, pez con apariencia de escualo y unas características manchas en su gruesa piel que lo asemejan a un tablero de ajedrez. La cita es en junio, pues es entonces cuando empiezan a llegar numerosos ejemplares a las aguas superficiales de Holbox. Llegan ávidos por alimentarse, aprovechando la gran explosión de plancton que la mezcla de aguas del Golfo de México y el Océano Atlántico origina hasta comienzos de septiembre. Nadando sin cesar, aunque no se trate de un gran nadador pues más que valerse de sus aletas se desplaza moviendo todo su cuerpo, el tiburón ballena se alimenta filtrando esta rica sopa marina.

A pesar de su imponente talla, con dimensiones propias de una ballena, y la impresión de contemplar su tremenda boca abierta para engullir todo el agua posible, el tiburón ballena es un animal muy pacífico al que no molesta la presencia de nadadores próximos a sus costados. Ya se encargan sus largas y poderosas aletas pectorales de mantenerles a una distancia prudencial para favorecer su paso; asimismo, su piel de un notable grosor y rugosa superficie avisa del peligro de aproximarse demasiado a un animal de tan extraordinarias proporciones.

La distracción maya

En la abundancia de plancton, que disminuye la visibilidad y convierte las aguas en turbias, la estrella es este singular tiburón que por las manchas circulares en su dorso los pescadores locales lo conocen como dominó. No resulta difícil observar a las mantas rayas que, con su cohorte de pececillos limpiadores pegados a su romboidal figura, nadan también en las mismas zonas en busca de alimento. Afortunadamente para la isla de Holbox, su ubicación frente a la espectacular península mexicana de Yucatán, que distrae irresistiblemente con sus huellas mayas y su diversidad de atracciones al borde de las aguas caribeñas, la convierte en el secreto mejor guardado de estas cálidas aguas tropicales ya que aloja un puñado de buenas razones para clasificarla como un paraíso que todavía permanece ajeno a los ritmos turísticos. Con solo 40 kilómetros de longitud por dos kilómetros de ancho, hermana su relajado ambiente pesquero con una naturaleza bien conservada. Además, dispone de una oferta turística adecuada para satisfacer las necesidades viajeras sin perder de vista todos los encantos que la hacen un destino apetecible. Baste para ello con disfrutar de una puesta de sol en isla Pájaros, un reino tranquilo para las aves que solo se ve agitado en los minutos previos al atardecer, cuando, por centenares, flamencos, garzas y pelícanos buscan sus posaderos y nidos en el manglar para pasar la noche.

Mientras la algarabía alada se sosiega, es momento de ascender a alguna de las torres de observación para disfrutar con el espectáculo de este santuario natural, donde lo flamencos brillan con sus tonos rosados y las diferentes especies de garzas destacan por su elegancia, que compite con los reflejos del agua de la laguna de Yalahau, también conocida como laguna Conil, que con las últimas luces del día se hacen de un intenso verde.

Una isla para disfrutar

Abierta hacia el Atlántico se extiende con sus 34 kilómetros la larguísima playa de Holbox, junto a la que se asienta la única población de la isla, cuyas calles desembocan en el arenal en continuidad, ya que las vías no están pavimentadas. Por ello es habitual ver a vecinos y visitantes caminando descalzos por el núcleo urbano. El puerto del pueblo refleja durante las mañanas el ajetreo de las embarcaciones que salen en busca del tiburón ballena o de los pescadores que regresan con su preciada carga de la jornada. Al caer la tarde son los paseos por el muelle y la orilla marina, en busca de bonitas conchas, momentos relajados de espera para la cita con las últimas luces del día. Entretanto, las terrazas de bares y restaurantes en la arena encienden sus luces y velas atrayendo a los amantes de esa cita ineludible del fin de la jornada. Al extremo más oriental de la isla se distingue el cabo Catoche, como el punto donde las turquesas aguas caribeñas se unen con las más verdosas del Golfo de México, siendo a su vez el lugar más septentrional de Yucatán. Los aficionados al kitesurf gustan de su playa por los buenos vientos. El baño también resulta muy agradable, así como el paseo por su orilla de blancas arenas. El faro y un asentamiento temporal de pescadores son las únicas huellas humanas; el resto es soledad y aguas caribeñas de embrujo.

Por su parte, los aficionados al esnórquel tienen en los fondos rocosos de Los Cuevones una buena inmersión de apenas cuatro metros de profundidad. Allí se observan numerosos peces caribeños entre los corales. Aunque lo más impresionante resulte el encuentro con un tiburón gato, ya que suele descansar bajo las grandes oquedades de las rocas.

La isla Contoy

Desde Holbox, llegar a la cercana isla Contoy es situarse al borde del segundo arrecife más largo del mundo. Por eso toda la isla está protegida como Parque Nacional, nadie habita en ella y hay que solicitar un permiso para desembarcar. Así se podrá visitar su centro de interpretación, subir a alguna de las torres de observación y recorrer sus dos senderos autoguiados que muestran las lagunas, manglares intactos y retazos de selva donde se refugian centenares de aves. Algunas tan vistosas como las fragatas, pelícanos café, garzas y golondrinas marinas. En la distancia, sus aguas esmeraldas y turquesas ya la convierten en una postal caribeña, y al llegar se obtienen más sorpresas, como descubrir alguna de las tres especies de tortugas -verde, carey y caguama- que las frecuentan y que en verano buscan sus playas para desovar.