Marbella, mucho más lujo y glamour

Marbella ha pasado en sólo 45 años de ser un pueblo abastecido por el campo y el recuerdo de las extracciones de hierro de la Sierra Blanca a convertirse en un destino turístico internacional de referencia. Hoy son muchos los viajeros que se acercan para contagiarse del estilo de vida de lujo de algunos de sus actuales pobladores.

Carolina Cañada

Inconformista como soy a aceptar lo evidente como única cualidad de los lugares a los que viajo, me dirijo hasta una de las ciudades que llevan asociadas adjetivos derivados de glamour y el dinero. Empeñada en demostrar que hay algo más, me tiro a la carretera dispuesta a bucear en el solar marbellí. Como acostumbro, no he dejado mucho al azar en la planificación del viaje (www.marbella.es y www.visitacostadelsol.com). Lo primero que choca en este fin de semana es que la única manera de acceder a Marbella es por carretera. Los trenes están lejos de parar en uno de los destinos más frecuentados de la Costa del Sol. La alternativa marítima se aleja de mi presupuesto, así que me toca ver el Mediterráneo desde la ventanilla del coche, lo que tampoco está mal. Los más jóvenes siguen optando por el autobús. La estación está bien conectada con el resto de la ciudad por diferentes líneas de bus.
Fiel a mi costumbre de amanecer en el lugar de destino, he reservado habitación en uno de los hoteles en los que, a buen seguro, me empaparé de ese estilo de vida tan ligado al ocio que vende Marbella, en sintonía también con sus precios. Abro las ventanas de mi cuarto en el Río Real Golf Hotel (www.rioreal.com). Añoraba la brisa húmeda de las ciudades costeras en las primeras horas de luz.
Elijo desayunar en la terraza del hotel. Quiero el calorcito suave del sol mañanero en mi cara. Una tostada y un zumo de naranja de dimensiones andaluzas pueblan mi mesa. La vista se alimenta de manjares que superan muchas experiencias. Ese mar tranquilo de reflejos dorados en el horizonte es una de las mejores instantáneas de la Costa del Sol. De las que se graban en la retina de la memoria. Haciendo caso del dicho "donde fueres, haz lo que vieres", alquilo un equipo para tontear un rato por los greens del campo de golf, pues nada de lo que haga se podrá parecer al buen juego. Sobre todo viendo el nivel de los madrugadores.
Suelo ascender hasta la parte más alta de los lugares que visito para lograr la sensación de dominar el terreno que piso. La mejor imagen de Marbella la da, sin embargo, la carretera que sube al bello pueblo de Ojén. Propongo una sentada en una loma junto a la carretera para ver qué sensaciones me sugieren el paisaje y el ambiente salado. Me encuentro en plena Sierra Blanca, rodeada de alcornocales, viejos pinares y algunos olivos.
Una vez en Marbella City, como lo llaman algunos, el centro histórico ocupa mi atención. Allí sitúan los estudiosos la antigua ciudad romana de Salduba, tan citada por Ptolomeo y Plinio. Cierto o no, sus límites amurallados coinciden con el actual casco viejo de la ciudad. Los romanos dejaron sus huellas más evidentes en las termas de Guadalmina -a la entrada de San Pedro de Alcántara- y la villa de Río Verde. En el centro, esas pistas se hallan en los cimientos de muchos edificios, como los de la céntrica Plaza de los Naranjos, levantada tras el derribo de parte de la medina musulmana ya en época cristiana. Musulmán es también lo que resta de las torres y la muralla del castillo. En su época de esplendor poseía tres puertas, ya desaparecidas, igual que una parte de las torres.
Entre el lujo de los edificios, las tiendas, los coches deportivos y la mayor concentración de campos de golf de España se hace difícil imaginar a Marbella como un centro minero. Pero lo cierto es que en el siglo XIX poseía dos grandes hornos de hierro que contribuyeron en aquella época a hacer de Málaga la segunda provincia industrial de España.
Arquitectura religiosa
El viajero no deberá dejar de visitar el Hospital de San Juan de Dios (siglo XVI), que combina con gusto los estilos renacentista, gótico y mudéjar. Coincide en estilos y en su fachada en piedra la Casa del Corregidor, de igual época, situada en la Plaza de los Naranjos. Ejemplos de la arquitectura religiosa marbellí son la Ermita del Santo Cristo de la Vera Cruz y la del Santo Cristo (siglos XVI), los edificios más antiguos de la ciudad.
