¿Por qué Maldivas es el destino soñado?

En este archipiélago del Índico, ideal para la luna de miel, la realidad supera la ilusión.

Noelia Ferreiro
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Desde el aire, cuando se llega a bordo de un hidroavión, el espectáculo parece irreal. Miles de atolones que salpican un mar con todas las gradaciones del azul anticipan lo que después se confirmará como un reflejo del paraíso. Porque es poner el pie en este archipiélago del Índico y de pronto, encontrarse en el escenario tantas veces soñado: un rincón apartado del mundo y trazado de playas de aguas cristalinas con fondos de coral y arena tan blanca que hasta llega a deslumbrar. Un lugar donde la mano del hombre sólo se deja sentir en las exquisitas villas de bambú sostenidas sobre el mar, bajo las que se deslizan cientos de peces de colores.   

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De las casi dos mil islas que conforman este territorio, alrededor de un centenar son islas resort, ocupadas por un único hotel. Aquí, en la intimidad que proporcionan sus parajes solitarios, en el lujo elevado a la máxima expresión que destilan sus instalaciones, las parejas encuentran lo más parecido al cielo en la tierra. Por eso las Maldivas son desde hace años el destino perfecto para las lunas de miel.

¿Qué es lo que tanto cautiva de este territorio? Lo primero, salta a la vista: su naturaleza virgen teñida de azul y verde, con el mar a 27 grados y las palmeras aportando la cuota de exotismo tropical. Lo segundo se descubre en sus complejos exquisitos, donde la paz pasa por dejar pasar las horas en una tumbona o por recibir un masaje en un spa submarino que transparenta la vida bajo el agua. Porque es en las profundidades donde se abre otro mundo maravilloso que se puede descubrir simplemente buceando con aletas y tubo (para quienes no se atrevan a hacerlo con botella de oxígeno): el mundo de los miles de arrecifes de coral que permiten nadar con una apabullante fauna marina que, además de peces de todas las formas y tonalidades posibles, incluye hasta 26 especies de tiburones.

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Abandonarse al mero disfrute de contemplar el mar, libro en mano, dejándose acariciar por la brisa marina es para muchos la actividad estrella de las Maldivas, donde hay que desprenderse de los zapatos nada más entrar. Sin embargo, para aquellos otros a los que seduce más el contacto cultural, existen decenas de islas para explorar más allá de Male, la abigarrada capital. Como por ejemplo Thulusdhoo, Hulhumale, Maafushi o Rasdhoo, donde encontrarse con aldeas marineras con calles de arena blanca, coloridos mercados y tiendas de productos artesanales. 

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En todas ellas, además, los más activos podrán elegir a qué dedicar sus horas entre la amplia y placentera oferta de actividades que se brindan desde los resorts. Una, muy divertida, es la de dar de comer a rayas de dos metros de diámetro que se acercan puntuales a la orilla cada mañana. Otra, optar por un trepidante paseo sobre una moto de agua. Y otra, tal vez más romántica, salir a pescar al atardecer a bordo de un tradicional dodi (las embarcaciones típicas con la proa en forma de arco) mientras el sol tiñe de rojo este prodigio de la naturaleza. 

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Maldivas es el destino soñado porque aquí nada parece importar, como si los problemas se evaporasen. Porque entre a la orilla de sus playas se alcanza la sensación de hallarse en un lugar remoto, ajeno al ritmo cotidiano de la vida. Porque todo en estas islas propician un insólito estado de paz que obliga a creerse el más afortunado Robinson Crusoe.