Montenegro, la joya menos conocida del Adriático

Nos adentramos en un país fascinante en todos los aspectos. el país de los contrastes, del mar y la montaña, del medievo y del barroco, de la guerra y la paz. Destino desconocido y objeto de deseo para los viajantes más curiosos.

Carla Royo-Villanova
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Foto: zevana / ISTOCK

Destino inesperado en una Europa que rezuma historia. Una historia milenaria, compleja y apasionante, la de la península balcánica. Montenegro, frontera entre Roma y Constantinopla, joya escondida entre lagos, poljes y fiordos, rincón oculto del Adriático, mantiene casi intacta la esencia iliria de sus primeros habitantes. Esa bravura del origen que les mantuvo independientes de los otomanos combina mágicamente con la elegancia veneciana. Nos adentramos en un país fascinante en todos los aspectos. El país de los contrastes, del mar y la montaña, del medievo y del barroco, de la guerra y la paz. Destino desconocido que lo convierte en objeto de deseo para los viajantes más ambiciosos, curiosos y selectivos.

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De los ilirios se dice que fueron piratas, guerreros que buscaban ampliar sus territorios, y grandes defensores del terreno conquistado. A los romanos les costó siete siglos imponer sus costumbres a aquellos bárbaros orgullosos de su haber. Fue la Dalmacia para Roma hasta que llegaron los eslavos y tras ellos, las tierras montenegrinas pasaron a formar parte de la Serenísima República de Venecia.

Con los venecianos llegaron tiempos de comercio, y en Crna Gora (el Monte Negro) se instalaron ricos mercaderes y aristócratas venecianos que dejaron en ciudades como Kotor y Budva entornos medievales y murallas protectoras y en Perast, todo un legado de palacetes barrocos. Fueron tiempos de guerra y paz, quizá premonitorios de un futuro aún más convulso, y del devenir de una zona siempre deseada. El carácter bravo heredado de los ilirios y la sabiduría en la práctica bélica de los venecianos hicieron que ciudades como Kotor y toda la costa montenegrina nunca fueran conquistadas por la ambición otomana. Se mantuvo el comercio y a pesar de los constantes intentos de conquista, Venecia impuso su dominio, Montenegro era seguro y rico.

Es una de las joyas de los Balcanes y el país más joven del mundo. Aquí encontramos de todo: montañas, playas idílicas y ciudades medievales como Kotor, que se oculta entre acantilados. Estamos en Montenegro, que cuenta con casi 300 kilómetros de costa bañadas por las agua del mar Adriático. | Givaga / ISTOCK

Llegaron luego los austrohúngaros codiciando una costa estratégica, años después en plenas guerras napoleónicas con los franceses se repartieron las tierras. Le siguieron las alianzas con Serbia, los repartos tras las guerras mundiales, Yugoslavia y finalmente en 2006 Montenegro recupera su independencia.

Una costa muy codiciada

Más de 300 kilómetros de costa montenegrina obligan a comenzar hablando de ella para entender la complejidad histórica de este pequeño país de la península de los Balcanes. Si los ilirios la descubrieron en la Edad de Hierro, y a ellos debemos el nombre del mar que la rodea, Adria (agua), griegos, romanos, bizantinos, eslavos, venecianos, austrohúngaros, franceses y otomanos la desearon. Todos ellos dejaron su impronta en el carácter montenegrino y a ellos debemos la suerte de poder visitar un país pequeño en dimensión y grande en todo lo demás.

Panorámica de la ciudad de Kotor y del final de su bahía, con el monte Orjen al fondo. | MaksimMazur / ISTOCK

Fueron razones estratégicas en tiempos de conquista las que hicieron que la costa de Montenegro fuera poco a poco integrándose en la Serenísima República de Venecia. De aquella época podemos disfrutar ahora de pequeños pueblos con un encanto especial a lo largo de toda la costa. Las Bocas de Kotor, o Bahía de Kotor, aglutina ruinas, vegetación, alta montaña, impresionantes acantilados y un patrimonio arquitectónico que lo hicieron merecedor de la protección de la Unesco.

La pequeña población de Perast ya era habitada en el Neolítico, pero la joya barroca que hoy podemos admirar se la debemos a los venecianos, de los que aún conservan su dialecto, carácter y elegancia. A partir del siglo XV los venecianos desplazaron hasta aquí a capitanes, mercaderes y comerciantes para que protegieran la bahía de la amenaza otomana y en recompensa por el peligro, Perast obtuvo el pendón veneciano de San Marcos, con la mítica figura del león con libro abierto, símbolo de amistad y protección. Los nobles venecianos compitieron por tener el más bello palacete, postulando poderío, riqueza, pero también buen gusto. Hoy Perast es uno de los más bellos ejemplos del Barroco adriático.

