Marrakech en primavera, el plan perfecto

Caótica y misteriosa, mítica y cautivadora, esta ciudad marroquí esconde un millón de atractivos ideales para explorar en estas fechas.

Noelia Ferreiro
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Foto: carloscastilla / ISTOCK

Una feria perpetua, un enjambre de callejas de trazado imposible con olor a especias y a cuero curtido, una aglomeración de polvo, gente, acaso demasiados turistas. Todo esto es Marrakech, la ciudad más enérgica de Marruecos. Un mundo de olores, sabores y estímulos que desprenden un irresistible exotismo.

Poco ha cambiado este milenario encave desde aquellos tiempos remotos en que emergió como un oasis al abrigo del Atlas para dar cita a las viejas caravanas de camellos y a los fatigados mercaderes del sur. La tradición, por encima de todo, es hoy su seña de identidad, ese encanto medieval y con un toque de Las mil y una noches que pervive en sus muros de adobe y sus casas de techo plano, en ese perfil que es rojo como el color de la tierra por aquella leyenda que dice que, cuando se clavó la torre de la Koutoubia en el mismo corazón de Marrakech, la ciudad toda se tiñó de sangre.

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Hoy la Koutoubia, esa hermana gemela de la Giralda de Sevilla considerada un referente de la arquitectura árabe, domina con su alminar el perfil del entramado urbano. Sus 77 metros de altura, visibles desde todos los puntos, sirven de orientación. Y aunque está prohibida su entrada a los no musulmanes, explorar sus alrededores, cruzar el arco y pasear por el pequeño jardín pueden ser un buen aperitivo para conocer la ciudad.

Después, lo más auténtico será adentrarse por el laberinto de la Medina, el casco viejo, y deambular por unos coloridos zocos que, como antaño, continúan jerarquizados por gremios: el de los tintoreros, el de los alfareros, el de los fabricantes artesanos de babuchas.... Una maraña de calles retorcidas con más de dos mil pasadizos secretos. Hay que perderse, sin miedo y sin prisa, dejándose llevar por los aromas. Porque es aquí donde late la vida genuina de sus lugareños, los gritos de los hombres en su idioma incomprensible, las mujeres que portan su compra sobre la cabeza, los niños que corretean al salir de la escuela...

Alvaro Faraco / ISTOCK

Ahora o más tarde llegará la experiencia fantástica (y agotadora) de las compras. Desde las joyas de plata a las de cobre o latón, pasando por toda una gama de alfombras y un inabarcable repertorio de platos, vasijas, ceniceros y demás artículos de cerámica, siempre pintados de vivos colores. Babuchas, instrumentos, teteras de plata, macetas de terracota, lámparas de piel de camello y chilabas para los más atrevidos completan la lista de los productos más típicos, a los que cabe añadir las hierbas, los aceites, las especias y los siempre fascinantes bebedizos y pócimas. En todo rige una única regla: nada tiene precio fijo. El regateo es así la moneda común.

Más allá de este universo, existen varios monumentos de interés. Por ejemplo, las tumbas Saadíes, las cuales fueron algún día, dicen, el primigenio cementerio de los descendientes del profeta Mahoma, aunque hoy albergan los cuerpos de los príncipes saadíes. También el Palacio de la Bahía, un derroche de alicatado decorativo con impresionantes patios de arquitectura clásica. Y las imponentes ruinas románticas del Palacio de El Badi, que tuvo fama de contarse entre los más bellos del mundo y llegó a ser conocido como "el incomparable".

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Otra cara de Marrakech es la que ofrecen sus parques y jardines, remansos de paz que contrastan con el ritmo desenfrenado de sus calles. Como la Menara, con un enorme estanque central rodeado de olivos junto a plantas tropicales. O el Jardín Mayorelle, propiedad del modisto Yves Saint-Laurent, que es una exótica joya con una casa de color azul eléctrico, en cuyos alrededores crecen los cactus, los bambús y las buganvillas.

Pero nada como la noche para descubrir el Marrakech más auténtico. Se abre el telón y la plaza de Djamaa el-Fna, declarada por la Unesco Patrimonio Oral de la Humanidad, se convierte en el gran teatro del mundo. Aguadores, músicos, encantadores de serpientes, cuenta-cuentos, saltimbanquis, malabaristas... y el humo de los puestos de sopas, pollos fritos y caracoles. Cientos de personas arremolinadas, un parloteo constante, una galería de personajes que amenizan la noche, una experiencia mágica. Después, claro, volverá la lucidez del día. Entonces sonará cada tanto el canto ronco del muecín recordando los rigores del rezo.

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