Masai Mara, la esencia de África

Establecida en 1961, la reserva de Masai Mara atesora, ahora, la mayor concentración de vida salvaje de África. En un solo día no será raro avistar a los "big five" (elefante, león, búfalo, rinoceronte y leopardo). A ellos se suman los cerca de dos millones de ñus, cebras y gacelas que, desde el Serengeti, realizan la Gran Migración.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

No hay en toda la Tierra espectáculo de vida salvaje más sobrecogedor. Seguidos en corto por leones y hienas complacidos ante semejante despensa ambulante, un ejército de dos millones de ñus, cebras y gacelas avanza en busca de agua y pastos frescos por el ecosistema Serengeti-Mara, un pedazo del África Oriental de 25.000 kilómetros cuadrados. La Gran Migración no tiene en realidad principio ni fin, pero es ahora, en pleno verano, cuando las manadas comienzan a inundar las praderas de la reserva keniana de Masai Mara.

Las lluvias, cada vez más caprichosas, dan el pistoletazo de salida a este cíclico peregrinar que irá concentrando a los animales en hordas cada vez mayores a medida que el agua escasea por el vecino parque tanzano del Serengeti. En las vastas planicies de su región sureste, e incluso en los alrededores del Área de Conservación del Ngorongoro, el grueso de las manadas suele permanecer en ocasiones bastante disperso hasta generalmente mayo, tras haber dado a luz a sus crías. En los meses siguientes los ñus, esos singularísimos antílopes capaces de oler la lluvia a distancias inconcebibles, irán desplazándose rumbo al oeste y al norte, arrimándose cada vez más a las riberas del río Grumeti, en el que, antes o después, los cocodrilos celebrarán su seguro banquete anual. Porque para entonces no se esperan más lluvias por el Serengeti y en alcanzar la reserva del Mara les va la vida. Entre julio y septiembre, según venga el año, este descomunal séquito de herbívoros se verá obligado a afrontar de nuevo el peligro al toparse en su camino con el río Mara. A sus orillas, cientos de miles de ñus pueden demorarse lo indecible hasta decidir por dónde y en qué momento cruzar. Entre la polvareda que levantan con sus encabritados avances y retrocesos, por fin alguno asume el liderazgo y comienza el espectáculo de cabriolas lanzándose al agua, de avalanchas que acaban despeñando por los riscos a muchos compañeros de viaje y de hileras de cabezas sumergidas con los ojos crispados tratando de no ser arrastrados por la corriente y llegar con vida a la otra orilla, de no quedarse aislados y convertirse en una presa fácil para los cocodrilos. Un espectáculo a la vista de los ocupantes de los todoterreno que, en algún recodo seguro a la vera del río, han tenido el acierto de hacer coincidir sus días de safari con uno de los momentos más electrizantes de la mayor concentración de mamíferos del planeta.

A partir de entonces el Masai Mara andará a rebosar de herbívoros, y de predadores listos para el festín. Estos viajeros eternos apenas gozarán aquí de una relativa tregua hasta que, hacia noviembre, su instinto les recuerde que las lluvias ya asoman por el sur y deben emprender el regreso al Serengeti. Pero la tregua en las sabanas es siempre corta. Como en un jardín del edén, por los 1.500 kilómetros cuadrados de esta reserva teóricamente gestionada por el pueblo masai campan a sus anchas inmensas manadas de impalas, topis, gacelas de Thompson y de Grant, cebras, jirafas y, por supuesto, ñus, siempre alerta a la entrada en acción de un guepardo o de unas leonas con cuerpo de cacería. Jamás bajan la guardia. Por las praderas, al igual que en una coreografía, se los avista pastando, mas sin dejar de mirar rítmicamente a un punto fijo donde el instinto, o el viento, les avisa del lugar en el que dormitan los leones. Dado que no habrá jamás rincón alguno donde ponerse del todo a salvo, tener localizados a los predadores para, llegado el caso, salir corriendo a tiempo, será siempre mejor estrategia que topárselos por sorpresa.

