Mardi Grass: el estadillo verde, púrpura y dorado de Nueva Orleans

Siempre orquestada por los ritmos sincopados de su jazz, Nueva Orleans palpita más fuerte que nunca durante las semanas del Carnaval. El sonido de las brass bands se cuela por cada uno de sus rincones, los balcones de hierro forjado del Barrio Francés se cubren de coloridos collares y por sus calles, con acento francés y español, tienen lugar más de 60 desfiles que celebran un apasionante mosaico cultural a orillas de las aguas más caudalosas del Misisipi.

Un paseo por el Mardi Grass de Nueva Orleans.
Un paseo por el Mardi Grass de Nueva Orleans. / Gonzalo Azumendi

En una mesa desvencijada, escondida entre gigantescas figuras y carrozas aún sin terminar, Quaid pinta con minucioso detalle unas esculturas. A su alrededor, el bullicio de los visitantes de Mardi Gras World hace que pase desapercibido. “Aquella cabeza de lobo es mía”, señala con orgullo el joven artista recientemente graduado en Bellas Artes. En este enorme taller-museo carnavalesco afronta su primer encargo profesional, dar forma a algunas de las figuras que pronto recorrerán la ciudad. Aquí también es posible contemplar otras que han protagonizado los desfiles históricos del Carnaval más célebre de Estados Unidos. Mardi Gras World fue fundado oficialmente como Kern Studios en 1947 por Blaine Kern, aunque sus verdaderos orígenes dieron comienzo en 1932, cuando él y su padre construyeron una carroza sobre un carro tirado por mulas. Era el periodo de la Gran Depresión y, con este pequeño gesto, buscaban impregnar algo de alegría en el ambiente. El éxito fue tal que Kern pronto ganó el apodo de “Mr. Mardi Gras”.

Celebrando el Mardi Grass en el Barrio Francés.

Celebrando el Mardi Grass en el Barrio Francés.

/ Gonzalo Azumend

Es mi primer contacto con el Carnaval de Nueva Orleans, aunque no con su imparable cultura festiva. En esta visita a NOLA, acrónimo cariñoso con el que los locales se refieren a su ciudad, quería saldar mi deuda pendiente con Mardi Gras. Su nombre, del francés “martes gordo”, hace referencia al último día de indulgencias antes del inicio de la Cuaresma, pero en Nueva Orleans, todo el periodo festivo recibe esta designación. Tras la Guerra de Secesión, el Carnaval empezó a promocionarse en folletos y eventos para atraer visitantes y reactivar una economía muy castigada. Con el tiempo, la celebración fue creciendo y adoptando elementos de Luisiana que se combinaron con tradiciones francesas, españolas, africanas y caribeñas, hasta acabar compitiendo en fama internacional con los de Venecia o Río de Janeiro.

Adriana Fernández

Situada al sureste del estado de Luisiana, a orillas del río Misisipi y a pocos kilómetros de su desembocadura en el golfo de México, esta tierra, perfilada por pantanos, ocupa un lugar estratégico en la historia del país. Francia se llevó los méritos de su fundación en 1718, aunque no tardó mucho en pasar a manos españolas. De esas casi cuatro décadas queda la arquitectura del Barrio Francés y los nombres originales marcados en sus principales vías, como San Felipe o Calle Real. Luego volvería a Francia brevemente para acabar integrándose en Estados Unidos tras la Compra de Luisiana en 1803 por 15 millones de dólares. Al mismo tiempo que se sucedían todos estos cambios de soberanía, la ciudad amasaba su cultura a partir de una población africana esclavizada, varias comunidades criollas y una fuerte influencia caribeña, dando lugar a un mestizaje profundamente espiritual y musical.

Celebrando el Mardi Grass en el Barrio Francés.

Celebrando el Mardi Grass en el Barrio Francés.

