Medellín, de comuna a comunidad: el arte y la sostenibilidad como motores de cambio
Cómo el grafiti, la música y los proyectos culturales y han ayudado a Medellín a convertirse en referente de innovación, ecología, movilidad y turismo.

Durante años, cuando se hablaba sobre Medellín se hacía en voz baja; su nombre se decía con miedo, con prejuicio, con la memoria todavía fresca de una violencia que parecía no terminar nunca. Hoy, en cambio, su nombre se pronuncia con orgullo y se vincula a un movimiento artístico contemporáneo que no para de evolucionar. La capital de Antioquia se ha convertido en un laboratorio urbano donde el arte, la cultura y el espacio público han tejido una nueva forma de habitar la ciudad. Esto es lo que explican a fondo en uno de los recorridos en bicicleta que realiza Turibike, e-bike tours de Medellín, una ruta que empieza en los barrios donde el grafiti dejó de ser una marca de frontera invisible para convertirse en un lenguaje común donde la música ha vuelto a ocupar las plazas y donde el miedo ha sido reemplazado, poco a poco, por la comunidad.

Del miedo al narcotráfico a la calle
Ubicada en un valle entre montañas aparece Medellín, una ciudad que indudablemente está ligada a su historia; un pasado todavía vivo, que duele y arde, pero que el arte y la cultura le han permitido mirar desde otro ángulo. La mayor parte de su población se construyó en base a la migración rural a causa de la violencia. Hasta aquí llegaron familias enteras que huían de sus terrenos para asentarse creando barrios en las laderas de sus montañas. Y es que, su geografía, alargada, estrecha, atravesada por el río Medellín y en pleno valle montañoso, ha limitado por siempre la forma en la que ha ido creciendo la ciudad. A esta característica territorial se sumaba la situación social y el miedo que hizo que, durante muchos años, no existieran parques ni espacios públicos, pues salir se convertía en un riesgo.
Sin embargo, fue en el año 2004 cuando la ciudad apuesta por un proyecto ambicioso: crear más de cien parques urbanos para recuperar la calle como lugar de encuentro; una declaración política y social que se sumó a otras acciones sincronizadas con el fin de derrotar la violencia del narcotráfico. Fomentar la educación pública, instaurar proyectos de nutrición a la infancia, establecer un sistema de transporte que conectase toda la ciudad –dando vida a su red de tranvía y metro– y trasladar las fábricas a su periferia, fueron algunos de los actos con los que comenzó este profundo cambio en Medellín.

Comuna 13
En Medellín cada grafiti cuenta una historia: víctimas del conflicto, líderes sociales, mujeres afro, campesinos desplazados, niños indígenas que recuerdan a buena parte de la población... Lo que antes señalaba peligro ahora construye identidad. En lugares como la Comuna 13, un barrio conocido por haber pasado de epicentro de violencia a símbolo de resiliencia, el arte no solo sirvió para embellecer el entorno, sino que permitió recuperar espacios dominados por la violencia y devolverlos a la comunidad. La música –el rap, el hip hop y el reggae– sirvió también para sanar a través de letras que cuentan en primera persona la vida de muchos de sus locales. Por eso, en Medellín, la inversión cultural fue tan decisiva como la urbana para volver a reconstruirse. Bibliotecas públicas, parques verdes y centros culturales ayudaron a que la ciudad volviera a reconocerse y a recuperar su identidad. Por eso, hoy, la palabra “comuna” ya no significa marginalidad, sino pertenencia y la Comuna 13 se ha convertido en símbolo de transformación. En Medellín el grafiti no es vandalismo, ahora es memoria viva.

