Maravillas de la India

Desde el Rajastán hasta Kerala, pasando por Bombay, Delhi, Agra, Benarés o el Taj Mahal, la India es una constante fuente de alimentación de la imaginería viajera y uno de los países que más maravilla e impresiona a quienes lo visitan por primera vez, gente afortunada que tiene ante sí la irrepetible oportunidad de elegir por dónde empezar a descubrir un continente que les cambiará la vida y al que, seguro, nunca olvidarán.

Luís Mazarrasa

La India es el mayor teatro del mundo al aire libre y quizá no haya otro país en el Globo donde un viajero pueda disfrutar con tal intensidad del espectáculo callejero. Esta opinión, defendida por algunos de los escritores trotamundos más ilustres, la reafirma sin dudarlo un buen número de turistas que caen en esta tierra sagrada por primera vez en su vida, y que no será la última, ya que esta tierra que parece enamorar sólo con mostrar los contornos de su mapa, como si fuera el cuerpo de una sensual bailarina, es también una amante experta en embrujos y filtros de amor, con pocos reparos hacia quien la corteja.

India ofrece un patrimonio cultural no sólo apabullante -con veintiséis monumentos, parques nacionales y hasta tendidos férreos listados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, sólo superada en Asia por China- sino también único, nacido de la segunda civilización más antigua del mundo todavía viva y que entreabre la posibilidad de sumergirse en cierta medida en un microcosmos en el que conviven religiones, mitos, tradiciones y prácticas -como el yoga o la renuncia- que apenas han variado en los últimos cuatro mil años.

Es como si en España pudiéramos observar en la calle de una capital a personajes viviendo como lo hacían los íberos. Esto sólo ocurre en la India, y puede contemplarse apenas se sale del aeropuerto, una vez superado también el horror que causa a muchos recién llegados los poblados de chabolas que se extienden por kilómetros al borde de la autopista que conduce al centro, como sucede en la antigua Bombay, hoy rebautizada como Mumbai.

Los sadhus, esos santones de largas greñas en las que prenden una pequeña luna de plata y recorren incansablemente el país dedicados a la meditación y el limosneo, deambulan por unas calles flanqueadas de bazares de joyería, libros sagrados, especias o flores en el puro centro de Nueva Delhi, Bombay o Calcuta, mezclados con miles de oficinistas que van o vuelven del trabajo.

En un parque del centro financiero de Delhi un turista se asombra ante un banco en el que descansan codo a codo un ejecutivo sikh vestido con un impecable traje cruzado y un fakir sivaíta con sus pipas de hierbas alucinógenas y una cobra enrollada en el antebrazo. Y no pasarán muchos minutos sin que se le acerquen para ofrecer sus servicios un limpiador de orejas o de zapatos, un sastre remendón, un vendedor de elixires para el vigor sexual, un adivino palmista o, simplemente, un educadísimo transeúnte que con un delicioso inglés con formas corteses del siglo XIX entabla conver- sación con el extranjero y le ofrece una muestra de la ancestral hospitalidad india.

A todo ello se le pone un fondo de canciones de las películas de Bollywood, de románticos gazhales musulmanes que cantan el desamor de las huríes o de los acordes del sitar de Ravi Sankhar y otros cuantos genios de la música con más tradición del planeta; de las plegarias de los muecines en las mezquitas, o los rezos a Rama y, menos agradable, los incesantes claxons de coches y motos que congestionan ya hasta las urbes más pequeñas del subcontinente. Y son precisamente Nueva Delhi y Mumbai las dos puertas de entrada a la India para casi el cien por cien de los viajeros que lo hacen por vía aérea.

La primera es una ciudad interior, tradicional, sede del Gobierno y las instituciones administrativas que se ubican en magníficos edificios de los últimos tiempos de la colonia y se alinean a lo largo de las avenidas de la parte nueva de la ciudad, el sector planificado por los británicos como contrapunto a los abigarrados bazares y tortuosos callejones del Viejo Delhi, que acoge los principales monumentos de la ciudad: el Fuerte Rojo y la Jama Masjid, la mezquita más grande de India.

La antigua Bombay, en cambio, es una ciudad cosmopolita , madre del tan cacareado Bollywood, que produce cada año miles de películas ramplonas, pasteleras y repetitivas y un par de obras maestras. Bombay o Mumbai es una urbe moderna que se extiende a lo largo de una hermosa bahía y cuenta con playas como Chowpatty Beach, tan poco aconsejable para el baño por la dudosa calidad de sus aguas como entretenida al caer la tarde cuando centenares o miles de bombaítas bajan a la arena para volar cometas, practicar algún deporte, hacer picnic o pasar el tiempo con las ocurrencias de los artistas callejeros: magos, acróbatas, encantadores de serpientes, charlatanes y un sinfín de buscavidas.