/ Gonzalo Azumend

Confluencia de culturas

Mardi Gras es uno de los mayores legados de esta amalgama cultural. En NOLA, esta tradición europea ligada al calendario cristiano se colorea con verdes, morados y dorados. Fe, justicia y poder para adornar balcones, vallas, farolas y hasta las ramas de los árboles de la avenida de Saint Charles. En las cafeterías no falta el King Cake, un pastel ovalado similar al roscón de Reyes. Decorado con los colores oficiales de Mardi Gras, es el encargado de dar el pistoletazo de salida a las celebraciones, consumiéndose desde el 6 de enero hasta que finaliza el Carnaval. Combinar el dulce con las sabrosas gastronomías cajún y criolla, con platos como el gumbo, un guiso sabroso y especiado de pollo y gambas, el jambalaya, heredero del arroz europeo y africano, o el po’ boy, un sándwich de mariscos fritos hecho icono, será otra forma de seguir adentrándose en la cultura más vibrante de Luisiana.

Celebrando el Mardi Grass en el Barrio Francés.

Celebrando el Mardi Grass en el Barrio Francés.

/ Gonzalo Azumend

Mientas paseo inquieta por el Vieux Carré, el Barrio Francés, me cruzo con personas con disfraces de todas las temáticas posibles, siempre sonrientes y con el cuello cargado de collares que tintinean a cada paso. Nueva Orleans vuelve a recordarme su esencia imprevisible. Hace apenas una semana todos caminaban en pantalón corto, y ahora el frío y la niebla que asciende del Misisipi envuelven las calles en una imagen misteriosa. Siempre cambiante y caprichosa, siempre asombrosa. Las coloridas fachadas de las calles coloniales esconden bonitos patios que pasan inadvertidos para los viandantes. Solo fijándose en sus puertas de hierro es posible advertir algunos de los secretos del núcleo histórico. También afinando el oído se perciben melodías entrelazadas que marcan el ritmo de América. Así reconozco las distintas versiones de Iko Iko, una canción nacida tras el Mardi Gras de 1936, cuando James Sugar Boy Crawford escuchó cantos rituales y los transformó en un tema que, décadas después, sería versionado por The Dixie Cups, Dr. John o Robin Barnes. Esa misma noche tengo la oportunidad de ver a Robin en directo en el Peacock Room, un sofisticado salón francés escondido en un hotel del distrito financiero. Bautizada como “pájaro cantor de Nueva Orleans”, su voz fusiona jazz, soul y góspel con la energía de su ciudad natal.

Vista de la catedral de Saint Louis desde Jackson Square.

Vista de la catedral de Saint Louis desde Jackson Square.

/ Gonzalo Azumendi

La música suena incansable en las calles y en los locales de Bourbon y Frenchmen Street. Por supuesto, también está presente en su Carnaval. Las brass bands —bandas compuestas por instrumentos de viento— marcan el ritmo de los desfiles. Estos conjuntos son el resultado de las bandas militares europeas y de las tradiciones africanas de percusión. Trompetas, trombones, bombos y cajas acompañan todos los ciclos de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte.

Mansión en el Garden District.

Mansión en el Garden District.

/ Gonzalo Azumendi

Con la música como base, el Mardi Gras adopta formas muy diferentes. En el Barrio Francés, Bourbon Street muestra la cara más desbordada y excesiva de Nueva Orleans en cualquier momento del año. Muchas personas se reúnen en las casas de esta calle rebosante de alegría, convertidas en bares temporales, para tomar algo tranquilamente y lanzar collares de cuentas de colores a quienes pasan por debajo. Alejándonos unas manzanas, descubrimos otros Mardi Gras, como el de Garden District, con un ambiente relajado entre cuidados jardines y elegantes mansiones victorianas del siglo XIX. En Tremé, donde aún resuenan antiguos tambores africanos, estremece de manera especial. Ubicado al norte del French Quarter, el barrio afroamericano más antiguo del país fue uno de los más castigados por el huracán Katrina, pero aquí las adversidades se combaten con música y compartiendo tradiciones. Mardi Gras Indians es una de ellas. Estos desfiles de afroamericanos rinden homenaje a los pueblos indígenas que ayudaron a esclavos fugitivos durante la época colonial. Sus trajes, confeccionados a mano y elaborados a base de plumas, lentejuelas y bordados, contrastan con los de las Baby Doll Ladies, otro de los grupos de Mardi Gras compuesto por mujeres afroamericanas que visten con modelos provocativos a modo de expresión de empoderamiento y resistencia, una costumbre que nació a principios del siglo XX en el distrito rojo. Para ahondar en esta y otras tradiciones, conviene visitar el Backstreet Cultural Museum. Fundado en 1988 como pequeña exposición en un garaje, acoge una amplia colección del Mardi Gras, pero también sobre los funerales de jazz y las second lines, los desfiles que acompañan las bandas de música.