La llegada del nuevo día

Las horas frescas del amanecer y el atardecer auguran los mejores encuentros con la fauna y multiplican las probabilidades de presenciar una escena de caza. Aún de madrugada, los todoterreno de los lodges del Masai Mara arrancan el motor para afrontar el primer y probablemente más emocionante safari del día. Con las luces puestas, porque todavía reina la penumbra, el ranger que lidera la expedición será crucial para atisbar los primeros animales mientras la sabana se despereza. Aquí el trote entre coqueto y torpón de unas jirafas enfilando hacia unas acacias espinosas; allá unas hembras de impala triscando confiadas de que el macho encargado de velar su harén dará la voz de alarma en caso de peligro; o el paso apresurado y hasta cómico de una familia al completo de babuinos. O el estremecedor bostezo de los hipopótamos que vuelven tras la noche a sumergirse en un río y las aves más fabulosas celebrando el nuevo día.

En sincronía perfecta, el ciclo de la vida levanta el telón de esta puesta en escena en la que cada especie lleva su papel bien aprehendido en los genes. Los animales de mayor tamaño irán tomando las ramas más altas y las hojas más duras y, a su paso, aplastarán la hierba, más apetitosa así para otros más pequeños. Los carnívoros harán lo imposible por dar cuenta de los herbívoros y aún dejarán algo para los carroñeros... La naturaleza, en África, no conoce el desperdicio.

Tímidamente empieza a despuntar el sol y la fauna lo festeja con un estruendo de alaridos que desvela la inmensidad de vida que aquí habita. Y amanece casi de repente, como en todas las latitudes ecuatoriales. El olor a herbívoro perfuma las planicies y en la claridad que de súbito las envuelve los predadores salen a por su desayuno. La pericia de los rangers quizá logre que no haya que demorarse mucho para dar con una gran manada de ñus o de elefantes, con algún viejo búfalo solitario e incluso con algún ejemplar de los aquí más difíciles de ver: leopardos y rinocerontes. Lo que rara vez faltará en un safari por el Mara será el encuentro con los leones, retozando a la sombra en las horas más tórridas o repartiéndose a dentelladas los restos de una presa. La clave para avistarlos cazando consiste en saber esperar. Cierto que la acción puede dispararse en el lugar y el momento más insospechado, pero la favorece la paciencia e, indudablemente también, la primera y última hora del día, cuando cede el calor y los predadores aprovechan para salir a buscar comida. Son estos los mejores momentos para emprender un safari.

Encuentro con los masai

Esbeltos como un junco, con su mirada orgullosa y la elegancia de sus túnicas de un rojo impoluto, no es extraño que se use y abuse de la imagen de los masai para promocionar Kenia como destino. De origen nilótico, este fiero pueblo de guerreros y pastores seminómadas es al menos sobre el papel dueño y señor de la reserva de Masai Mara, en la que recalar por alguna de las aldeas en las que viven casi como siglos atrás. A la entrada del círculo de chozas de paja y barro conocido como manyattas, el jefe del poblado recibe a los visitantes, así como el pago por la incursión, que se emplea en beneficio de la comunidad. Las mujeres entonan sus canciones y sus bailes de bienvenida para luego desplegar sus artesanías y collares de cuentas ante quienes las quieran comprar. En el paseo por la manyatta podrá aprenderse de la vida de esta etnia ancestral. Su vida gira alrededor de las vacas. De hecho, los masai se sienten dueños de todo el ganado del mundo, ya que así se lo concedió su dios creador, Ngai. Lo importante es cuántas vacas posee un hombre. Además de ser un símbolo de estatus, podrá casarse con tantas mujeres como desee. En su camino hacia la edad adulta, los niños aprenden a cuidar y defender el ganado, aunque muchos hoy van también a la escuela. La práctica ritual de matar un león para convertirse en un hombre lleva tiempo prohibida por la ley. El mundo cambia y, a pesar de los esfuerzos por mantener viva su esencia, los masai cambian con él. El encuentro con este pueblo orgulloso es quizá solo superable en emoción por una salida en todoterreno al encuentro de los animales de hábitos más nocturnos o por sobrevolar en silencio el Masai Mara a bordo de un globo, abarcando toda su grandeza desde el aire. Es algo que no tiene precio; bueno, es un decir, ya que la broma ronda los 400 dólares por cabeza. Al posarse invitan a descorchar una botella de champán para vivir sobre la sabana un desayuno al más puro estilo Memorias de África.