Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Montenegro: el balcón secreto del Adriático

Entre los Alpes Dináricos y la Costa Dálmata, Montenegro despliega uno de los paisajes más sorprendentes y desconocidos de Europa. Emprendemos un viaje desde las tranquilas aguas de las Bocas de Kotor, salpicadas por elegantes puertos venecianos, hasta el interior montañoso, dominado por bosques primarios y cumbres balcánicas que parecen emerger directamente del mar.

Vista de Korčula desde el monte Lovćen.

Vista de Korčula desde el monte Lovćen. / Josep M. Palau Riberaygua

La costa montenegrina se despereza sobre un Adriático inmóvil. En sus aguas, las montañas parecen darse el primer chapuzón mañanero. Las cafeterías del paseo marítimo abren sus puertas mientras que los barcos zarpan del puerto. Paseamos por un Mediterráneo que rompe todos los moldes, gobernado por la verticalidad y una belleza indómita. Su propio nombre, cuya traducción es “montaña negra”, ya nos da una idea del territorio abrupto en el que acabamos de aterrizar. Aunque, frente al Adriático, rodeados de terrazas y puertos deportivos en los que se mezclan viajeros y marineros, el país muestra su cara más sofisticada.

Vista de las Bocas de Kotor desde el monte Lovćen.

Vista de las Bocas de Kotor desde el monte Lovćen. / Josep M. Palau Riberaygua

Enclavado en el suroeste de los Balcanes, entre Croacia y Albania, Montenegro no es solo un territorio de fronteras, también es una frontera en sí misma. Sus propias montañas han ejercido históricamente como murallas naturales, especialmente para frenar el avance del Imperio otomano. Después de la Primera Guerra Mundial, en 1918, pasó a formar parte del Reino de Yugoslavia y, más tarde, de la República Federal Yugoslava. Cuando otras repúblicas se independizaron en los años 90, Montenegro permaneció unida a Serbia. En 2006 recuperaría su independencia, cuando un referéndum legitimó democráticamente el nacimiento del estado actual. Toda esa influencia de imperios y culturas se puede comprender mejor recorriendo la bahía de Kotor.

Puerto de Tivat.

Puerto de Tivat. / Josep M. Palau Riberaygua

Conocida localmente como Boka Kotorska, a menudo es calificada como el fiordo más meridional de Europa, sin embargo, su verdadera naturaleza es la de una ría formada por un antiguo sistema fluvial. El derrumbamiento de un cráter volcánico y la desaparición de un antiguo río delinearon esta entrada del mar en la tierra. Un paisaje hipnótico que se interna casi 30 kilómetros, perfilando una costa de 105 kilómetros. Este atípico litoral está custodiado por escarpadas montañas abiertas en cuatro grandes ensenadas (Herceg Novi, Tivat, Risan y Kotor) y articuladas por el estrecho de Verige. En algunos puntos, la bahía recuerda más a un lago que a un brazo de agua, un espejo donde las cumbres parecen mirarse a sí mismas.

Iglesia de San Lucas en Kotor

Iglesia de San Lucas en Kotor. / Josep M. Palau Riberaygua

Durante siglos, el enclave sirvió como punto estratégico para el comercio y la defensa del Adriático oriental. Su nombre proviene de la palabra italiana bocca, como reflejo de los casi 400 años en que estas tierras formaron parte de la República de Venecia. En sus orillas se levantaron numerosas iglesias que la bautizaron con el sobrenombre de “la bahía de los santos”, pero también se erigieron murallas y fortalezas para proteger uno de los puertos naturales más seguros de la región. Entre ellas destacan las tres de Herceg Novi, y más concretamente Kanli Kula, cuyo nombre significa torre sangrienta. Funcionó como bastión y prisión, pero desde 1966 se ha convertido en un espectacular anfiteatro suspendido sobre una de las mejores panorámicas de la bahía.

Iglesia de San Nicolás en Perast.

Iglesia de San Nicolás en Perast. / Josep M. Palau Riberaygua

La imagen de este impresionante bastión fue una de las primeras que contemplé al entrar en las Bocas de Kotor desde el Adriático durante mi primer viaje al país. Ahora recorro la empinada localidad a pie, callejeando entre sus casas blancas, sus plazas recoletas y sus terrazas escalonadas, sin perder de vista el mar, pero tampoco las montañas. Bajo un clima envidiable, “la ciudad de las mil escaleras” presume de más de 250 días de sol al año, un ambiente idóneo para las palmeras, buganvillas y jardines que decoran sus calles.

Escultura de la Bailarina de Budva.

