De Montblanc a Siurana. Rosas, acantilados y leyendas en el corazón de Tarragona

Partiendo de Montblanc, el maravilloso pueblo donde nace la costumbre de regalar rosas el día de San Jordi, emprenderemos un viaje por bucólicos paisajes hasta llegar a la mágica Siurana, imponente joya de la comarca del Priorato que te desafiará desde lo alto de un precipicio.

José Miguel Barrantes Martín
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Muy cerca de Valls, capital del calçot y centro ineludible para contemplar los castells, las inmensas torres humanas que forman parte de la tradición más arraigada de la provincia de Tarragona, se encuentra la preciosa localidad de Montblanc, cuyo casco antiguo, declarado Conjunto Histórico-Artístico, la convierte en cita de obligada visita.

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Sus angostas calles en un trazado de reminiscencias medievales, la impresionante estampa de la Iglesia de Santa María la Mayor, conocida popularmente como La Catedral de la Montaña, el antiquísimo Convento de San Francisco, sus incontables casas señoriales o su inconfundible y excepcional muralla, hacen de este núcleo de la comarca de la Cuenca de Barberá uno de los rincones de mayor encanto de toda Cataluña.

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Precisamente una de las puertas de acceso de la espléndida muralla, que da paso al casco viejo de Montblanc, es el origen de una de las leyendas que más ha influido en la cultura y costumbres de todo el pueblo catalán.

En la base de una de las torres de la muralla se abre la Puerta de San Jorge, frente a la que, según cuenta la leyenda, el santo mató a un dragón que atemorizaba a la población.

De acuerdo a la tradición, se decidió ofrecer al temible animal un habitante de Montblanc cada día, con el fin de apaciguar su hambre, para lo que se realizaría un sorteo; el azar quiso que la primera persona elegida fuera la hija del Rey, quien aceptó su destino y se dispuso a acatar su suerte. Sin embargo, justo en el momento de ser devorada por el dragón, un caballero apareció y dio muerte a éste derramando su sangre sobre la piedra, lugar en el que brotó un rosal de rosas rojas.

La Espluga de Francolí

Una estela de piedra colgada del muro interior de la puerta recuerda esta leyenda y da fe del origen de la costumbre de regalar rosas rojas a las mujeres el día de la festividad de San Jorge, el 23 de abril.

No muy lejos de este mítico emplazamiento, a unos escasos ocho kilómetros al oeste de Montblanc, nos topamos con La Espluga de Francolí, una villa marcada, como indica su nombre (Espluga significa cueva en su derivación latina), por toda una serie de galerías subterráneas que discurren bajo la población, así como por cavidades superficiales presentes en sus alrededores que nos permiten acceder a todo este conjunto geológico y vivir una atractiva experiencia.

La Espluga de Francolí

La más famosa de todas ellas es la Cueva de la Font Major, llamada así por estar considerada el nacimiento del río Francolí. Abierta al público, en su interior se ubica un museo que expone la presencia humana en estas oquedades desde los tiempos del Paleolítico.

 Además, ofrece la posibilidad de adentrarse, bajo la supervisión de guías del centro, en el laberinto de galerías de más de tres kilómetros de longitud con que cuenta la formación del subsuelo, dando lugar a un conjunto que representa una de las cuevas más largas del mundo.

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Sin alejarnos mucho de allí, a pocos kilómetros y en mitad de un paisaje llano difuminado por multitud de campos de labranza, se levanta el célebre Real Monasterio de Santa María de Poblet, arquetipo de abadía cisterciense que alberga una gran cantidad de sepulcros reales de gran importancia y que conforma un conjunto arquitectónico, histórico y artístico del más alto nivel, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en el que podremos incluso hospedarnos si queremos disfrutar de la calma y el silencio que otorgan sus muros.

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Dejando atrás el remanso de paz del Monasterio del Poblet y en dirección suroeste, nos disponemos a entrar en un paisaje completamente diferente dominado por las Montañas de Prades, transitando por sinuosas carreteras hasta llegar a un fondo de valle en el que se emplaza la localidad de Prades, un hermoso pueblo de característico color rojizo por la piedra utilizada en sus construcciones, perfecto para deambular por sus tranquilas y bucólicas calles o hacer una parada gastronómica en alguno de los numerosos establecimientos de restauración que se ubican en el entorno de la Plaza Mayor.

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Avanzando un poco más hacia el sur llegamos al límite más septentrional de la Comarca de El Priorato, famosa por sus excelentes caldos procedentes del cultivo de la uva. 

Justo en los inicios de la comarca se encuentra Cornudella de Montsant, una población que se asoma a los monumentales escarpes de las Montañas de Prades desde su base y que resulta un magnífico punto donde degustar alguno de los extraordinarios vinos de la zona, antes de iniciar la larga ascensión hasta la última de nuestras escalas, la asombrosa Siurana.

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Desde Cornudella, una serpenteante y estrecha carretera discurre entre barrancos y nos ofrece unas vistas sensacionales durante la ascensión a lo más alto de esta escarpada orografía, donde se asienta, encaramada a lo largo de un precipicio, esta maravilla rural que es la localidad de Siurana

Tras rebasar el aparcamiento situado al principio del pueblo, donde es obligatorio abandonar los vehículos, puesto que más allá no está permitido el acceso rodado a los visitantes, comienza el sendero que conduce hasta el núcleo principal y acaba en unas bases rocosas que hacen las veces de mirador desde las que se otea todo el entorno, con el embalse de Siurana a sus pies y unas vistas vertiginosas desde el precipicio.

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A todo lo largo del pueblo existen puntos desde los que asomarse al vacío, pero es en uno de ellos en el que se desarrolla la popular leyenda de la Reina mora, soberana de Siurana en otros tiempos quien, al ver asediada la población por las tropas cristianas, decidió quitarse la vida antes de ser apresada, por lo que, saltando sobre su montura, un precioso caballo blanco, emprendió la marcha al galope hacia el borde del precipicio, tapando los ojos del animal para evitar que se detuviera antes de la mortal caída.

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Aún puede observarse la marca de una de las pezuñas del caballo en los rebordes de la roca desde donde se presupone que decidió arrojarse la Reina mora, convirtiendo aún en más mágica la leyenda y en más fascinante la mítica y cautivadora villa de Siurana.