Morella, el lugar donde hablan las piedras

Una incursión en el bello pueblo castellonense

Silvia Roba
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Aunque su objetivo era arrebatársela a los árabes, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, fue uno de los primeros personajes de la historia en conocer Morella, allá por el año 1084. Entonces no existía el mercado de artesanía y productos gastronómicos que la capital de Els Ports, al norte de Castellón, despliega cada domingo en torno a su avenida principal, la calle Blasco de Alagón, la de los soportales que actúan como refugio en cuanto aprieta el calor. Esta localidad, especialmente diseñada para olvidarse del coche y caminar, no tiene mar, ubicada como está en esa zona de interior cuyos límites se funden con los de la comarca del Maestrazgo. 

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Sobre las murallas trazadas durante la época de dominio musulmán se levantan las actuales, del siglo XIII, con 10 torres y siete puertas, entre ellas la de San Miguel, que conduce a la calle más popular del casco urbano, la del bullicioso mercado, dedicada al consejero del rey Jaime I de Aragón, responsable de la incorporación de la villa a la cristiandad.

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Pasear por las calles empedradas y en cuesta de Morella a veces resulta trabajoso, pero merece la pena si lo que encontramos a nuestro paso son palacios y casas solariegas, edificios como el Ayuntamiento o construcciones como la iglesia arciprestal de Santa María, uno de los templos góticos mejor conservados de la Comunidad. Todo en ella es una obra de arte: la escalera de caracol que da acceso al coro, el altar mayor barroco churrigueresco, los rosetones y el órgano, fabricado en 1719.

Muy cerca se alza el convento gótico de Sant Francesc, elegante y sencillo, en cuya sala capitular se conserva una curiosa pintura, La Danza de la Muerte, realizada en el siglo XV. El templo permite aproximarse, a través de un vertiginoso sendero, al castillo, desde donde se obtiene la mejor panorámica de la villa.

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Cada piedra de la imponente fortaleza ha sido testigo de numerosas batallas. De vuelta al pueblo, hay que probar las croquetas morellanas, descubrir museos, como el de los Dinosaurios, asombrarse ante su acueducto del siglo XIV o escuchar, sin más, el traqueteo de algún telar de los que aún tejen mantas rojas, verdes y negras. También, las voces susurrantes de los comerciantes que compran y venden trufa, el diamante negro que Morella esconde bajo tierra.

Solo cada seis años

De ahí el nombre la fiesta, el Sexenni, de la que se disfrutará en agosto de 2024. Los meses previos, las mujeres confeccionan más de 4.000 kilómetros de tiras de papel rizado que decorarán los balcones durante la procesión de la Virgen de la Vallivana, que saldrá de nuevo tras la promesa del pueblo realizada en el año 1673, cuando la patrona hizo desaparecer la peste. En torno a ella se bailarán danzas tradicionales. 

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