Myanmar: todo el encanto del lejano Oriente

Myanmar, la antigua Birmania, la tierra de las pagodas doradas, la gente más amable del mundo, las mujeres pintadas con Thanaka y los quinientos mil monjes vestidos de color granate todavía permanece misteriosa a los ojos de los occidentales. Myanmar es el objetivo de la próxima Expedición VIAJAR. Un viaje único, organizado y comercializado por B the Travel Brand, para descubrir los palacios que deslumbraron a Kipling, en Mandalay; la llanura de Bagan, con las dos mil estupas que asombraron a Marco Polo; el lago Inle, con sus mercados flotantes, y la increíble Yangon, la ciudad de los astrólogos, los rubíes y la pagoda más sagrada del budismo.

Mariano López
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Foto: Tino Soriano

Cuanto significaba –y significa– para los occidentales “el lejano Oriente” está en este país, la antigua Birmania, Myanmar. Interminables campos de arroz, palafitos de bambú, palacios y puentes de madera, miles de monjes con túnicas granate, hombres que visten longyis, mujeres con los pómulos decorados con thanaka y cientos, miles de pagodas doradas. El escritor Norman Lewis quedó impresionado por la constante sucesión de las pagodas en Birmania. “Por eso a este país se le conocía –escribió– como ‘Savarna Bhumi’ (la tierra dorada) o ‘Sona Paranta’ (el país dorado): por la luz de sus pagodas”. 

Tino Soriano

Las pagodas son el centro de la vida espiritual birmana. A cada paso hay una. Los birmanos las visitan casi a diario para ofrecer sus respetos al Buda, meditar, ofrecer limosnas y ganar méritos para la próxima vida. Los ingleses se reían de los hombres birmanos porque llevaban falda. Los birmanos rezaban para que los británicos tuvieran más suerte en la siguiente vida y les deseaban lo mejor: que nacieran en Birmania y fueran budistas. 

La inmensa mayoría de la población birmana es budista. La vida cotidiana de los birmanos está marcada por la importancia que tienen las acciones de mérito: la donación a los monjes, la oración en la pagoda, la participación en las festividades. Pero hay algo que diferencia al budismo de los birmanos del budismo que se practica en otros lugares, como el Tíbet o Nepal. La diferencia se advierte en las imágenes de Buda. En Birmania, los budas sonríen, como si enseñaran que el camino hacia la Iluminación está alejado de la severidad y de la tristeza: reclama sonrisas, exige un notable grado de felicidad.

El país de la amabilidad

Tino Soriano

La antigua Birmania es el país de la amabilidad. Sir James G. Scott, un funcionario británico que sirvió durante 35 años en la Birmania colonial, escribió una gran obra, titulada Vida y nociones de los birmanos, donde se afirma que los birmanos son los más calmados y contentos de los mortales. No necesitan el dinero, carecen de ambición.

En Myanmar, el verdadero prestigio no lo posee el millonario sino el monje. Los monjes budistas, de tradicional túnica granate –rosa, en el caso de las monjas– encarnan el modelo a seguir para quienes buscan la felicidad en esta vida y desean obtener méritos para avanzar hacia el nirvana en la siguiente reencarnación. Hay más de 500.000 monjes, repartidos en los 56.000 monasterios y miles de conventos y centros budistas del país. De ellos, 300.000 son novicios, en su inmensa mayoría hombres. El número de monjas no llega a las 45.000. 

Los monjes novicios

Tino Soriano

El noviciado o sin pyu es la etapa más importante en la vida de un joven birmano. Suele emprenderse entre los 9 y los 12 años. En las familias más apegadas a la tradición, el niño ingresa en el noviciado el día de la luna llena de waso, a principios del verano. Por la mañana se le afeita completamente la cabeza. La madre guarda los cabellos en una caja que enterrará en la proximidad de una pagoda. El aspirante a novicio entra, ya rasurado, en el convento o monasterio donde recibe las primeras instrucciones: no podrá comer alimento alguno después de mediodía, tendrá prohibido cantar, jugar, utilizar cosméticos, sentarse en un sitio elevado, poseer dinero, mentir, robar, maltratar, tener relaciones sexuales, blasfemar y escuchar doctrinas heréticas. Cuando el candidato acepta y es aceptado, recibe la sangha, la túnica granate que le distingue como monje. Luego, el maestro de ceremonias, el sayadaw, le concede el thabeit, el cuenco negro, de madera o metálico, con el que saldrá a pedir comida. A partir de ese momento, sus padres deben tratarle con respeto y nunca más referirse a él como un niño: al recibir el cuenco y la túnica, ha dicho adiós a su infancia. 

