Murillo vuelve a Sevilla

IV centenario de su nacimiento. En realidad apenas salió de ella, aunque sus lienzos pronto se dispersarían por medio mundo. Con motivo de su IV Centenario, el Año Murillo invita a redescubrir Sevilla de la mano del maestro hispalense, injustamente catalogado como un autor poco menos que beato. Junto a un rosario de exposiciones que devuelven lo mejor de su obra a la ciudad que plasmó con la minuciosidad de un buen reportero, a lo largo de 2018 se han programado itinerarios consagrados a su legado, conciertos, talleres incluso para niños y hasta fiestas que recrean esa Sevilla del Siglo de Oro, puerto entonces a las Américas, tan reconocible cuando se pasea entre sus empedrados.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

De serle concedido el deseo de vagabundear de incógnito por su ciudad, Bartolomé Esteban Murillo, tras pasar revista a los cuadros que le encomendó la Catedral, tendría como todo hijo de vecino que estar ojo avizor al vaivén de tranvías galácticos que, sin hacer ruido, discurren por la misma avenida donde, en la Sevilla del comercio exclusivo con las Américas que él conoció, se agolpaban cambistas e impresores, buscavidas ávidos de probar fortuna en ultramar y mercaderes llegados incluso de Génova o Flandes. Más cuidado habría de tener, para no ser arrollado, con las bicis que enfilan a toda velocidad por los jardines junto al Alcázar que hoy llevan su nombre. De no haberse cambiado sus ropas del Siglo de Oro por otras más acordes con los tiempos, los enjambres de turistas se harían selfies con él sin reconocerle, a pesar de haber pasado atolondrados por delante de su estatua frente al Museo de Bellas Artes.

Le costaría dar crédito a la barbaridad de palacetes que le brotaron a la capital andaluza para la Exposición Iberoamericana de 1929, con sus antiguos pabellones reciclados y en perfecto uso, a diferencia de los no tan afortunados de la Expo del 92. Y se toparía con una ciudad igual de luminosa que la que reflejó en sus lienzos, pero más limpia y más justa que aquella Sevilla de pocos ricos y muchos pobres que perdía fuelle en favor de Cádiz como puerto al Nuevo Mundo y a cuya incipiente decadencia le dio la puntilla la epidemia de peste que a mediados del XVII, siendo él toda una celebridad, se llevó por delante a la mitad de sus vecinos. Incluidos, en apenas semanas, a sus tres primeros hijos.

Con lo que le inspiraban las escenas populares, tan mal vistas entonces en un pintor de su talla, de seguro se fijaría en el ambientazo de las mil y una tabernas en las que los parroquianos se engollipan de buenas viandas a la hora del tapeo, y en las gitanas de pañoleta que tratan por el casco viejo de venderle una ramita de romero a los incautos. No hallaría ya rastro de los pilluelos hambrientos que retrató con una dignidad y un afecto que delatan que el artista debía ser un buen tipo. Lo que sí encontraría sin dificultad es el camino a casa. Porque para volver a ella no tendría más que cruzarse el barrio de Santa Cruz, cuyo trazado moruno entre plazas encaladas sigue de lo más reconocible. Este caserón color terracota frente al convento de las Teresas acaba de acondicionarse como Centro de Visitantes del Año Murillo. Una especie de kilómetro cero para las celebraciones del 400 aniversario de su nacimiento.

El verdadero Murillo

Aventuraba el alcalde hispalense en la presentación del Año Murillo que este hijo ilustre de la ciudadpintaba para ojos que todavía no habían nacido”. Puede que la libertad de su pincelada y lo vaporoso de sus transparencias no se apreciaran en todo su tecnicismo como hoy, pero lo cierto es que este primer espada del Barroco sevillano cosechó en vida un éxito sin peros. Con la humanidad benévola que otorgó a sus vírgenes y a sus santos supo ganarse tanto al clero que le daba trabajo como a los desheredados en esa Sevilla de lutos, de la esperanza de un cielo sin tormentos. Aunque en España casi todo lo que se conserva de él es de temática religiosa, también quiso captar –y eso es en parte lo que le hace tan moderno– el día a día de la ciudad cosmopolita pero destronada en la que vivió.

