Moray, el enigmático laboratorio inca que es uno de los puntos de energía más fascinantes del mundo

Situado en el corazón del Valle Sagrado, en la región peruana de Cuzco, este centro de cultivo revolucionó la agricultura andina.

Las terrazas de Moray, un misterio inca
Las terrazas de Moray, un misterio inca / Gonzalo Azumendi

Mientras nos alejamos de la ciudad de Cuzco, capital del antiguo imperio inca, la atmósfera empieza a tornarse más fría. La carretera zigzaguea entre campos de cultivo, pequeñas comunidades y afiladas montañas que delinean la cordillera de los Andes. Sus pliegues guardan impresionantes secretos, y estamos a punto de alcanzar uno de ellos.

Carreteras que serpentean por la cordillera andina de camino a sus secretos

Carreteras que serpentean por la cordillera andina de camino a sus secretos

/ Gonzalo Azumendi

A 3.500 metros de altura, un conjunto de terrazas formadas por círculos perfectos se hunden en la tierra, como si de un teatro diseñado para la naturaleza se trataran. Su forma hipnótica está dotada de un imponente diseño para el que se tuvieron en cuenta la orientación, la profundidad y el tamaño de cada circunferencia. Nos encontramos ante un misterioso laboratorio inca que, entre los siglos XV y XVI, sirvió como una asombrosa zona de cultivo que hoy nos deja una apasionante lección de ciencia, ingeniería y agricultura.

Entre la estructura superior y el centro hay una diferencia de temperatura de 15 grados, diferencia que ayudó a los incas a recrear climas de distintas altitudes. De esta forma, la poderosa civilización pudo probar diversos cultivos, adaptar plantas y desarrollar varias técnicas que, a posteriori, implementarían también en su extenso imperio. Pero la sorpresa del lugar no acaba ahí. En cada nivel hay un drenaje diferente, por lo que el agua se filtra para que no se formen charcos ni siquiera en temporada de lluvias.

Moray, ciencia y espiritualidad en cada tubérculo

Cuando nos adentramos más en Moray (del inca moraya, que se traduce como círculo), percibimos que el viento sopla de una forma diferente, demostrándonos su primera lección de física. También la luz y la acústica cambian.

Además de ser una máquina climática y una obra científica, se cree que Moray funcionó como observatorio y centro ceremonial. “Es un punto de energía, probablemente ligado a la cosmovisión” cuenta nuestra guía Jenni. Acto seguido nos invita a meditar y a escuchar, detenidamente, los sonidos andinos. Una calma inmensa nos invade al segundo impregnándonos de la espiritualidad latente en estas tierras.

Un mirador a las terrazas de Moray

Un mirador a las terrazas de Moray

/ Gonzalo Azumendi

Este imperio, que rara vez separaba ciencia de espiritualidad, se alimentaba principalmente de quinoa, maíz y patatas. De estas últimas Perú puede presumir de contar nada menos que 3.200 tipos distintos certificados. “Pero también se cultivaban aquí hojas de coca” asegura Jenni. Propias de temperaturas más cálidas, los incas pudieron aprovechar las condiciones de Moray y sus microclimas para desarrollarlas.

Las otras maravillas del Valle Sagrado

A pocos kilómetros de Moray se encuentran las Salinas de Maras, otro de los maravillosos secretos que salpica la Cordillera de los Andes. Un blanco deslumbrante colorea este mosaico compuesto por más de 3.000 pozas que descienden por la ladera de la montaña. Las terrazas de sal están alimentadas por una fuente natural rica en minerales, funcionando desde tiempos preincaicos. Desde los distintos miradores es posible apreciar cómo las familias locales recolectan la sal de forma tradicional. Sus propiedades son incontables, empezando por las antiinflamantorias y cicatrizantes y terminando por su bajo contenido en sodio, que permite que sea ideal para hipertensos.

Al caer la tarde, los reflejos que se proyectan entre las geometrías irregulares de tonos níveos delineados por otros terracotas, se intensifican. Las formas de esta curiosa industria ancestral contrastan con la perfección de las circunferencias de Moray.

De regreso a Cuzco, no debemos dejar de detenernos en los miradores asomados a montañas o al río Urubamba, que corre bravo en dirección Machu Picchu, La Ciudad Perdida de los Incas y una de las Siete Maravillas del Mundo.

También conviene detenerse en los pequeños pueblos donde se venden textiles artesanales, entre los que destaca Chinchero, conocido por reunir a algunas de las mejores tejedoras del Valle Sagrado. En temporadas de lluvias, esta localidad muestra un fenómeno de la naturaleza que se mezcla con la cosmovisión andina. Según la tradición, aquí se puede ver cómo se funden el arcoíris macho y el arcoíris hembra formando una bandera de color que simboliza fertilidad y equilibrio en uno de los escenarios más mágicos de Perú.

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