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Todas las mañanas, los monjes madrugan para pedir comida con su thabeit. No tendrán que esforzarse, la respuesta es inmediata y positiva. Los birmanos consideran su primer deber atender a los monjes. En cada pueblo, en cada barrio de la gran ciudad, es frecuente ver de madrugada a los vecinos a las puertas de sus casas con platos de arroz, pollo y frutas para servirlos en los cuencos de los monjes. 

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En ocasiones, las pagodas acogen altares para los nats, los espíritus de la naturaleza. También alojan los símbolos protectores del día de la semana en que uno ha nacido (el dragón, los domingos; el tigre, los lunes; el león, los martes...) y a veces un rincón para el astrólogo. En los tiempos de la Junta birmana, se podía decir que el birmano era el único gobierno del mundo oficialmente supersticioso. El general Ne Win introdujo los billetes de 5, 15, 45 y 90 kyats (la moneda local) porque los astrólogos le recomendaron billetes múltiplos de cinco. En 2005, el gobierno decidió cambiar de capital. Centenares de funcionarios recibieron de madrugada la orden de mover su casa de Yangon, la antigua Rangún, a Naypyidaw, la nueva capital, situada a más de 300 kilómetros de distancia. El Times dijo que los astrólogos birmanos temían catástrofes o invasiones extranjeras en Yangon y ante ese pronóstico de los astrólogos –en el siglo XXI– el gobierno decidió el traslado inmediato de la capital.  

Respeto a la Tradición

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Birmania, escribió Kipling, es distinta a cualquier otro lugar que se haya visto antes. Lo era en tiempos de Kipling y lo sigue siendo ahora. Myanmar es aún hoy uno de los países más anclados a sus tradiciones. Se manifiesta ante todo en las prácticas religiosas, en sus convicciones, pero también en la ropa, en el uso de la thanaka, en la cortesía y el exquisito respeto con que los birmanos tratan a sus mayores. La edad es sinónimo de experiencia y de sabiduría. Y si para los birmanos la regla general de comportamiento consiste en evitar a toda costa una ofensa, la atención y la amabilidad son máximas cuando se trata a un anciano. 

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La belleza también es importante y pasa por el uso de la thanaka. La thanaka es una pasta de color amarillo suave que se aplican en la cara y en los brazos la mayor parte de las mujeres y los niños de Myanmar. También los hombres, en ocasiones, lucen en sus pómulos esta crema de probadas cualidades refrescantes, protectoras y antisépticas. 

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La thanaka protege la piel del sol, evita el acné, limpia y refresca el cutis y realza la belleza del rostro de los birmanos. Su uso se inició hace más de dos mil años. Se obtiene de la corteza de una planta tropical, muy común en la zona central del país, un arbusto conocido como naranjo jazmín o árbol de la thanaka. La crema se consigue moliendo la corteza del tronco de esta planta con un poco de agua hasta obtener la cremosidad propia de la pasta. Tiene un aroma parecido al sándalo y se encuentra con facilidad en todos los mercados del país. La otra seña de identidad, la otra clave de la belleza birmana, es el uso del longyi, una falda de tubo de vivos colores que se abraza a la cintura y cubre desde la cadera hasta los tobillos.

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Fue introducido en el siglo XIX en Myanmar por emigrantes del sur de la India. Es una prenda básica, pero ciertamente elegante. Consiste en un rectángulo de tisú –en las grandes ocasiones, de seda– de unos dos metros de largo y ochenta centímetros de ancho, cosido en forma de tubo. Lo llevan tanto los hombres como las mujeres, aunque existan diferencias. El longyi de los hombres se denomina paso, suele lucir colores discretos y se abrocha, según es costumbre, por delante. La prenda de las mujeres se denomina htamein, lleva colores más vivos, con variados motivos ornamentales, y se abrocha a un lado. Mientras que la aplicación de la thanaka es exclusiva de Myanmar, se pueden encontrar prendas parecidas o iguales al longyi, con otros nombres –lungi, longi, saaram o sarong– en otros lugares del sudeste asiático y del subcontinente indio. 

Los Mercados 

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El lugar por excelencia para apreciar el universo de colores, olores y sabores de Myanmar es el mercado, los infinitos mercados de la antigua Birmania. No hay problemas con las fotografías. En cada puesto, los vendedores devuelven, amplificada, nuestra sonrisa. George Orwell, seudónimo literario de Eric Blair, el autor de 1984 –libro prohibido por los militares birmanos porque lo consideraban una crítica a su gobierno–, fue oficial de la Policía británica en Birmania. A Orwell le maravillaban sus mercados. En su libro Los días de Birmania, escribe: “En el mercado había pomelos como lunas verdes colgados de cuerdas, bananas rojas, cestos de gambas del color del heliotropo y el tamaño de langostas, pescado seco y quebradizo atado como legajos, chiles carmesí, patos abiertos y curados como jamones, cocos verdes, larvas de escarabajo gigantes, trozos de cañas de azúcar, sandalias, longyis de seda a cuadros y afrodisíacos con forma de pastilla de jabón”.