Escultura de la Bailarina de Budva. / Josep M. Palau Riberaygua

Boka, el gran laberinto del Adriático

Dejamos atrás Herceg Novi para cruzar en ferry hacia Tivat. Desde la cubierta, contemplamos cómo se estrechan ambas orillas mientras nos dirigimos a la cuenca más luminosa y abierta de las Bocas de Kotor. En esta ciudad se encuentra Porto Montenegro, uno de los puertos donde atracan los yates más lujosos del Mediterráneo. En el paseo marítimo, flanqueado por lujosas boutiques y elegantes terrazas, el ambiente no puede ser más cosmopolita y relajado. En otros tiempos, este lugar no era un moderno puerto náutico, sino uno de los principales astilleros militares de la antigua Yugoslavia. Tivat luce con orgullo uno de los símbolos de este pasado, un barco de 12 velas construido en 1933 y convertido en emblema naval montenegrino. A unos pasos nos sorprende un antiguo submarino yugoslavo de 50 metros de largo que forma parte del Museo del Patrimonio Naval, una reliquia de la antigua armada yugoslava que hoy reposa contrastando con el brillo de Porto Montenegro. Cruzar su escotilla permite asomarse a la asfixiante rutina de los 28 marineros que se turnaban sus 16 literas mediante el sistema de “cama caliente”.

Iglesia de San Miguel Arcángel, Herceg Novi.

Iglesia de San Miguel Arcángel, Herceg Novi. / Josep M. Palau Riberaygua

Siguiendo las carreteras que zigzaguean por las Bocas de Kotor aparece Perast, un idílico pueblecito marinero compuesto por una hilera de casas, iglesias y palacios barrocos venecianos frente al mar. Desde su muelle, una barca nos acerca, en apenas unos minutos, hasta Nuestra Señora de las Rocas, una isla artificial que protagoniza la postal más famosa de la bahía. Según la leyenda, nació tras el hallazgo de una imagen de la Virgen sobre una roca. Durante siglos, los marineros de Perast arrojaron piedras en el mismo punto en que se encontró antes de regresar a puerto, una tradición que aún se mantiene con la festividad de la Fašinada celebrada cada 22 de julio con el fin de mantener vivo el ritual que dio origen a esta isla. Los muros de su iglesia guardan una colección única de exvotos, como el bordado tejido en seda y cabello humano por una mujer. Durante 25 años aguardó el regreso de su esposo marinero, entrelazando los hilos de este tapiz hasta que acabó perdiendo la vista. Frente a nosotros asoma otra isla, la de San Jorge, con un misterioso monasterio benedictino del siglo XII abrazado por cipreses.

Forte Mare, con la piscina olímpica de waterpolo, Herceg Novi.

Forte Mare, con la piscina olímpica de waterpolo, Herceg Novi. / Josep M. Palau Riberaygua

Al otro lado de Perast, la Boka nos conduce hacia su rincón más icónico y el encargado de dar nombre a todo este entorno, Kotor. Se trata de uno de los últimos escondites de la bahía esculpido bajo un coloso de piedra. Tras cruzar la Puerta del Mar, el antiguo acceso que recuerda que el mar bañaba estas mismas murallas, la Torre del Reloj nos recibe con su sutil inclinación. Localizada en la Plaza de Armas, donde se concentran representativos edificios como el Palacio Ducal, da paso a un intrincado entramado de calles empedradas identificadas, mayoritariamente, por números en lugar de por nombres, una curiosidad heredada de las antiguas organizaciones urbanas. Caminando sin rumbo, nos perdemos por plazas repletas de iglesias, terrazas, tiendas de regalos, restaurantes y talleres de artesanía. Entre su monumentalidad, protegida por la Unesco desde 1979 y cuidadosamente restaurada tras el devastador terremoto que sacudió la región ese mismo año, descubrimos recovecos cargados de historia, como la pirámide de piedra utilizada para exponer públicamente a los delincuentes como forma de castigo, o la Plaza de Karampana, cuya fuente, del siglo XVII, era el principal punto de abastecimiento de agua de la ciudad. A su alrededor, se intercambiaban rumores y cotilleos sobre la vida local. Tanto caló su esencia en la identidad de la ciudad que, con el tiempo, el nombre de la fuente terminó convirtiéndose en sinónimo de “cotilleo” y bautizando el mordaz periódico satírico Karampana, que, todavía hoy, ve la luz puntualmente cada Carnaval.

Vista de Perast.

Vista de Perast. / Josep M. Palau Riberaygua

Esta riqueza patrimonial, resultado de su esplendoroso pasado como puerto marítimo, se despliega bajo una marea de tejados rojizos que trepan por la ladera de San Juan, protegidos por 4,5 kilómetros de murallas. Más de 1.300 escalones ascienden al monte siguiendo su trazado pétreo. Desde lo alto, la vista recompensa cualquier esfuerzo, mostrando una bahía abierta entre montañas gigantescas con pequeños pueblos salpicados por la costa.

Isla de Nuestra Señora de las Rocas, creada piedra a piedra con los cantos rodados que fueron depositando los fieles.

Isla de Nuestra Señora de las Rocas, creada piedra a piedra con los cantos rodados que fueron depositando los fieles. / Josep M. Palau Riberaygua

En mi anterior visita a la Boka, alcanzar el macizo de Lovćen era un privilegio reservado para quienes seguían una carretera de 17 kilómetros de curvas, pero desde 2023 existe una alternativa mucho más cómoda y rápida. Un teleférico conecta la bahía con las alturas del Parque Nacional Lovćen, salvando un desnivel de 1.348 metros. Desde aquí arriba, la bahía parece haber empequeñecido y las montañas de piedra caliza imponen aún más. Un sinuoso tobogán alpino desciende entre las curvas de la cumbre, regalándonos una perspectiva vertiginosa de uno de los atardeceres más bellos del Adriático.

