Maldivas, un viaje al último paraíso

¿Por qué este archipiélago del Índico sigue siendo uno de los destinos más codiciados del mundo?

Noelia Ferreiro
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Foto: SHansche / ISTOCK

Abrir los ojos y dejarse invadir por un horizonte turquesa de 360 grados. Asistir a atardeceres dramáticos en los que el cielo se enciende en tonos de sangre. Divisar desde las alturas el laberinto de atolones anillados de arena blanquísima. Bucear entre arrecifes de coral con centenares de peces. Degustar una langosta a pie de playa. Dar paseos en bici bajo los cocoteros. Fundirse con el mar desde la piscina infinita de tu propia villa.

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Pocas experiencias resultan más sofisticadamente placenteras que las que se viven en Maldivas, el archipiélago tropical perdido en el océano Índico, al sur de la India y Sri Lanka. Un lugar que por su calma como de rincón apartado del mundo y por su exotismo salvaje es lo más parecido al cielo en la tierra. 

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Refugios perfectos

La naturaleza virgen teñida de azul y verde, el mar a 27 grados y una sensación de espejismo en todo cuanto los ojos alcanzan a ver explica su atracción irresistible para quienes gustan de los destinos paradisíacos. Pero a ello se une el lujo elevado a la máxima expresión que destilan sus complejos. Porque de las casi dos mil islas que trazan este territorio, alrededor de un centenar son islas resort, ocupadas por un único hotel.

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Hablar de Maldivas es hacerlo de sus refugios exquisitos, en los que la vida late a un ritmo diferente. De Naladhu Private Island, por ejemplo, elegido el Mejor resort del Océano Índico por tres años consecutivos. Villas elegantes de 300 m2 que miran al océano o coquetas casas con tejado de paja que tienen acceso directo a la playa entre exuberante vegetación.

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Hoteles flotantes

Pero sobre todo, es hablar de sus villas sostenidas sobre el mar, bajo las que se deslizan miles de peces de colores. Es la imagen más icónica del archipiélago: una hilera de casitas sobre pilotes en un escenario de ensueño. Niyama Private Island tiene la suya propia, The Crecent, donde la sensación más común es la de rozar el nirvana.

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Aquí el agua es la razón de ser y aparece allá donde uno dirija la mirada. Desde la cama bajo el techo de madera en un interior que es un alarde de buen gusto. O afuera, en la terraza privada, donde un jacuzzi antecede a los chapuzones en el mar. Incluso en el baño con un suelo acristalado que transparenta la vida bajo el mar

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Deportes, experiencias, caprichos

En contra de lo que se imagina, hay mucho más que hacer en Maldivas que tostarse al sol con la mayor indolencia. Lo clásico es hacer snorkel entre corales imposibles, alimentar a las rayas que se acercan puntuales a la orilla, nadar con tiburones ballena en cualquier época del año o navegar con champagne para ver la caída del sol. 

Pero también hay actividades más desconocidas como practicar surf, hacer yoga mirando al mar, recibir un masaje en un spa submarino, asistir a una lección de cocina, divisar las estrellas desde un observatorio o cenar en un restaurante instalado entre las copas de los árboles o en otro sumergido a seis metros de profundidad. Y absolutamente todo, claro, te lo puede organizar tu mayordomo particular.

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¿Días contados?

Maldivas es el último paraíso porque hay quien ya pronostica una corta vida a su belleza salvaje. El país más plano del mundo (el pico más alto mide 2,3 metros) podría verse seriamente afectado por el cambio climático. Si el nivel del mar continúa subiendo, en cien años el archipiélago podría verse anegado por las aguas del Índico. Crucemos los dedos para que así no sea.  

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