La Montaña de Jade 

Los mercados son el mejor escenario para conocer la diversidad del país habitado por no menos de 135 grupos étnicos diferentes, que incluyen a las padaung, las célebres mujeres jirafa, que suelen vender pañuelos bordados en los mercados flotantes del lago Inle. En su obra Viajes por Birmania, Norman Lewis presume de saber identificar en los mercados a los shan, por sus enormes sombreros; a los kachin, con sus cordones de monedas y sus faldas tejidas en zigzag; a los lishaw, que parecen –dice Lewis– cosacos desaliñados. 

También hay mercados en los que se venden piedras preciosas. En el siglo XVI, el italiano Ludovico de Varthema fue el primer europeo que compró rubíes en un mercado de Birmania. En Occidente no se conocían. Ludovico llevó los rubíes a Italia junto con una muestra del resto de las piedras que había visto brillar en los mercados de Birmania: topacios, amatistas, aguamarinas, lapislázuli. 

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Cerca de la villa de Mogaung, al norte del país, se encuentra la montaña de jade. Para los emperadores chinos, la montaña de Mogaung era el primer destino de sus expediciones. Una vez al año, el emperador chino llevaba a cabo un ayuno ceremonial durante el cual ingería polvo de jade, del jade más perfecto de la Tierra, el jade birmano. Los chinos llegaron a distinguir 126 colores en el jade, que en las crónicas de su imperio siempre estuvo asociado a las cinco virtudes que, al parecer, infundía: la caridad, la modestia, el coraje, la justicia y la sabiduría. 

Del norte, del Estado Kachin, donde se encuentra Mogaung, y antes, del Himalaya, llega la mayor fuente de riqueza del país: el río llamado Ayeyarwady o Irawady, palabra que en sánscrito significa “río elefante”. Es el río más importante de todos los que cruzan el país. Su principal vía de transporte, la fuente de los nueve deltas que inundan los campos de arroz.  

Los Templos de Bagan 

Tino Soriano

Marco Polo fue el primer viajero occidental que navegó por el río y descubrió sus tesoros. Calculó que había 13.000 templos junto al río, en su mayoría en Bagan. “Sobre los rayos de sol –escribió– los templos de Bagan brillan como mil fuegos”. Se estima que Bagan llegó a sumar 4.446 templos en 42 kilómetros cuadrados. Hoy solo queda la mitad. Pero siguen brillando, como mil fuegos, cuando el Sol crea, cada tarde, el que para algunos es el atardecer más bello de la Tierra. George Orwell también navegó por el Irawaddy. Viajó espoleado por la magia con que le atraía una palabra: Mandalay. Rudyard Kipling y su precioso poema Mandalay son, en parte, responsables de la magia de esa palabra. George Orwell leyó los versos de Kipling –“come go back to Mandalay (…) where the flyin’ fishes play– y viajó con los soldados hasta la orilla del río llamado entonces Irawaddy. “Esto sí que era Oriente –escribió–: aromas de aceite de coco y sándalo, canela y cúrcuma flotaban sobre el agua en aquel aire cálido y húmedo”. 

La Corte del último rey 

Tino Soriano

Mandalay. Nunca hubo motivos para la existencia de esta ciudad. Nunca tuvo trascendencia estratégica ni comercial. Pero en algún momento los astrólogos consideraron que este lugar era el centro del universo y así nació, treinta años antes de que escribiera su poema Kipling, la ciudad de Mandalay, donde se levantó la corte del último rey birmano. Somerset Maughan pasó por la ciudad en la década de 1920 y sostuvo que los hombres sabios deberían mantenerse alejados de esta ciudad porque jamás estarían a la altura de las expectativas creadas por sus musicales sílabas. La Junta birmana, el generalato de la dictadura, las respetó. En el año 1989, el gobierno militar rebautizó calles, pueblos, ciudades y lugares de todo el país “para deshacerse de las viejas etiquetas coloniales”, según la periodista Emma Larkin, autora de Historias secretas de Birmania. Birmania pasó a ser la Unión de Myanmar; Pagan se convirtió en Bagan; Rangún, en Yangon, y el río Irawaddy, en el río Ayeyarwady. Pero Mandalay conservó su nombre, y su nombre ha conservado la magia. La magia de un país que aún permanece misterioso: Myanmar.