Vista nocturna desde el Metropol Parasol, denominado de forma oficial desde su apertura como Setas de Sevilla, en la céntrica Plaza de la Encarnación. | Luis Davilla

Como sus propios lienzos y la propia Sevilla, Murillo a lo largo de los siglos ha tenido sus claroscuros. Si en el XIX la cotización bárbara de sus cuadros provocó que durante la ocupación napoleónica el mariscal Soult se llevara para Francia una cincuentena de ellos, las vanguardias del siglo pasado despreciaron su obra, reproducida hasta estragar en estampillas baratas y recordatorios de la comunión. “Devolver a Murillo al punto de equilibrio que siempre debió tener” sería la mejor recompensa de este IV Centenario para el asesor del Año Murillo Enrique Valdivieso. Según este catedrático emérito de Historia del Arte, ni el pintor fue el mejor del mundo, como hizo pensar que en 1852 su Inmaculada de los Venerables fuera vendida al Louvre por los herederos de Soult a un precio nunca antes visto, ni mucho menos es un autor para beatas. Que Franco negociara la devolución de este cuadro con el gobierno colaboracionista de Vichy sirvió para que hoy luzca en El Prado, pero flaco favor le hizo a la reputación del artista convertirlo en un símbolo del régimen.

Con el objetivo de reivindicar su figura como patrimonio de Sevilla y que los sevillanos a su vez se apropien de ella, la ciudad ha echado el resto con los preparativos de todo un año en su honor. Además del rosario de exposiciones que abordan cada aspecto de su obra con cuadros recién restaurados o llegados de las mejores pinacotecas, se han orquestado desde talleres con los que acercar a los niños a los días de Murillo hasta un congreso internacional para expertos; desde ciclos de música del Barroco en capillas vinculadas a su vida hasta fiestas como las que celebraba el puerto fluvial cada vez que volvía la flota de las Indias. Incluso cocina de la época por muchos restaurantes o visitas con las que, pertrechados de unas gafas de realidad virtual, viajar a la Sevilla del Siglo de Oro. Ya con vocación de mantenerse para siempre, también se han señalizado unos itinerarios con los que salir al encuentro de una ciudad en la que el maestro se debía sentir muy cómodo, pues, salvo los seis o siete meses que pasó en Madrid –probablemente indagando en las Colecciones Reales de la mano de Velázquez–, nunca quiso abandonarla.

Museo de Bellas Artes de Sevilla. | Luis Davilla

Tras sus pasos por Sevilla

La iglesia original de la Magdalena, donde Murillo fuera bautizado el 1 de enero de 1618, ya no está en pie; cosa de nuevo de las tropas napoleónicas. Sí se conservó en la parroquia que la sustituyó la pila donde recibiera las aguas, mientras que en la iglesia de la Santa Cruz, a su vez demolida por los franceses, una placa recuerda que sus restos deben andar por alguna esquina. Pero salvo que uno sea muy fetichista, la búsqueda de su rastro, tras familiarizarse con su legado a través de la información y los audiovisuales de la Casa Murillo, bien podría arrancar en la Catedral. Allí, además de los documentos sobre su trayectoria que reúne una de las muchas exposiciones temporales de la conmemoración, puede verse la tumba de Justino de Neve, amigo y mecenas procedente de una familia de Flandes atraída por el comercio con América. El mayor privilegio, sin embargo, será admirar 16 obras de Murillo en la Catedral gótica más grande del planeta; el lugar exacto para el que fueron concebidas, más efectista que disfrutarlas en un museo.