Uno de estos imponentes palacios encarados al mar, el Smekja, ahora lo ocupa el Hotel Grand Perast, que cuenta incluso con una capilla propia dedicada a San Marcos con el escudo del león. El terremoto de 1979 no se apiadó de esta pequeña ciudad que apenas tiene una calle, pero gracias a donaciones privadas, el pueblo recuperó su belleza y encanto.

Estatua La bailarina de Budva en la playa de Mogren, frente a las murallas del casco antiguo de Budva. | Olga355 / ISTOCK

Hay un museo histórico con piezas y objetos cedidos por las grandes familias de Perast, 10 torres de vigilancia y varias iglesias, entre las que sobresale, por su romántica belleza y altura de su campanario, el más alto de Montenegro, la de San Nicolás. Sin embargo, cualquier visitante quedará deslumbrado por la silueta bizantina que forma la Iglesia de Nuestra Señora de las Rocas. Ubicada en la isla artificial de Gospa od Skrpjela, para cuya construcción se utilizaron los pecios que sus fondos amontonaban y se hizo la base con forma de barco en homenaje a los hombres del mar que tanto contribuyeron al esplendor de Perast.

Entre el mar y la montaña

La pequeña iglesia católica dedicada a la venerada Virgen de la Asunción comenzó a levantarse en el siglo XV, pero no pudo terminarse hasta el XVII, ya que los terremotos de la época no daban tregua. En su interior se guarda una interesante recopilación de artefactos y piezas de todas las épocas de Perast desde el 3.500 a. C. Pero llaman la atención tanto la fabulosa lámpara de cristal de murano como la propia imagen de la Virgen esculpida en el siglo XV en mármol de Carrara. Sus paredes están forradas con planchas de plata, regalos a la Virgen en agradecimiento a peticiones cumplidas. Junto a ella se encuentra la isla de San Jorge, cuyo monasterio benedictino del siglo XII no es visitable, pero sirvió de cementerio para los nobles de Perast y su perfil acipresado acompaña la exótica panorámica que ofrecen las dos islas.

La carretera que va de Perast a Kotor discurre sinuosa y como flotando entre las tranquilas aguas de un mar, que, en lo más profundo de la bahía, se ha convertido en laguna. Apenas 12 kilómetros resumen el paisaje montenegrino. A un lado, el Adriático con su peculiar azulado; al otro, las altas montañas de Lovcen, a las que los venecianos llamaron Monte Negro por el oscuro color de sus pinos, discurren paralelas a la costa queriendo abrazar el mar; entre medias, la frondosidad milenaria del bosque mediterráneo. Atravesando este marco único en Europa se llega a la ciudad de Kotor. Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1979, clavada en la falda de una gran y rocosa montaña, y colofón de los Alpes dináricos, jamás pudo ser invadida por los otomanos.

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Su peculiar enclave surgió cuando el mar invadió el valle del río Bokelj y formó un impresionante fiordo, el único fiordo de todo el Mediterráneo. En Kotor hasta el idioma es diferente, sus habitantes aún utilizan un dialecto veneciano. Aquí vivió la gran nobleza de la Serenísima República veneciana, protegida por una inmensa muralla que comenzó a levantarse ya en el siglo VIII y que fue extendiendo su perímetro hasta el XVIII. En total, cuatro kilómetros, con un desnivel de algo más del 26% y 1.355 escalones hasta llegar a la cima, en el castillo de San Juan. El esfuerzo bien merece un descanso en la ermita de la Virgen de la Salud. Desde lo más alto, la panorámica de Kotor, el fin de la bahía y la grandiosidad de las montañas impactan hasta parar la respiración y no dan pausa a las fotografías.

En la puerta principal de la inexpugnable Kotor puede leerse una cita de Tito, resumen del carácter montenegrino: “No queremos proteger a los demás, pero tampoco daremos lo nuestro”. Nada más acceder al recinto amurallado, destaca la catedral católica de San Trifón, una de las iglesias más antiguas de Europa. La primera iglesia se levantó en el 809 y fue dedicada a San Jorge.

A finales del siglo IX las reliquias de San Trifón llegaron a la iglesia cuando el barco veneciano que las llevaba a Roma tuvo que refugiarse en Kotor para protegerse de una tempestad. El Santo parecía no querer salir de la ciudad, pues cada vez que lo sacaban surgía otra terrible tormenta. A partir de entonces, Kotor lo tomó como Patrón y la iglesia fue renombrada. Se amplió en 1166 y tras los terremotos del siglo XVII se rehízo en estilo barroco. Una de sus torres esta inacabada, ya que tanta guerra y terremoto dejaron a los venecianos sin fondos suficientes para terminar la reconstrucción. Su interior guarda reliquias, frescos, piezas de oro y plata, obras de arte y pinturas venecianas.

