Una historia del Mitte de Berlín: de barrio judío ortodoxo, a icono de la modernidad

La escritora Marta del Riego y el ilustrador Jorge Arranz retratan la capital alemana en la bellísima serie de la editorial Tintablanca que nos lleva por ciudades del mundo. Este es el capítulo sobre el cambio radical de uno de los barrios más emblemáticos de Berlín. 

Marta del Riego / Jorge Arranz
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Foto: ©Jorge Arranz para Tintablanca

"Pero los hombres con las barbas anticuadas y los rizos en las sienes aún seguirán recorriendo un tiempo arriba y abajo la acera de su calle formando grupos parsimoniosos, y en otros  más vivarachos las hijas de negro cabello de los carniceros, todos hablando en yiddish. En las tiendas y las cervecerías hay rótulos en hebreo. Estas calles siguen siendo un mundo cerrado en sí mismo y suponen para los eternos extranjeros una especie de hogar". Era 1929 y así describía el escritor Franz Hessel (1880-1941) las calles del viejo barrio judío de Mitte.

©Jorge Arranz para Tintablanca

Hessel, judío alemán, amigo de Walter Benjamin y de la intelectualidad europea, representó en Berlín la figura del flâneur baudelairiano. Publicó un libro delicioso, Paseos por Berlín, en el que desmenuza la ciudad de los años 20 barrio a barrio. Lo que Hessel no se imaginaba es que menos de una década después de escribir esas líneas, la sociedad judía que tan bien conocía desaparecería de la faz de Berlín. 

Césped y copas de hojas rojizas. Silencio húmedo. El discreto cementerio judío de Mitte es un buen sitio para reflexionar sobre el fin de una era. Fuera, el otoño cae sobre Berlín, y el goteo constante de turistas que invade las calles con el buen tiempo ya quedó atrás. Berlín se prepara para el invierno, cielos grises en los que no se ve el sol durante meses. Flota una cierta melancolía. Scheunenviertel –barrio de los graneros– es un arrabal situado extramuros, donde se levantaban en el siglo xviii pajares prohibidos en la ciudad por temor a los incendios. Ese barrio pertenece ahora al distrito de Mitte.

©Jorge Arranz para Tintablanca

Mitte es el centro vital del Este. El antiguo arrabal, después barrio judío, se ha transformado en la zona bohemia, y sus viviendas, donde coexistían burgueses adinerados con artesanos, dan paso a bares, restaurantes y galerías de arte. El ejemplo más espectacular de este florecimiento es el edificio de Hackesche Höfe, un laberinto de patios decorados con exquisitos azulejos y molduras art déco. Fue levantado en 1906 con la moderna idea de que albergara no solo viviendas, sino que fuera un punto de encuentro económico y cultural. Había una sala de baile, un banco y pequeñas manufacturas textiles. Allí se reunía Der Neue Club, un grupo de escritores y artistas judíos que tuvieron un papel decisivo en el nacimiento del expresionismo alemán.

Hay que sentarse a leer el periódico en el café Hackescher Hof con sus maderas y su cristalera que miran a la calle e imaginarse en los dorados años 20, mientras se escucha el estruendo amortiguado de la S-Bahn entrando en la estación de Hackescher Markt. Después de reponer fuerzas con un bagel salpicado de semillas de amapola, hay que internarse en los ocho patios, ojear el cartel del cabaré Chamäleon, husmear en los estudios de artistas y en las tiendas de pequeños diseñadores. Si se continúa caminando por las enrevesadas callejuelas se descubren las casas neoclásicas del siglo xviii con jardines recoletos, una iglesia que aún conserva agujeros de bala de la guerra y, por encima de todo, el testigo de una comunidad judía que está retornando muy lentamente: las doradas cúpulas de la sinagoga.

Dos policías hacen guardia permanentemente ante la sinagoga más grande de Europa –ya sabemos que en Berlín todo se hace a lo grande–, la Neue Synagoge. Fue la obra más célebre, y la última, del arquitecto berlinés Eduard Knoblauch (1801-1865). Con su aire oriental, sus cúpulas doradas y su fachada que imita la Alhambra se antoja una incongruencia en este barrio de apariencia tan centroeuropea. En estas calles los judíos tenían su colegio, su asilo, había familias adineradas de comerciantes y banqueros, había abogados, intelectuales.