El de Bellas Artes, dueño y señor de una notable colección de Murillos, es igualmente de visita imprescindible incluso aunque no se coincida con la antológica que se inaugurará en noviembre. Claro que antes de por las salas de este antaño convento, tan a mano de las archisevillanas calles Tetuán y Sierpes, podría bucearse por más pintura suya en el Palacio Arzobispal y el Hospital de los Venerables. O por la iglesia de Santa María la Blanca, impresionante bajo las historiadas yeserías de sus bóvedas y sus arcos. Mientras que una muestra en el Palacio de Dueñas se enfoca en su faceta de retratista y la Casa Pilatos en su temática recurrente de las Inmaculadas, el Alcázar, despampanante siempre con sus patios moros y sus jardines de oasis, tiene con el Año Murillo el triste vínculo de haber sido el lugar donde se apilaron las cerca de mil obras que el infame Soult rapiñó de los templos sevillanos, y que tras el saqueo se dispersaron por el mundo.

Catedral de Sevilla. | Luis Davilla

El artista engalanó muchos más conventos, capillas y mansiones, a menudo fuera de los circuitos turísticos. Todos ellos aparecen señalados en estos itinerarios, aunque lo que a veces se admire sean reproducciones. Lo está asimismo el Archivo de Indias, la antaño Casa Lonja donde en 1660 fundara la Academia de Pintura junto a Herrera el Mozo, decisivo en su evolución como pintor al abrirle los ojos al arte que conoció durante su estancia en Italia. Suman una veintena los escenarios por los que seguir su huella por una ciudad que lleva años restaurando cuadros y alentando exposiciones con las que calentar motores para el Año Murillo.

Personaje de novela

Precisamente para una de ellas se trajo unos meses al Hospital de los Venerables la mal llamada Inmaculada de Soult. Doscientos años después del expolio, era la primera vez que volvía a exhibirse en su emplazamiento original. Fue ante ella cuando la escritora y periodista Eva Díaz Pérez empezó a barruntar su última novela. “Sorprendentemente no había ninguna sobre Murillo”, afirma con su marcado acento sevillano. Lo que sí había eran muchas lagunas biográficas, que ha subsanado buceando aquí y allá para que la ficción resultara verosímil. Así, por las páginas de su recién publicada El color de los ángeles puede espiarse a Murillo retratando en sus cuadros las caras de sus hijos muertos, y a su mujer visitándolos por las iglesias de donde colgaban. Y a su vez a él espiando los viejos oficios, los juegos de los niños y la cotidianeidad de la gente que transformaría con su pincel en divinidades por una Sevilla de claroscuros que plasmó con la minuciosidad de un reportero mezclando sus pigmentos con el agua del Guadalquivir.

Luis Davilla

Itinerarios para descubrir a Murillo

Diseñados para el IV Centenario, pero con vocación de mantenerse sine die, estos recorridos se asoman tanto al significado último de la obra de Murillo como a la ciudad del Siglo de Oro que la inspirara, los personajes que reflejó en sus cuadros o las elites que los encargaron. El itinerario Tras los pasos de Murillo hilvana los lugares que más frecuentó o para los que realizó algún trabajo, como la Catedral y el Palacio Arzobispal, el Alcázar o la antigua Casa Lonja, el Hospital de la Caridad y el de los Venerables, y, por supuesto, la hoy Casa Murillo, que oficia como punto de partida de estas rutas que engloban más de medio centenar de originales y ochenta reproducciones. De forma transversal, Las miradas de Murillo le sigue la pista a sus temas más recurrentes –las Inmaculadas, la infancia, los retratos…– para profundizar en sus simbolismos y en su evolución como pintor. También numerosas empresas se han sumado a la efeméride con desde visitas teatralizadas para acercar su pintura a los niños hasta incursiones a la luz de los candiles por algunos de los escenarios que custodian sus obras, cenas con gastronomía del Barroco o experiencias tan insólitas como viajar a la Sevilla del XVII gracias a unas gafas de realidad virtual.

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