Por otro lado, el carácter internacional de Marbella es el causante de la variedad de restaurantes, con cocina de hasta 25 países, sin olvidar las comunidades españolas de más rica gastronomía. No me siento capaz de contar con tan buen día el número de restaurantes y me propongo dejarme seducir más por sus cartas que por el lujo o el exotismo. Al final me decido por irme de tapas, a ver qué sensaciones me sugiere la comida. Me detengo en un chiringuito a pie de playa y, tinto de verano en mano, me pido una porra antequerana, plato muy parecido al salmorejo. A mi lado, un turista sin mucha pinta de saber lo que hace se ha decidido por una fuente combinada de la Axarquía (ternera, chorizo, pimientos, berenjenas y patatas), más apropiada para épocas del año más frías. Antes de abandonar la barra, el camarero me recomienda salpicón de marisco y boquerones en vinagre. Acepto el consejo y aprovecho para preguntarle qué tal es vivir en Marbella, mientras devoro un espeto de sardinas: "Estaríamos mejor si los invasores -se refiere a los ricos habitantes que se han establecido en la zona- no tuvieran tanta tontería encima y si los visitantes no trataran de una forma tan absurda aparentar lo que canta mucho que no son".
Verdes y frondosos jardines
No es que no compartiera en parte su opinión, siempre me ha parecido muy cómico ver a alguien vendiendo una exquisitez que no conocen, pero achaqué sus palabras a lo que desde hace unos años los americanos llaman "burn out", que traducido al andaluz es algo así como "estar tela de quemado" en el trabajo.
Casi se me atraganta el tinto de verano cuando justo al lado paran dos adolescentes vestidas como lo harían sus madres, que todo lo expresan con superlativos y empiezo a comprender un poco al fatigado camarero. Por lo demás, se ha referido a Marbella como un pueblo acogedor y bonito. Porque aquí saben cuidar las calles, playas, parques y jardines. De hecho, es uno de los aspectos que más llaman la atención: sus verdes y frondosos jardines.
Como me he dejado llevar más de la cuenta por la gula, me pongo en marcha a ver si un paseo baja un poco la comida. Voy rumbo al Museo del Grabado Español Contemporáneo, pero a medio camino detecto cierto sopor derivado de la digestión y opto por un paseo por la playa. Marbella cuenta con más de veinte kilómetros de playas de arena. Entre las más recomendables, la de El Pinillo, por sus dunas, y la de El Faro. Pasear por ellas durante la tarde, en las horas de menos calor, puede ser una de las mejores recomendaciones del viaje. Después de practicar algunos deportes náuticos en el puerto deportivo -las hay de todo tipo-, me voy de compras, otro deporte muy usado en estos lares. Las mejores tiendas y mar cas del mundo se reparten en las calles de Marbella. Pero no todo es caro en esta ciudad. A lo largo de la semana, distintos mercadillos -todos ellos en horario de mañana- hacen las delicias de los adeptos a revolver en puestecillos. El sábado se instalan alrededor de la Plaza de Toros, y el domingo, en el bulevar de la Fama de Puerto Banús, donde se pueden encontrar artículos de todos los precios.
Yates de impresión
Desde mi infancia me ha fascinado la imagen de los pueblos costeros iluminados en la noche y su reflejo difuminado en el ancho y oscuro mar. En el caso de los puertos deportivos se añade un componente de encanto que conservo intacto en mi retina y lo rescato de entre mis mejores recuerdos. Puerto Banús no es precisamente de los más idílicos, pero quizá sí uno de los más ostentosos que conozco. Tampoco es el único puerto de Marbella. También está Cabo Pino, el puerto pesquero y el deportivo.
Antes de sumergirme en la noche, preparo mi estómago con unos exquisitos huevos fritos con foie y arroz salvaje con salsa Pedro Ximénez que sirven en la Taberna Andaluza de El Corte Inglés Costa Marbella. Se lo escuché decir a uno de esos personajes conocidos de las revistas del corazón que paseaba a mi lado colgado del teléfono. Sabía lo que decía.
Me tiro de cabeza a los bares de copas a contagiarme por el estilo de vida más vendido de Marbella: la fiesta nocturna. Aunque en el centro hay animados locales donde bailar, como el Bambina, ideal para los que gustan del funky, es Puerto Banús la zona de marcha por excelencia. Empiezo la ronda por el 007 y el American Corner. A la salida, consciente de mi poco aguante, me doy por vencida. Una retirada a tiempo es una victoria.