Moscú: más cerca, más moderna

La capital de todas las Rusias, embarcada en un espectacular proceso de modernización, se impone como un destino plenamente europeo. Y, sin embargo, bajo su piel cosmopolita de acero y vidrio asoma la ciudad de siempre, esa villa de aroma oriental que no renuncia a todo lo que la hace distinta.

Eva Orúe y Sara Gutiérrez

Desde el otro lado del continente llegan hasta España noticias que nos hablan de una urbe que crece, se divierte y derrocha; que ha recuperado glorias pasadas y construye a toda velocidad barrios de negocios nuevos; que poco o nada tiene que ver con la que el cliché ha fijado para la posteridad (y no hay mancha más difícil de quitar que un tópico bien asentado) y que sí está emparentada con otras megalópolis del mundo, tan locas como ella, tan frenéticas como ella, tan vitales como ella.

El trayecto desde el aeropuerto al centro histórico nos permite calibrar la magnitud del cambio, de cuya dimensión también dan fe los atascos que se registran en el perímetro moscovita durante las horas punta comerciales, que son muchas, porque gran parte del comercio está abierto las 24 horas del día, cuando miles de ciudadanos acuden en masa y en coche a los centros comerciales. Sin embargo, basta con superar esa barrera y adentrarse en el Anillo de los Bulevares para reencontrarse con la Moscú de siempre, que a estas alturas de evolución es una: zarista, soviética, capitalista y, sobre todo, moscovita.

Por todo lo expuesto, y porque el recién llegado ansía alcanzar cuanto antes la urbe que venía dispuesto a ver, la que ha leído en los libros y recorrido en tantas películas de espías, la visita ha de comenzar siempre y necesariamente por la Plaza Roja, que no es tanto roja por comunista como por hermosa: en efecto, Krásnaya hoy designa un color, pero en ruso antiguo significaba "bonita".

Suena a recurso de guía turístico perezoso, pero no se engañen: arrancamos en este kilómetro cero porque es la estampa que va a perdurar, y porque nos sometemos gustosos a las leyes de la tradición y la lógica. En la plaza, los moscovitas celebran casi todo lo excepcional que les ocurre: desde las victorias deportivas hasta los desfiles militares, pasando por los conciertos de música rock. Aquí tiene el poder ruso su puesto de mando, su centro neurálgico, desde tiempos inmemoriales. Esta ágora constituye el crisol casi perfecto de la vida capitalina, porque sus cuatro costados constituyen el mejor resumen que escribirse pueda de la historia de la capital moscovita. Basta con ubicarse en el centro de la plaza, plantar los pies sobre su empedrado y girar 360 grados sobre los talones para captar lo que fue y lo que es actualmente esta metrópoli orgullosa, maltratada y vigorosa.

Al oeste, la muralla del Kremlin, fortaleza de los zares, balcón elegido por los líderes comunistas y sus herederos para sacar pecho ante el mundo. El Kremlin, que luego habrá que recorrer, no es un espacio reducido, como la Casa Blanca o el 10 de Downing Street. Es una auténtica fortaleza, 28 hectáreas en las que se elevan edificios de gobierno, un teatro, varias catedrales... y un par de las cosas "más grandes del mundo", como el cañón (40 toneladas) y la campana (200 toneladas) más impresionantes del planeta. En definitiva, una ciudad dentro de la ciudad, rodeada por un muro en el que descansan los restos de muchos héroes o personajes tenidos por tales: el escritor Máxim Gorki, el periodista estadounidense John Reed, autor de Los diez días que conmovieron al mundo, el astronauta Yuri Gagarin y Josif Visarionovich Dzhughashvili, Stalin (literalmente: "hecho de acero"), que al principio compartió mausoleo con su predecesor, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, quien —él sí— reposa en ese imponente edificio de mármol, tan funcional, tan prosaico, por mucho que nos cuenten que su creador buscó la inspiración en la pirámide egipcia de Zóser e incluso en la tumba del rey persa Ciro El Grande.

Al sur, la catedral de San Basilio, sin duda el skyline más conocido de la ciudad: dibujar sus cúpulas acebolladas multicolores equivale a escribir Moscú con todas las letras. Y eso que no se llama como creemos que se llama. El nombre auténtico es catedral de la Intercesión de la Virgen en el Montículo, y su construcción (1555-1561) fue ordenada por Iván El Terrible para conmemorar la conquista del Janato de Kazán. La razón de su nombre más popular es que se alza parcialmente sobre la tumba de San Basilio El Bendito, justo frente a la Torre Spásskaya del Kremlin. En cuanto a los dos héroes celebrados en el tímido jardín que adorna su entrada, les presentamos a Dmitry Pozharsky y Kuzmá Minin, quienes reunieron voluntarios para el ejército que luchó contra los invasores polacos durante el periodo que ha pasado a los libros de historia como "Tiempos de Disturbios".