Desde Nueva Delhi, los circuitos más tradicionales que siguen los turistas conducen a Agra, el Estado del Rajasthán -limítrofe con Paquistán- y, cómo no, a Benarés, la antigua y milenaria Varanasi, paso obligado de todo viajero que venga por primera vez a la India. Por otra parte, es difícil conocer a alguien que nunca haya visto una imagen del Taj Mahal, aunque no haya salido jamás de su barrio.

El monumento fue mandado construir en el siglo XVII por Shah Jahan, el emperador mogol que quiso honrar la memoria de su favorita, Mumtaz, y que su cuerpo reposara para siempre en este maravilloso mausoleo de mármol de proporciones y armonía perfectas situado a orillas del río Yamuna. Pero hoy es una de las atracciones turísticas más fotografiadas y filmadas del mundo y su nombre lo han cogido prestado cadenas de hoteles de cinco estrellas, casinos de Las Vegas y miles de restaurantes de exquisitos curries por todas partes.

Patrimonio de la Humanidad desde 1983, el Taj Mahal se erige majestuoso cerca de otro monumento en la lista de la Unesco, el Fuerte Rojo de Agra, mucho más impresionante que el de Delhi y también de estilo mogol. Por cierto, que desde un ventanuco de una celda bien custodiada de esta fortaleza podía contemplar Shah Jahan la tumba de su esposa, único privilegio que le concedió su hijo, el temible Aurangzeb, que lo depuso y lo encerró hasta que murió, seguramente de nostalgia.

El Taj Mahal es el máximo exponente de la refinada arquitectura mogol, que sembró el norte de la India de armoniosas mezquitas y sólidos fuertes, siempre coronados por las características cúpulas del arte islámico.

Tanto desde Agra como desde Nueva Delhi es fácil llegar al Rajasthán, el Estado más occidental de la India -en el sentido sólo geográfico, claro- y ocupado en gran parte por el desierto del Thar, cuyas arenas surcaron en mejores tiempos las caravanas de la Ruta de la Seda en dirección a Persia.

Cerradas hoy las fronteras rajastanis con el vecino y mal avenido Paquistán, las caravanas que hoy recorren uno de los Estados más extensos de la Unión India no llevan consigo tejidos, especias, opio o preciosos metales sino más bien cámaras digitales y rupias para las compras, porque el Rajasthán es también uno de las destinos más turísticos del país.

Y ello debido a la más de media docena de localidades pintorescas, exóticas, coloridas y bullangueras que aquí se encuentran. Jaipur, la capital del Estado, la Ciudad Rosa, por las murallas que rodean los antiguos bazares y el Palacio de los maharajás, pertenecientes a antiguas estirpes de guerreros rajputs que se enfrentaron a todos los invasores de la India hasta que se convirtieron en una suerte de virreyes de los mogoles y después de los ingleses. Eran los rajás que encerraban a sus decenas de esposas y concubinas en el Palacio de los Vientos, a través de cuyas celosías el harén podía contemplar el ajetreo de la calle sin ser visto.

La fachada imposible de aquel edificio es hoy la principal referencia de Jaipur. Udaipur es un lugar idílico, una especie de kasbah a orillas del lago Pichola y cuyo Lake Palace parece una fantasía de mármol flotando en el estanque de un monarca oriental. Antiguo palacio de la realeza, hoy es uno de los hoteles más lujosos de India, y algunos lo recordarán si vieron a James Bond escurrirse en otro voluptuoso harén en el filme Octopussy. Pushkar es sede de una alucinante y medieval Feria de Camellos cada noviembre, y poco más que un pueblecito alrededor de otro lago donde el dios Brahma dejó caer una pluma de ganso y por ello ostenta el honor de albergar el único templo en el mundo hinduista dedicado a esta deidad, que, sin embargo, y como debe ser, está en todas partes.

Jodhpur está coronada por la fortaleza rajput más impresionante de todas, en cuyos bastiones dejaron su mano marcada las mujeres de los guerreros que se sacrificaron antes de caer en manos de los enemigos que asediaban la ciudad, y escala entre Jaipur y los confines del Thar, donde también parece flotar, como un espejismo, Jaisalmer, rodeada de sólidas murallas que ocultan o guardan las increíbles mansiones havelis, las casas de los comerciantes que se hicieron de oro con el trasiego de caravanas.