©Jorge Arranz para Tintablanca

La habitaban grandes nombres como Moses Mendelssohn, filósofo de la Ilustración; Rudolf Mosse, editor de los periódicos más importantes de finales del siglo xix; Max Liebermann, pintor y fundador del movimiento Berliner Secession; Emil Rathenau, empresario creador de AEG... Los apellidos judíos trufaban la sociedad berlinesa.Angelika Schrobsdorff describe en Tú no eres como otras madres la vida de su madre, una judía de la alta sociedad berlinesa casada con un ario que apuró la vida loca de los años 20.En el libro describe a sus amantes, sus fiestas, su elegancia.Y también su caída y la huida del país. Es el retrato de la tragedia de unas gentes que se creyeron alemanas antes que judías.

En esa época habitaban en Berlín 173 000 judíos. El 9 de noviembre de 1938, en la Noche de los Cristales Rotos, las hordas nazis acabaron con los negocios judíos y las sinagogas de Berlín y de toda Alemania. El propietario de Hackesche Höfe tuvo que exiliarse, sus inquilinos judíos fueron deportados. Comenzó el Holocausto.

©Jorge Arranz para Tintablanca

La negrura es adentrarse en el Museo Judío del arquitecto norteamericano Daniel Libeskind,cuyo armazón doliente se basta a sí mismo y sin necesidad de contenido para transmitir una sensación de sufrimiento insoportable.Aquí se cuentan mil setecientos años de historia de los judíos europeos y se cuenta su destrucción. Sucede algo con este museo: estuvo dos años vacío y, aun así, se convirtió en uno de los más visitados de toda Alemania. La gente hacía cola para entrar. Un edificio de titanio lleno de esquinas, ventanas estrechas y torcidas como heridas en el muro, escaleras que no llevan a ninguna parte. El horror del Holocausto era más patente ahí que cuando se instaló la exposición permanente en 2001.

El extraño museo desprende un brillo metálico y malévolo. Está situado no lejos de Checkpoint Charlie y de los restos del Muro. Y si se camina en dirección a la Puerta de Brandenburgo el caminante tropieza con el Monumento al Holocausto en homenaje a los judíos asesinados en Europa. Un total de 2711 bloques de hormigón de distintos tamaños –algunos de más de dos metros de altura– se extienden por 19 000 metros cuadrados como un bosque petrificado de horror. Primo Levi decía sobre Auschwitz que los prisioneros no estaban vivos ni tampoco muertos, se habían hundido en una especie de infierno personal. Esa es la sensación que transmite caminar entre estas columnas: desapareces en un infierno de hormigón.Y esa es la sensación que el arquitecto neoyorquino –descendiente de judíos alemanes– Peter Eisenman quería transmitir.

©Jorge Arranz para Tintablanca

 

El monumento se inauguró en 2005, pero la discusión sobre su construcción duró más de una década. ¿Dónde, cómo, qué debería expresar? Todo lo que tenga que ver con el nazismo se piensa y repiensa en Alemania con exhaustividad prusiana. Al final, el lugar que se escogió no podía ser más significativo: en un lateral de la Puerta de Brandeburgo y cerca del Reichstag. Dos arquitecturas enfrentadas, el Reichstag y el Monumento al Holocausto.Y dos formas de ser alemán: orgullo por la nueva Alemania que surgió tras la reunificación y responsabilidad por el Holocausto. Las contradicciones de Alemania, que son, multiplicadas por cien, las de Berlín.

En el cementerio judío, en cambio, todo es silencio. No hay apenas lápidas. Solo la del filósofo Moses Mendelssohn. Está cubierta de piedras. Los judíos no colocan flores sobre sus tumbas, colocan piedras. Quizá porque en el desierto no había flores, quizá para recordarles que vienen de la tierra. Sobre la de Mendelssohn se apilan –amorosa, respetuosamente– piedras de todos los tamaños. Aunque no sea la original. El cementerio judío, que databa de 1672, desapareció en 1943. La Gestapo destrozó las sepulturas y sacó los huesos.

©Jorge Arranz para Tintablanca

Aun así, los judíos regresan a Berlín. Hay más de 25 000 en la capital, la comunidad más numerosa de Alemania. En Mitte, en Prenzlauer Berg y en Charlottenburg se han abierto tiendas kosher, funcionan varias sinagogas y un centro judaico. Es el ánimo de esta ciudad: ejerce una seducción oscura, pero irresistible.

Libros de Viaje

De Nueva York a Barcelona. La colección Libros de Viaje de la editorial Tintablanca recorre diversas ciudades a través de delicados textos e ilustraciones capaces de transportarnos a sus calles, de la mano de diversos autores (entre ellos, Mariano López, director de VIAJAR). Puedes encontrarlos todos aquí.