Al este están los almacenes GUM, siglas que fueron de Gosudarstvenoe Universalni Magasin (tienda estatal universal) y que acertadamente han mudado a Glavni Universalni Magasin (tienda principal universal), puesto que las boutiques que abren ahora sus puertas en este sólido edificio no pertenecen ya al Estado. Es una referencia ineludible, con su espectacular fachada de 242 metros, construida entre 1890 y 1893 y que tanto recuerda por su estructura de acero y su techo de vidrio a imponentes estaciones ferroviarias europeas. Si sus paredes, que a buen seguro oyen, pudieran además hablar, contarían que en los años previos a la Revolución rusa aquí abría sus puertas un centro comercial con casi 1.200 tiendas; que fue nacionalizado, aunque siguió albergando comercios hasta que Stalin lo destinó a acoger las oficinas de su primer plan quinquenal, y tras la muerte de su esposa Nadezhda, a mausoleo de la fallecida; y que en 1953, ya convertido en GUM, recuperó su destino comercial, que hasta el momento no ha perdido, aunque eso sí, privatizado.

Y cierran el cuadrilátero, al norte, el Museo Histórico y la Voskresenskiye Vorota (Puerta de la Resurrección), con su pequeña capilla adosada. La puerta, de dos arcos, fue destruida por orden de Stalin, ya que su estructura impedía la entrada a la plaza de las tropas y los vehículos que protagonizaban los grandes desfiles militares. Al cabo de los años, en la década de los 90, el Ayuntamiento decidió reconstruirla desde la nada para devolver a la zona su aspecto primigenio.

Si es de los que se conforman con un recorrido apresurado, o si por razones diversas no dispone de muchas horas, el visitante saldrá satisfecho gracias a este simple ejercicio de observación panorámica, tal vez completado con una visita al interior del Kremlin, un garbeo por el malecón del Moskvá, un paseo por las galerías del GUM y una escapada más allá del Arco del Museo Histórico para atisbar la plaza de los teatros: el Infantil, el Mali (pequeño) y el Bolshoi (grande), sin duda el más conocido y hermoso de los tres, cuya agitada historia arranca en marzo de 1776, cuando la emperatriz Catalina II otorgó al príncipe Piotr Urúsov el privilegio de administrar "todas las representaciones teatrales en Moscú".

Todo eso basta para fotografiar lo esencial y hacerse una idea cabal de la ciudad histórica, esa que —como sucede con otras: París, Londres, Nueva York, condenadas a convertirse en caricaturas de sí mismas— el turista busca para confirmar la idea preconcebida que trae desde casa.

Pero es evidente que, del mismo modo que París no es sólo la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, Londres va mucho más allá de Picadilly Circus y Buckingham Palace, y Nueva York no se acaba en Times Square y la Quinta Avenida, Moscú existe fuera de este recinto privilegiado. Como cierto es que, en realidad, hay varias ciudades moscovitas que se superponen.

Una, la Moscú que ha querido recrear su pasado haciendo como si en octubre de 1917 nada hubiera sucedido. Apunta maneras, ya lo hemos dicho, en la Puerta Voskresenskiye, pero se manifiesta con toda la fuerza y majestad a orillas del río Moskvá y tiene forma de Catedral: la de Cristo Salvador (oficialmente, Templo Catedralicio del Cristo Salvador del Patriarca de Moscú). La iglesia ortodoxa más alta del mundo fue construida en el siglo XIX, abierta al culto en 1883, demolida en 1931 y reconstruida tal cual en la década de 1990. El 25 de abril de 2007 acogió el funeral de Boris Yeltsin, el primero de Estado con participación de la Iglesia Ortodoxa Rusa desde las exequias del zar Alejandro III en 1894.

Otra, la Moscú que convive con su pasado más glorioso y aspira a preservar lo mejor de sí misma, por lo que cuida con mimo su aspecto centenario. Se muestra, espléndida, en la Galería Tretiakov, un edificio hermosísimo, contenedor de las representaciones del alma rusa que nos legaron pintores de la talla de Rubliov, Repin, Serov (insuficientemente conocidos en Occidente; hay que hacerles justicia), Malevich, Kandinsky...

Por último, hay otra Moscú: la que se construye, la que cambia, la que sorprende. La Moscú pujante, llena de posibilidades, ajena a la hermosa Plaza Roja y que se exhibe en la cercana calle Tverskaya, una de las más concurridas y comerciales de la capital rusa, un prodigio mutante: rígida y funcionarial aun a finales de los 80, vital y caótica hoy en día; en las dos Arbat, la vieja y la nueva, la vieja peatonal y amable, la nueva erizada de rascacielos e iluminada por los neones de innumerables casinos; y en lo que los propios rusos llaman Moscow City, un impresionante barrio de negocios que está creado a imagen y semejanza de Wall Street, La Défense o Canary Wharf, un distrito con vocación de zona business y en donde Moscú se olvida completamente de la que fue, porque sólo piensa en parecerse al resto del mundo.

¿Hace falta decir que hay que recorrerlas todas, una detrás de otra, para conocer y sentir la ciudad en toda su complejidad? Sin dejarse atemorizar por su complicación oriental, sin dejarse engañar por su voluntad occidentalizante, sin dejarse atrapar por los tópicos mentirosos, ni por las mistificaciones interesadas. Moscú es así, y así quiere que la vean. Abran los ojos.