Cuando la industria se volvió cultura
Uno de los símbolos más claros de esa transformación es Ciudad del Río, un moderno distrito que ha transformado la antigua zona industrial en el epicentro del arte urbano de Medellín. Aquí se entremezclan áreas residenciales con museos, galerías de arte y cafés de especialidad con obras arquitectónicas únicas y jardines y parques verdes con una variedad de restaurantes y food trucks. Todo, eso sí, manteniendo su antigua estética fabril permitiendo recordar su pasado.
El corazón de este barrio es el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), construido en el mismo espacio donde funcionó una siderúrgica y manteniendo las características propias de la fábrica. El museo abre sus puertas gratuitamente todos los miércoles y proyecta cine al aire libre el último viernes de mes, un gesto claro de democratización cultural por el que demuestran que no importa si se vive en un barrio acomodado o en la periferia, el arte aquí abre sus puertas para todos. Además, en su terraza, la exposición Kokhaproyect invita a reflexionar sobre la hoja de coca desde una mirada artística, política y simbólica, alejándose del relato único del narcotráfico que ha rodeado desde siempre a esta ciudad para devolverle complejidad histórica y cultural.
Muy cerca de allí, en el barrio Perpetuo Socorro, se encuentra el llamado Distrito Creativo de Medellín un lugar convertido en punto de encuentro entre la historia industrial y la vanguardia creativa que creció en un barrio industrial lleno de talleres y fábricas pero que hoy es un territorio vibrante donde la creatividad impulsa el desarrollo. Aquí conviven artistas, diseñadores, emprendedores y estudiantes que comparten una misma visión: construir una ciudad más humana, sostenible y cultural a través del arte, la arquitectura, la gastronomía, la música y la innovación. Tanto es así que los espacios que pertenecen a este movimiento creativo cuentan con su propia bandera con el mosaico de un sol, una figura que representa la transformación de sus retos en oportunidades. Y es que de los locales donde cuelga este estandarte, se sabe que allí sucede algo creativo, ya sean exposiciones, estudios de diseño, conciertos, residencias artísticas, tiendas de moda…

Una ciudad reconvertida al verde
Llamada cariñosamente ‘La Ciudad de la Eterna Primavera’, Medellín hace honor a este título. En apenas 20 años, la ciudad pasó de estar en los primeros puestos de las ciudades más violentas del mundo a recibir en 2016 el premio Lee Kuan Yew World City Prize, un galardón que reconoce a las ciudades por sus sobresalientes contribuciones a la creación de comunidades urbanas vibrantes, habitables y sostenibles. A estos avances anteriores se le sumó uno de los proyectos ambientales más ambiciosos del país: convertir Medellín en la ciudad más verde de Colombia. Y es que, al estar ubicada en un valle, la ciudad sufría de un problema de polución a causa de la dificultad de circulación del aire. Así, se creó un entramado de corredores verdes a lo largo de las avenidas en donde comenzaron a florecer grandes árboles frutales, arbustos y flores, se trabajó en recuperar el río Medellín –que durante décadas fue sinónimo de contaminación– y en crear jardines verticales en puentes, avenidas y edificios públicos que trabajasen como pulmones urbanos, además de servir como elementos ornamentales. Y una apuesta más: potenciar la movilidad sostenible a través de la bicicleta creando carriles propios y cerrando partes de la ciudad cada domingo en exclusiva para los peatones.
De fronteras invisibles a lienzos urbanos
Si hay un lugar donde se condensa la memoria y la resistencia de Medellín, es la Plaza de San Antonio. Es el lugar que representa el mayor dolor de este país, pero también donde nació el gran cambio a través del arte. En los años 90, tras la muerte de Pablo Escobar, la ciudad quedó atrapada entre las bandas criminales y las temidas fronteras invisibles, límites marcados con grafitis que dividían barrios y nadie podía cruzar sin arriesgar la vida. Y fue precisamente en esta plaza, el 10 de junio de 1995, cuando un concierto por la paz terminó en tragedia al estallar una bomba bajo una escultura de Botero situada en los alrededores. Personas de todas las edades, pero especialmente jóvenes, perdieron la vida en aquel atentado. Y fueron las madres de estas víctimas las que decidieron hacer frente a la violencia y transformarla en acción colectiva con el fin de crear un futuro mejor para los jóvenes que se quedaban; así se organizaron por barrios para impulsar talleres de música, teatro, hip hop, danza y grafiti convirtiendo estas pinturas en memoria, denuncia y orgullo de barrio. Así, con el tiempo los muros dejaron de delimitar fronteras y comenzaron a contar historias a través de colores, rostros y mensajes que narran una ciudad que aprendió a sanar a través de la cultura devolviéndole la vida a sus calles.
Síguele la pista
Lo último