Viviendas en la calle St. Ann.

Viviendas en la calle St. Ann.

/ Gonzalo Azumendi

En estas fechas no debemos alejarnos mucho de Tremé, especialmente si no queremos perdernos su evento estrella. Cada Martes de Carnaval, al amanecer, tiene lugar una ceremonia vudú para bendecir el barrio, un ritual que recuerda hasta qué punto la espiritualidad forma parte del día a día. Horas más tarde, una banda de esqueletos recorre las calles. Documentalistas como Royce Osborn, con su película All on a Mardi Gras Day, han sido claves para evidenciar estas tradiciones místicas. En ellas el vudú está muy presente. Esta religión sincrética combina creencias africanas y católicas, conectando vida y muerte. El Barón Samedi, irreverente guardián del reino de los muertos, es uno de los personajes que encarnan la profunda conexión espiritual de la ciudad y se ha convertido en uno de los símbolos del Mardi Gras por representar el instante en que se apuran los excesos antes de la Cuaresma.

Música en The Spotted Cat Music Club.

Música en The Spotted Cat Music Club.

/ Gonzalo Azumendi

“El Barón del Cementerio fuma y bebe porque está celebrando la última noche en la Tierra”, explica Mike. “Él te invita al otro lado.” Neoyorquino de origen, Mike se instaló en Nueva Orleans para ampliar sus conocimientos sobre vudú. La relación con lo sobrenatural se extiende también a la superstición y a lo fantasmagórico. Son numerosas las mansiones del Barrio Francés que presumen de estar habitadas por fantasmas y algunos ascensores del Distrito Financiero evitan el número 13. Las tumbas del Cementerio de St. Louis refuerzan la relación con la muerte. En él descansa la figura más influyente del vudú, Marie Laveau, quien realizaba prácticas de sanación y protectoras. Actualmente es toda una leyenda y su antigua casa es lugar de peregrinación.

Teatro panorámico en el observatorio Vue Orleans.

Teatro panorámico en el observatorio Vue Orleans.

/ Gonzalo Azumendi

El último día de mi viaje asisto a uno de los primeros desfiles de Mardi Gras. Las calles se llenan de sillas plegables, carritos y familias enteras que bailan mucho antes de que aparezca la primera carroza. De pronto, las brass bands irrumpen, y un mismo ritmo se impone en el lugar, el que siguen las second lines con sus coreografías ensayadas al milímetro. A continuación, empiezan a aparecer carrozas. El público grita, estira los brazos y suplica regalos. Para reforzar la petición, algunos incluso portan gigantescos carteles con los que llamar la atención de quienes lanzan objetos desde las carrozas y conseguir así la mayor cantidad. En un primer momento, me cuesta entrar al juego, pero, en esas tres horas de fiesta y lluvia de regalos, acabo dejándome llevar mientras avanzo entre la multitud hasta toparme con un grupo que acumula cestas y carritos desbordados de collares y todo tipo de objetos brillantes. “Vengo todos los años siguiendo el ritual de mi abuela”, cuenta Tomas Lacomb. “Mi abuela lo recogía todo y luego lo llevaba a Nicaragua para repartirlo entre familias necesitadas.” Este gesto solidario entre toda la exuberancia no es una excepción. Tomas me presenta a una pareja de recién casados procedentes de Carolina del Norte y a otra de Canadá. Él ha venido solo, pero no ha tardado en hacer amigos con los que brindar e intercambiar regalos. Quizá esta sea la mejor definición de Nueva Orleans, un lugar donde siglos de mestizaje cultural han dado forma a una comunidad abierta y festiva, capaz de hacer que cualquiera pueda sentirse parte de ella, aunque solo sea por unos días.

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