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Al comenzar el intento de invasión otomano, muchos serbios ortodoxos pidieron asilo en Kotor y una iglesia ortodoxa donde celebrar sus liturgias. Generosos y comprensivos, los venecianos cedieron la Iglesia de San Lucas (s. XII) que durante años mantuvo dos altares, el católico y el ortodoxo, prueba de la buena convivencia entre cristianos.

Pero Kotor es mucho más que historias de cristiandad y leyendas. Sus empedradas y estrechas calles recorren antiquísimos palacios construidos entre los siglos XIII y XVIII, o pintorescas plazoletas como la dedicada a las “mujeres feas”, así llamadas las cotillas que acudían a su fuente a por agua y no dejaban títere con cabeza. Aún quedan ventanas góticas, resistentes a la naturaleza que tan duro golpeó estas tierras y el visitante encuentra aquí tiendas de artesanía, moda, libros, antigüedades y todo un mundo de accesorios que harán que nadie se vaya con las manos vacías.

El símbolo de Kotor

Todo llama la atención en este peculiar rincón de Europa, y cuando uno cree que ya lo ha visto todo, repara en la cantidad de gatos que hay por todas partes. Lo que no consiguieron los turcos lo hicieron los gatos. Son el símbolo de Kotor, duermen plácidamente en mitad de las calles, en jardineras, en poyetes de tiendas, merodean por bares y restaurantes y con miradas desafiantes dejan claro que la ciudad les pertenece. Con la intención de prevenir las pestes medievales plagaron Kotor de gatos para que no quedara una sola rata en todo el recinto. Así es como llegaron y ahora son casi sagrados.

Kotor, en Montenegro | Givaga / ISTOCK

Budva es uno de los lugares más solicitados tanto por extranjeros como por los propios montenegrinos. El casco antiguo, el Stari Grad, se remonta al año IV a. C., era un núcleo marinero muy importante que poco a poco fue cayendo en el olvido con la construcción de la ciudad de Kotor. Los dos grandes terremotos del siglo XVII la destruyeron casi por completo, y aunque fue restaurada, el terremoto de 1979 también hizo estragos en ella. Sin embargo, la vieja ciudad ha sabido combinar la belleza medieval con la alegría mediterránea que le aportan las dos playas que la rodean.

Desde lo alto de la muralla, la fortificada ciudadela del siglo VII abre una espectacular panorámica marina, con la isla-peñón de Nikola firmando un romántico entorno que invita a visitarla para descubrir sus calas y la famosa playa de Hawaii. Para acceder al Stari Grad hay tres puertas, una vez dentro merece ser recorrido sin rumbo fijo. Sus callejuelas empedradas esconden pintorescos rincones y pequeñas plazas, infinidad de terrazas, bares y tiendas de artesanía local.

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En Budva hay cuatro iglesias; la más antigua, la iglesia católica de San Juan Bautista, comenzó a levantarse en el siglo VII, pero no fue terminada hasta el XII. Junto a ella destaca la sillería en rosa y beige de la iglesia ortodoxa de la Santísima Trinidad. Construida en 1804, merece ser visitada para admirar su interior, donde se han recreado frescos al más puro estilo bizantino. En uno de los vértices de la muralla se encuentra la iglesia prerrománica de Nuestra Señora en Punta, Virgen de Budva, actualmente es galería de arte, fue primero monasterio para los benedictinos y franciscanos después.

En un país con tanta historia no pueden faltar los cuentos y las leyendas. La bailarina de Budva, fina escultura en bronce, reproduce un arabesque en equilibrio sobre una roca de la playa de Mogren. Las olas golpean su pierna en recuerdo de la joven bailarina que fue a nadar y nunca volvió. Otros prefieren la leyenda de la bailarina enamorada de un marinero al que esperaba sentada en aquella roca, día tras día hasta perder la vida.

Su marinero nunca regresó. No lejos de aquí, otro marino tuvo más suerte, la leyenda dice que tras sobrevivir al mar mandó levantar la iglesia de Santa Nedjelja en lo más alto de la pequeña isla que lleva su nombre. Estamos frente a otra gran playa de Montenegro, en la localidad de Petrovac, recorriendo la costa hacia el sur, tal y como hicieron los venecianos. Toda la ruta costera regala miradores con impresionantes vistas a las montañas y al mar, castillos, fortificaciones y monasterios.