Ciudadela de Budva.

Ciudadela de Budva. / Josep M. Palau Riberaygua

Rumbo al interior de Montenegro

No podemos despedirnos del litoral sin detenernos en la animada Budva, una parada que precede a nuestro ascenso hacia la Montenegro más profunda. La minúscula península de piedra donde se asienta está protegida por un casco histórico amurallado de la época veneciana. A unos metros de las murallas del Stari Grad (casco antiguo) encontramos una escultura de una bailarina cuya silueta, inclinada hacia el horizonte, es uno de los iconos románticos del país. Este excelente punto de partida nos descubre laberínticas callejuelas enmarcadas por fachadas desgastadas por el salitre, como las de la iglesia de San Juan, que rivaliza con la iglesia ortodoxa de la Santísima Trinidad, cuyas paredes de franjas rojas y blancas aportan el contrapunto a este diálogo de credos. Cuando cae la tarde, la Plaza de los Poetas reivindica su pasado, un rinconcito dotado de vocación literaria donde se dan cita escritores, artistas y viajeros. Durante el verano se convierte en un teatro al aire libre bajo el sello del Grad Teatar, el festival que devuelve a Budva su pasado como epicentro cultural del Adriático.

Casa rural Klisura en los valles de Kolašin.

Casa rural Klisura en los valles de Kolašin. / Josep M. Palau Riberaygua

A 31 kilómetros, Cetinje nos muestra su fisionomía de ciudad-museo. Fundada en 1472 por Iván Crnojević, fue la capital montenegrina hasta 1946. Su modesto núcleo urbano, que nunca tuvo largos periodos de prosperidad tal y como sucedió en otras capitales del continente, estuvo marcado por la resistencia frente a los imperios vecinos. Sus sobrias avenidas guardan palacios y edificios diplomáticos del siglo XIX, momento en que las potencias europeas establecieron aquí sus sedes. Resulta casi un espejismo encontrar la Embajada de Francia, con sus azulejos modernistas, o las de Rusia e Inglaterra, en mitad de una pequeña localidad de montaña. Junto a ellas, el Monasterio de San Pedro fue el centro espiritual donde Montenegro blindó su independencia frente a los turcos. En Cetinje también sobresale el palacio edificado entre 1863 y 1867 por orden del rey Nicolás I y transformado en museo. En sus salas se exhiben, entre sedas francesas y sables otomanos, los tesoros de una dinastía que soñó con convertirse en una corte a la altura de las grandes potencias.

Parque Nacional Biogradska Gora.

Parque Nacional Biogradska Gora. / Josep M. Palau Riberaygua

Esta ciudad funciona como la bisagra que da paso a los picos kársticos de Montenegro. El paisaje no para de mutar a medida que avanzamos hacia el interior. Profundos valles y densos bosques dan paso a montañas cada vez más solemnes. Y con esta sucesión de grises y verdes llegamos a uno de los espacios naturales más extraordinarios de los Balcanes, el Parque Nacional Biogradska Gora. El espacio protege uno de los últimos bosques primarios del continente. En el centro, un sendero permite recorrer las orillas del lago glaciar Biograd caminando entre arroyos, rocas cubiertas por el musgo y gigantescos árboles de más de 500 años de antigüedad. Las temperaturas aquí son mucho más bajas y la naturaleza se manifiesta en su estado más puro. La luz del Mediterráneo ha quedado lejos ya. Aquí se filtra un sol tibio entre las hojas de hayas, olmos y fresnos bajo un cielo surcado por más de 250 especies de aves.

Iglesia de San Juan junto a la de la Santísima Trinidad de Budva.

Iglesia de San Juan junto a la de la Santísima Trinidad de Budva. / Josep M. Palau Riberaygua

El entorno que rodea el parque es el resultado de una estructura geológica marcada por movimientos tectónicos. A pocos kilómetros se ubica el lago Skadar, la mayor superficie de agua dulce de los Balcanes, compartida entre Montenegro y Albania.

Monasterio de Cetinje, que guarda la reliquia de la mano derecha de San Juan Bautista.

Monasterio de Cetinje, que guarda la reliquia de la mano derecha de San Juan Bautista. / Josep M. Palau Riberaygua

En estas montañas, hogar de osos, ciervos, lobos y otros mamíferos, los pastores construyeron asentamientos temporales compuestos por cabañas de madera, establos y pequeñas lecherías. Conocidos como katunes, aún se conservan muchos de ellos, conformando el patrimonio cultural de la región. Así lo descubrimos en el valle de Lipovo, un paisaje que recuerda a los Alpes. En él se dispersan granjas y casas de madera que conservan el carácter más rural y auténtico del país. Un lugar ajeno a las prisas donde es posible disfrutar de antiguas tradiciones. Aquí, a la sombra de los picos calizos, el silencio detiene el tiempo, terminando de revelarnos los dos mundos de Montenegro, aquel que mira al mar desde sus palacios venecianos y este, al refugio de la última frontera de los Balcanes.