Melilla, fortaleza y modernismo

Manuel Mateo Pérez
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Foto: pabkov / ISTOCK

Melilla es sin lugar a dudas una de las ciudades más fascinantes del norte de África. Entrar en ella es todo un descubrimiento. A un lado del cabo de Tres Forcas toma asiento uno de los recintos fortificados más deslumbrantes del Mediterráneo. Su barrio modernista está considerado el segundo más importante de España, después de Barcelona, y su ciudadanía es una mezcla de cuatro culturas –cristianos, musulmanes, hebreos e hindúes- que cohabitan en perfecta armonía y respeto. Y todo ello en un radio de poco más de doce kilómetros cuadrados, en un perímetro marcado en el siglo XIX, respetando un acuerdo alcanzado, no sin cierto esfuerzo, entre los gobiernos de España y Marruecos.

Melilla es una ciudad mimada por los siglos. Hasta ella llegaron fenicios, cartagineses, romanos, árabes y cristianos. A su paso dejaron jirones de sabia monumentalidad que hoy se manifiestan en los cuatro recintos fortificados que dan sentido a Melilla la Vieja, el barrio más antiguo de la ciudad norteafricana. Desde principios del siglo XVI y hasta bien entrado el XIX sus defensores levantaron un conjunto de recintos defensivos que en otros tiempos fueron famosos en todo el Mediterráneo por su inaccesibilidad y fiereza. Tres de ellos toman asiento en un peñón calcáreo a modo de isla; el otro se alza en tierra continental. Los fuertes, separados por fosos o cortaduras, evocan a las ciudades épicas sometidas a lo largo de los tiempos a duros y cruentos asedios.

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Melilla la Vieja es la parte más antigua de la ciudad. Con los años los vecinos han dado en llamarla también el pueblo o la ciudadela. Tal es su valor que en 1953 fue declarada Conjunto Histórico Artístico. En el año 2000 fue galardonada con el Premio Europa Nostra, que reconoce las labores de restauración y rehabilitación de sus cuatro conjuntos.

El recinto defensivo más moderno toma asiento en el continente. Los fuertes de Grande y Chica, Rosario y la Victoria, se extienden desde la colina de la Alcazaba, donde en la actualidad se alza el Parador de Turismo. Sus construcciones datan del siglo XVIII. Desde el fuerte de la Victoria un 16 de junio de 1862 se disparó el cañón que determinó el actual perímetro de la ciudad autónoma.

En la plaza Pedro de Estopiñán, se yergue el Museo de la Ciudad, coronado por la Torre de la Vela y flanqueado por la batería de la Muralla Real. Una madeja de calles estrechas conduce hasta la iglesia de la Concepción, el templo cristiano más antiguo de la ciudad. Sus obras se iniciaron en 1657. La fachada lisa y encalada luce una bella portada y una pequeña hornacina donde se venera a la imagen titular de la iglesia. El interior está dividido en tres naves a cuyos lados se suceden capillas de aliento barroco. El altar y el retablo mayor están presididos por la talla de Nuestra Señora de la Victoria, patrona de la ciudad.

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Ligada estrechamente a la historia militar, Melilla es, ante todo, una sorpresa para aquel que llega por primera vez a la ciudad española. Más allá de los muros, fuertes, fosos y baluartes que dan sentido a la estratégica plaza fuerte, Melilla alardea entre las calles y avenidas de su ciudad contemporánea de un patrimonio modernista único en España.

El aumento de la población a principios del siglo XX obligó a los responsables melillenses a construir más barrios. El Ensanche Modernista responde a esa necesidad de crear nuevos espacios públicos, ordenados según las pautas imperantes en el urbanismo de principios de siglo. Fue entonces cuando se desvió el cauce del río Oro y se estableció un centro geométrico en torno a la actual plaza de España. La ciudad modernista siguió las pautas de otros modelos urbanísticos ensayados en ciudades como Barcelona o Valencia. Al arquitecto catalán Enrique Nieto, discípulo de Antonio Gaudí, se deben algunos de los edificios de más renombre en la ciudad nueva. A Nieto y al ingeniero vasco Emilio Alzugaray, que contribuyó por su lado a ordenar calles, parques, alamedas y avenidas. De esta forma, Melilla se deshizo poco a poco de su aspecto militar y dio paso a nuevas corrientes que hoy siguen sorprendiendo por su belleza y armonía.

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Los principales edificios modernistas están en el llamado Triángulo de Oro, un conjunto de calles delimitadas por las avenidas Reyes Católicos y Juan Carlos I con el parque Hernández y la plaza de España. Melilla posee más de doscientos edificios modernistas. De hecho, es la segunda ciudad después de Barcelona con mayor número de monumentos adscritos a esta corriente arquitectónica. En todos ellos se advierte la originalidad de los ornamentos, cuajados de motivos geométricos y vegetales que se repiten en puertas, ventanas, esculturas y relieves.