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Montenegro es el país de los contrastes, otra prueba de ello son los otros dos lugares obligados de la Bahía de Kotor: Porto Montenegro y Herceg Novi. El primero, por ser la Marina más moderna del Mediterráneo, construida en 2012 para satisfacer los deseos de los más ricos armadores del mundo. En sus pantalanes fondean yates de hasta 250 metros, sus modernas calles están decoradas con esculturas itinerantes de famosos artistas, hay varias galerías de arte y aquí se encuentran las casas de alta costura más importantes de la pasarela internacional.

Todo un contraste con la medieval Herceg Novi. Su diminuto y amurallado casco histórico, otro Stari Grad montenegrino, es uno de los mejor conservados del medievo mediterráneo. Aunque es la hermana pequeña de las Bocas de Kotor, por su estratégico enclave a la entrada de la bahía, fue siempre objeto de deseo. No vamos a complicarnos con más datos históricos, pero Herceg Novi perteneció a venecianos, turcos, austrohúngaros, franceses, rusos, bosnios, italianos… Incluso los españoles recalaron aquí durante un año en 1538 dejando La Fortaleza en prenda.

Del litoral a los Alpes

Todos aportaron un poquito de su paso, como el fuerte de Napoleón en la isla de Mamula, o los tres búnkeres que hicieron en la costa los austrohúngaros para esconder sus barcos. Tampoco Herceg Novi escatima en castillos, plazas y monasterios, tiene una preciosa Torre del Reloj y gran variedad de árboles traídos por los navegantes, que decoran sus calles y jardines. En definitiva, un histórico mirador al mar que ha visto transcurrir el paso del tiempo. La Cueva Azul (Plava Spilja), a la que solo se accede en barco, se encuentra a tan solo 10 minutos y bien merece un baño en sus aguas de cristal azul murano.

Los contrates se suceden en cadena en el país de las sorpresas. Dejamos el litoral para subir al ático montenegrino y sus mesetas rocosas en caída libre al mar. De aquí surgen brutales las montañas que dieron nombre al país. La llamada Serpentine, o carretera de las 25 curvas, comunica Kotor con Cetinje, la antigua Capital Real. Amantes de la conducción, aquí tenéis la calificada como una de las carreteras más bellas del mundo, eso sí, id despacio por precaución y para disfrutar de cada una de las vueltas a 180 grados.

En lo más alto y tras zigzaguear monte arriba, hay varios miradores, siendo sin duda el Bar Horizontal el más impactante por su terraza volada al infinito. Birra en mano y las mejores vistas de las Bocas de Kotor con sus montañas calizas. Ahora sí, uno realmente comprende por qué se dice que Kotor posee el único fiordo del Mediterráneo.

Vista de las murallas de Kotor. | D.R.

La belleza del interior solo acaba de empezar. Estamos en uno de los cinco parques nacionales que tiene el país, Lovcen. Stirovnik es su pico más alto, con 1.749 metros, sin embargo, más conocido es Jezerski. Aquí fue levantado el mausoleo al que llaman Padre de la Patria Moderna. Desde este increíble balcón al mundo, Pedro II Petrovic-Njegos descansa en paz viendo cómo su pueblo progresa a pasos agigantados. Desde el Parque Nacional de Lovcen se comprende por qué Montenegro es tan único y especial.

Desde aquí pueden verse el Monte Durmitor, el mar, lagos, colinas y valles. El senderismo en todas sus variantes puede practicarse en todos los parques nacionales para disfrutar de los caprichos que la naturaleza ha tenido en Montenegro. Como los espectaculares poljes, hundimientos del terreno calizo que, entre picos y escarpados montes, provocaron gigantescos mantos verdes y también lagos, todos atrapados y abrazados por las montañas.

El pico más alto del país, en las montañas de Durmitor, pertenece a otra reserva nacional y patrimonio natural de la Unesco. El Parque Nacional Durmitor esconde entre sus paredes otro récord, el segundo cañón más profundo del mundo, el cañón del río Tara con 1.300 metros de caída libre hasta sus aguas turquesas.

Aún no es un destino muy popular, pero es posible que en pocos años se convierta en uno de los más populares de los Balcanes. Con sus pequeñas ciudadelas, diminutas islas y escarpados paisajes, Montenegro es un destino en auge perfecto si quieres presumir antes que nadie de sus encantos. En 2016 fue elegido por Lonely Planet como uno de los países europeos imprescindibles para los viajeros. | Buscounchollo.com

Lagos glaciares

Prodigio de la geología, flora y fauna hacen del Parque Nacional Durmitor la delicia de novatos y expertos. Bajar el río haciendo rafting o disfrutar de deportes náuticos en el Lago Negro, practicar senderismo, ciclismo o incluso parapente son actividades ideales para descubrir cada rincón de este frondoso parque. De los 40 lagos que hay en Montenegro, 18 se encuentran en Durmitor, todos de origen glacial y todos ojos (poljes) de la montaña.