Tan orgullosos o más que los rajputs , e igualmente tocados con turbantes de colores, los sikhs son originarios del Punjab, el Estado más fértil de la India y cuyo nombre significa Cinco ríos, los que riegan este granero de la India. Al norte de Delhi y al sur de la bellísima Cachemira, la ciudad de Amritsar es el centro espiritual del sikhismo, una religión básicamente hinduista pero que incorpora también principios del Islam, y en pleno centro se eleva su particular vaticano, el Templo Dorado.

Como cualquier templo sikh en India, Londres o Bangkok, debe permanecer abierto las veinticuatro horas del día para cualquier ser humano, sin importar su credo, y ello simbolizan las entradas orientadas a los cuatro puntos cardinales. El edificio, blanco y cuadrangular, y el estanque que lo rodea tienen sus orígenes en el siglo XV, aunque han sido varias veces restaurados.

El tejado que da nombre al santuario se instaló en 1830 gracias a una donación de cien kilogramos de oro. Si Amritsar es la ciudad centro del misticismo sikh, nadie puede discutir a Benarés, en plena llanura indogangética y al Este de Delhi y Agra, ser el centro vital y cosmológico del hinduismo. La antigua Varanasi y más antigua todavía Kasi es la urbe más sagrada del hinduismo desde hace probablemente casi cuatro mil años.

Desde entonces recibe cada día miles de peregrinos que acuden a purificarse con un baño en el sagrado Ganges o a dejar su cuerpo en una pira de sándalo para que las cenizas se disuelvan en el río y en el Nirvana. Quien muere en Benarés se salta el ciclo de las reencarnaciones y alcanza la fusión con la Divinidad, siempre que se sigan los ritos mortuorios con co- rrección.

Hay algún monumento de interés en Varanasi, como el Golden Temple, pero lo que cautiva al recién llegado es la vibración y la energía infinita que desprenden los miles de santones y de peregrinos ricos o pobres, todos parecen iguales cuando se sumergen en el Ganges al alba y cumplen sus abluciones; aunque por la noche, ante las piras crematorias a orillas del río, la diferencia de casta o de riqueza persigue a los indios hasta en la muerte y las familias menos pudientes no pueden costear el sándalo para la hoguera, por lo que el cadáver se arroja medio calcinado al río que nace de los cabellos de Shiva, patrón de la ciudad.

Quien a estas alturas del viaje se sienta agobiado por la aridez de las llanuras centrales, y no digamos del desierto del Thar, o por la contaminación acústica y atmosférica de Bombay, Delhi, Agra o Benarés, hará bien en dirigirse al Estado más bello de la India: la guapa Kerala, en el extremo suroccidental, una explosión de naturaleza virgen, de verdes infinitos flanqueados por la costa Malabar por donde llegaron a la India el Islam y San Francisco Javier y en cuyo extremo más meridional, cerca del Cabo Comorín y donde acaba la India, se puede descansar y cabalgar las olas en playas como Kovalam, civilizada y perfecta para el relax, o la salvaje Varkala, bajo un imponente acantilado.

La navegación por los canales entre la jungla , los llamados backwaters, que se extienden entre Kochi, la antigua Cochín, y Quilon, ya sea en un barco público, en un chárter de precio moderado o en una canoa con dormitorios de lujo, es una de las experiencias favoritas para los amantes de la naturaleza en Kerala, una región que cuenta con parques nacionales como Periyar, famoso por sus manadas de elefantes.

La India ha asombrado por sus maravillas a los viajeros más ilustres desde la Antigüedad y esa fascinación que ejerce sobre el visitante no desmerece hoy, cuando los mayores genios de Silicon Valley nacen en Bangalore y los circuitos electrónicos más sofisticados de los trasbordadores espaciales empiezan a manufacturarse en esta misma capital de Karnataka.

Quien lo dude no tiene más que seguir el periplo entre los paisajes lunares de Ladhak, una región más tibetana que el propio Tíbet; entre los templos ciclópeos y medievales de Ellora o los delicados y más antiguos santuarios cholas y pallavas de Tamil Nadu; en las aldeas budistas de las estribaciones del Himalaya o ante el lingam, el miembro viril de Shiva, formado por la estalactita sagrada de una cueva cachemir en Amarnath, donde los peregrinos juran que crece y decrece según las fases de la Luna...