Seguimos coleccionando parajes únicos esta vez al norte del país. El Parque Nacional del Lago Biograd puede presumir de ser uno de los últimos bosques vírgenes de Europa. Más de 2.000 especies de plantas, muchas endémicas, lo convierten en una impenetrable selva mediterránea. El origen del lago es glacial, se encuentra a más de mil metros de altura y entre la espesura de su arboleda, osos pardos, lobos y urogallos comparten las frías aguas del Biograd.

Los últimos pelícanos de Europa y otras 40 especies de aves han escogido el lago Skadarsko como santuario. Otro prodigio de la naturaleza montenegrina en el que desembocan tres ríos y lo convierten en el tercer lago más grande de Europa. Los meandros del río Crnojević frenan sus aguas al llegar al lago, creando un paisaje sinuoso y un entorno perfecto para el cultivo de vides. Pueden y deben hacerse rutas por el lago, siguiendo la ruta de ilirios y romanos y disfrutando de los monasterios como Beska, Stacervo o San Nicolás, construidos en pequeños islotes donde la paz nunca era sorprendida.

Islote Sveti Stefan, uno de los destinos turísticos de la costa montenegrina. | zevana / ISTOCK

Las pinceladas de historia se dejan ver en fortificaciones y molinos de agua, mientras las poblaciones pesqueras mantienen el sabor de antaño. Algunas partes de sus fondos son tan profundas que están por debajo del nivel del mar, son los ojos que Montenegro tiene hacia el centro de la tierra. Este impresionante lago comparte frontera con Albania, como también lo hace el Parque Nacional de Prokletije, donde los Alpes dináricos estallan en escarpadas rocas y cotas de más de 2.500 metros entre verdes valles. El país de los lagos no podía dejar esta zona sin ellos, todos también de origen glacial. Las montañas malditas (Proklet en montenegrino) esconden leyendas, hadas y cuentos terribles que las hacen aún más fascinantes. Sueño de todo alpinista, tienen también una ruta de senderismo de más de 190 kilómetros para recorrer los tres países, Montenegro, Kosovo y Albania, sin bajar de la cumbre.

Tras ver los ojos de Montenegro, las crestas de sus montañas, sus bosques impenetrables y la costa caprichosa, en Cetinje encontramos su corazón. Un corazón que perdura también en el de los montenegrinos, orgullosos de su histórica ciudad, que sigue ostentando el título de Capital Real.

La antigua Capital Real

Cetinje siempre fue independiente, con un pequeño intento de dominación turca. Aquí habitaron pobladores desde hace más de 10.000 años, pero su fundación oficial es del s. XV. Luego llegó la dinastía de los Vladikas Petrovic, los príncipes-obispos, auténticos líderes espirituales y militares que protegieron el territorio frente a cualquier ataque. Los Vladikas no podían contraer matrimonio por su jerarquía religiosa, pero el título era hereditario, pasando siempre al mayor de los sobrinos. Así llegó el poder a Pedro II, Padre de la Patria, el bien amado Vladika de Montenegro, a quien deben la modernización del país gracias a los grandes apoyos que logró, sobre todo del zar de Rusia, y a cómo mantuvo a raya a las grandes potencias europeas que anhelaban su bello país.

Bahía de Kotor, Montenegro. | ISTOCK

Fue Danilo, su predecesor, quien, enamorado de una joven, decidió apartar el carácter religioso de la figura del Vladika, pero solo tuvo una hija incapacitada por la ley sálica a sucederle. Fue su sobrino Nikolas, el último rey de Montenegro, quien reorganizó el ejército, continuó las labores de modernización y educación del país, construyó carreteras y mejoró las comunicaciones, y consiguió acabar de una vez por todas con las pretensiones otomanas y declarar la auténtica independencia de Montenegro en 1878. A Nikolas I se deben las avenidas de la ciudad, los bellos edificios que hoy vemos, la construcción del primer Teatro de Montenegro y los palacetes que sirvieron de embajadas. Del ajetreo cultural, social y político de aquellos tiempos solo queda el legado arquitectónico. Cetinje es una ciudad tranquila donde reposan sus últimos reyes, cuya historia puede verse en la que fue su residencia, un sencillo palacio hoy convertido en museo.